CAMARADA (Extractos del diario de una maestra republicana) (7 de Marzo de 2018)
TAREA: Tema libre.
Hace apenas dos
semanas que ha fallecido mi padre, solo un año después que mi madre. Ha sido
inesperado para mí, demasiado pronto, pero parece que ellos tenían prisa por
marcharse. Han dejado tras de sí una
estela de silencios para los que, seguramente, ya no voy a encontrar respuesta.
Abro la puerta
de la casa. Me recibe un aliento frío y viejo. Todo respira el descuido de
quien hace ya años que no espera nada.
Voy paseando mi
mirada y acariciando todo este mundo tan desgastado, pero repleto de memoria.
Sin dudarlo me acerco al escritorio de mi madre y abro aquel cajón lleno de
fotos en el que a veces escarbaba de pequeña. Voy repasando escenas y
personajes, algunos me son desconocidos y así quedarán, sin duda. Al fondo me
tropiezo con una carpeta: Dentro, algunas cartas y documentos y un cuaderno. Parece
un diario escrito durante los años de la guerra. Repaso con mis dedos esa letra
inglesa tan cuidada con la que me enseñó a leer y se me atropellan las lágrimas.
Me siento en su cama, envuelta en su edredón, tratando de encontrar su olor, y
leo una y otra vez todas estas páginas de las que apenas tenía noticia.
“Valencia, 25
de Mayo de 1937.
Como cada día me
he levantado cuando todavía no había salido el sol, después de una larga noche
de bombardeos. A pesar de que cada vez caen más cerca y, a veces, tiembla la
casa, solo la abuela Rita y el gato bajan al refugio. Los demás parece que
Mientras desayuno
eso que llaman café -pura achicoria- me
gusta ver a lo lejos las primeras luces del alba.
Pienso en los
niños que me esperan en lo que, así, recién levantada, todavía con el calor de
las sábanas pegado a la piel, me parece el otro lado del mundo: Coger el
tranvía que va al Cementerio en las Torres de Quart, bajarme en la Cruz
Cubierta y caminar entre huertas hasta la escuela de La Torre…
Pero ellos
rápidamente me hacen olvidar el duro despertar de cada día. Siempre quise ser
maestra. Ver cómo se ilumina en sus ojos la chispa de la curiosidad, el deseo
de aprender.
Son niños y
niñas de las alquerías, la mayoría de las familias no saben leer, pero quieren
que sus hijos aprendan. Me respetan y me aprecian.
Y yo tengo
también que estarles muy agradecida, no solo por su aprecio sino porque gracias
a ellos podemos comer en mi casa muchos días: La familia de Pere me hace llegar
¡un pan blanco! , la de Quino unos
huevos, María, de vez en cuando un quesito de servilleta, unas pastas,
naranjas…alguna vez, para fiestas, un “conillet”. Valiosísimos tesoros cuando
el hambre reina en las calles de la ciudad. Ya no quedan ni ratas.
Al bajar a la calle he tenido que ir sorteando
las nuevas ruinas de la noche.
Hoy el tranvía
ha llegado casi a su hora, un milagro, ahora nunca se sabe si llegará ni en qué
momento.
Conforme nos
alejamos, la huerta se va abriendo camino entre las casas.
Cada mañana me
acompañan los primeros rayos del sol, el fuerte olor del humo de alguna
chimenea, de la tierra removida y esquilmada, vacía de frutos, de algún brote
de azahar, las alegres conversaciones de los pájaros, pero, sobre todo, me
acompaña él: mi compañero
Antonio.
Lo movilizaron
en Octubre al frente de Aragón.
Sus ojos llenos
de lágrimas pero brillantes de ilusión, sus besos al aire, como queriendo
compartir conmigo el universo, el puño en alto alejándose en el andén.
-¡Venceremos
camarada!
Me aprendo de memoria las cartas que me llegan de vez en cuando y me
las repito intentando ponerles su voz para alegrarme el camino.
Me
cuenta que ha organizado entre trincheras un “Rincón de lectura”.
Me admira la
fuerza de sus ideas. Su fe en el poder liberador de la cultura. Pero me aterra
pensarlo tan frágil a expensas del capricho del fuego enemigo.
En mi fantasía
acaricio su cuerpo querido, sus labios, sus ojos. Creo sentir el olor de su
piel, el calor de sus manos.
Imagino una
burbuja de cristal que le protege de cualquier mal. La pienso con tal
intensidad que me convenzo de su milagroso efecto.
En ese delirio
ando hasta que, como cada mañana, cuando llego al puentecillo sobre la acequia,
en lo que debe ser un puesto de guardia, me encuentro con un miliciano. Me
sonríe, me saluda con el puño en alto, y me regala una flor. Una flor sencilla,
pequeña, de las miles que llenan el campo en primavera: “Para ti, camarada”.
Apenas
intercambiamos unas pocas palabras. Ni siquiera sé su nombre.
-Gracias, que
tengas un buen día compañero. Parece que mayo se esfuerza en mostrarnos su
mejor cara.
Él se queda
allí sonriendo, apoyado en su fusil, hasta que lo pierdo de vista.
Enseguida me
llegan las voces de los niños. Ellos me traen los pies a tierra y me llenan de
alegría.”
Entre las
páginas del diario encuentro también algunas cartas de Antonio:
“Buenas noches,
mi dulce compañera. Cuando se callan los morteros y las bombas de mano, y dejan
de silbar las balas explosivas de las ametralladoras, se hace un silencio denso
que invita a reencontrarse con uno mismo, sentir el cuerpo y casi celebrar
estar vivo. En esos momentos me llegas tú, tu sonrisa abierta y acogedora, tus
manos protectoras, el recuerdo de tu abrazo, que suaviza como un bálsamo las
magulladuras del día, me acuna y me acompaña al sueño breve y siempre alerta.
Hoy tengo una
buena noticia que darte. Sabes que aquí muchos camaradas no saben leer y
siempre me andan pidiendo que les ayude con las cartas y nos miran con envidia
a los que, muy de vez en cuando, podemos leer en los ratos de descanso. Pues
bueno, se me ha ocurrido montar un “Rincón de lectura” y no tienes idea del
entusiasmo que ha despertado. Todos han ayudado a excavar con las bayonetas un
hueco un poco más seguro, incluso hemos improvisado unos bancos y un estante
para poner al alcance de todos los pocos libros que disponemos. Un trozo de
madera medio quemada se ha transformado en mural que siempre está lleno de
fotografías, artículos de escritores y de líderes políticos que hablan de la
lucha que sostenemos, de por qué y para qué luchamos. Allí nos reunimos a leer
y ayudamos a muchos soldados a ir desvelando letra a letra los secretos de la
palabra y a dibujar despacio, con dificultad sus primeros trazos. No sabes cómo
se esfuerzan en aprender. Ellos saben mejor que nadie que la cultura es un arma
eficaz contra el fascismo.
De lo demás
para qué contarte. No quiero ni que lo imagines.
Siempre cerca
de ti este soldado de la libertad.”
“12 de Julio de 1937.
Seguir vivos
cada día es una victoria. Desde que el Gobierno de la República se ha
trasladado a Valencia siempre estamos bajo la amenaza de los bombardeos.
La subsistencia
se hace difícil, solo se encuentran naranjas y arroz con cáscara. La huerta ya
no puede dar más de sí, pero todo se va para el frente. Se hace imposible
controlar a los que trafican con las pocas existencias que nos llegan.
Afortunadamente no tengo problemas para comer, aunque sean piedras. La que lo
lleva peor es mi abuela. Se ha hecho famoso su “Mare meva, mig ou, ¡quina desgràcia!”
Afortunadamente,
por unos días, hemos visto brillar la esperanza. Se ha celebrado el 2º Congreso
Internacional de Escritores Antifascistas. Hemos podido tocar casi con nuestras
manos lo mejor del pensamiento, la luz de las ideas, la fuerza de la palabra.
Han pasado
camino de París, dejando atrás una estela de sentido.
¡Cómo lo
hubiera disfrutado él!
El verano nos
cae a plomo. Suerte que, a pesar del peligro, de vez en cuando puedo acercarme
al mar y dejar volar mi mirada hasta el infinito.
Las noticias de
Antonio me llegan muy de tarde en tarde. Me habla poco de lo que pasa en el
frente. Tiene puesta su ilusión en ver cómo sus camaradas van aprendiendo a
leer. Le conmueve ver cómo van descifrando el periódico letra a letra y cómo
escriben sus primeras cartas a sus esposas y a sus novias y, a veces, ¡a La
Pasionaria! para comunicarle que han vencido al analfabetismo.
Así vamos
ganando cada día al desaliento.”
“27 de
Septiembre de 1937
Ayer el cielo
cayó sobre nosotros. El bombardeo más terrible hasta la fecha. Cada vez son más
frecuentes y destructivos.
Con muchas
dificultades, sobre todo con el transporte, hace unos días he podido volver a
mi escuela.
Tengo que salir
todavía más temprano porque nunca se sabe cómo ni en qué vehículo ni a qué hora
voy a llegar.
A pesar de todo
cada mañana me espera mi miliciano en su puesto, en el puente de la acequia. Es
extraño que siga allí. Que no lo hayan movilizado. Parece que se encarga de
organizar las “brigadas de choque”-jóvenes comunistas que van a trabajar las
huertas- Lo deduzco al ver cómo se le acercan a veces y él les da
instrucciones, porque es parco en palabras. Pero sigue ofreciéndome cada día
una pequeña flor: “Para ti, camarada”
Las noticias de
Antonio cada vez me llegan más de tarde en tarde. A veces dos cartas juntas y
casi siempre ninguna.”
“10 de Octubre
de 1937
¡No estaba!
¡Esta mañana no estaba mi miliciano!
Hoy he salido
casi de noche todavía. El camino entre huertas está más difícil estos días por
las lluvias.
Clareaba el día
cuándo he llegado a la acequia y no había nadie. He vuelto más tarde. Nadie.
He preguntado a
los jóvenes que intentaban recomponer la huerta después de la inundación. No me
han dado razón ninguna.
No puedo
explicar por qué, pero sé que Antonio ha muerto. Algo se ha roto dentro de mí. El
corazón se me ha detenido, mi alma está vacía…”
Aquí se termina
el diario. Por lo que sé mi madre nunca volvió a tener noticias de Antonio, se
le dio por desaparecido.
Al finalizar la
guerra el Comité de Depuración la apartó de la docencia.
Su vida se
detuvo.
Después todo fueron sombras.
Julia
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