PACTO DE SILENCIO

TAREA: Los personajes deben ser tratados internamente (se autodefinen) y externamente (los define una tercera persona)

  

Había sonado el teléfono y habían descolgado a la vez Ana y la abuela Rita. Era la tía Elena, con la respiración entrecortada y la voz temblorosa, entre lágrimas. Ana, asustada, se había quedado escuchando en silencio:

—Ha muerto, mamá, ¡ha muerto!

—¿Quién? Elena, por favor, cálmate, ¿quién ha muerto?

—Hernando, mamá, Hernando de la Maza. ¿Te lo puedes creer? ¡Soy libre!

Ana no tenía ni idea de quién podía ser ese Hernando y qué tenía que ver con la libertad de la tía Elena.

—¡Ay, hija!¡Hija mía! ¿Es eso verdad? ¿Cómo lo has sabido?

—Ha salido su esquela en el ABC. He tenido que leerlo tres o cuatro veces para creerme lo que estaba viendo.

La abuela también lloraba.

—Que Dios me perdone, pero ¡cuánto he rezado para que lo acogiera en su seno!

—No, no, mamá, en su seno no, yo he rezado para que se lo llevara al infierno. Entre él y Franco nos destrozaron la vida. Que caiga la maldición sobre ellos y todos sus descendientes, que sufran cada segundo aunque sea la mitad de lo que nos han hecho sufrir.

Al fondo se escuchaba la voz del tío Eduardo, siempre tratando de aplacar los ánimos.

—Elena, no te alteres de esa forma, tu corazón no está para esos trotes.

—¿Mi corazón? Mi corazón está saltando de alegría de imaginar a ese canalla bajo tierra.

Él, él sí que me lo rompió con inquina, una y otra vez.

—Si sigues así, Elena, vas a convertir la alegría en un disgusto. No es bueno dar rienda suelta a tanto odio. No es bueno desear el mal a nadie aunque se lo merezca.

—¡Caray, Eduardo! Si no supiera que no es posible, creería que no te alegras.

—Me alegro infinito de nuestra libertad, pero no de la muerte de nadie. Y dale un respiro a tu madre.

—¿Lo estás escuchando? Bueno mamá, ya sabes cómo es Eduardo, siempre queriendo suavizarlo todo. Tendremos que calmarnos. En unos días estaremos ahí ¡por fin! para recolocar nuestras vidas.

Ana estaba acostumbrada a que todo lo que rodeaba a sus tíos Eduardo y Elena estuviera cubierto por un velo  de misterio.

Su casa estaba comunicada con la de Ana y allí vivía su madre, la abuela Rita. Ellos vivían en Sevilla porque Eduardo no podía trabajar en Valencia, a causa de su expediente de depuración de después de la guerra. Solo volvían en vacaciones y este era un tema del que Ana sabía que no se debía hablar fuera de casa.

Él había estado en la cárcel de Alcoy acusado, al parecer por las declaraciones, sin fundamento, de ser comisario político del Partido Comunista y se había librado del paredón gracias a los avales de personas influyentes de la familia. Elena se había trasladado a Alcoy para estar cerca de él y contaban que dormía en el suelo, en la misma posición, para compartir su sufrimiento.

Ella,  de joven una belleza, había sido una de las primeras mujeres farmacéuticas de Valencia y había abierto su propia farmacia en la calle del Hospital y no se sabía muy bien por qué la había perdido. Su ideario era una mezcla “sui generis” de anarquismo, naturismo y catolicismo. Allá donde estaba era el centro de atención y todos temían el disparo certero y sin censura de su lengua. Decían, tal vez para excusarla, que su carácter se había trastornado por la enfermedad. Había ido encadenando un cáncer tras otro desde los 40 años y los médicos la habían desahuciado ya en varias ocasiones. Pero siempre resurgía de sus cenizas.

Él era catedrático de Francés y tenía las Palmas Académicas de la Sorbona. Era andaluz, de Málaga, y conservaba un cierto acento, pulido y suavizado y un fino sentido del humor. Al contrario que ella, era amable, reservado y prudente, de conversación siempre inteligente y culta. Vivía siempre pendiente de ella, para cuidarla o poner límites a su deriva incontrolada.

Todos en la familia les respetaban y, sobre todo a Eduardo, le veneraban. Y, aunque todos estos motivos fueran de sobra suficientes para una respetuosa compasión, flotaba sobre ellos en el aire algún sufrimiento más del que nadie hablaba.

Tal vez ese Hernando fuera la pieza que faltaba en aquel rompecabezas de familia.

Ana se quedó desconcertada al escuchar aquella conversación y no dudó en ir corriendo a preguntar. La abuela, sentada en su butaca, todavía sujetando el teléfono, también lloraba.

—Abuela, no te enfades, pero lo he escuchado todo, dime qué pasa, ¿quién es ese Hernando de la Maza? ¿Por qué tenía que morirse?

—Vaya, ¡cómo no! ¡mi zascandil tenía que enterarse la primera! ¿No sabes que no se debe escuchar las conversaciones ajenas?

—Lo siento, pero he escuchado llorar a la tía y no he podido evitarlo.

—Un canalla, eso era, un canalla. Pero ahora ya no puede hacer más daño. Con que sepas eso ya es suficiente.

—A ver, abuela, tengo 18 años, estoy preocupada por lo que he oído y me importa mi familia. Vale ya de secretos.

—Eso te pasa por escuchar lo que no debes.

Se quedó en silencio apoyando la cabeza en el respaldo de su butaca, cerró los ojos y respiró profundamente.

—Está bien, Ana, pero no vayas a contarlo por ahí. No podemos estar seguros de los oídos que nos escuchan. Esta es la historia: Hernando era el primer marido de la tía Elena. Se casó con él muy joven, muy enamorada. Era un hombre apuesto y muy elegante, pero enseguida empezó a recelar de todo lo que la rodeaba, la vigilaba las 24 horas, la seguía a la farmacia, la encerraba en casa cuando tenía que salir, de vez en cuando se le escapaba la mano. Era violento y arrogante. Hizo de su vida un infierno. Al aprobarse la ley del divorcio en la República, Elena no lo dudó ni un segundo. Él  le puso un precio a su consentimiento y tuvo que vender la farmacia para conseguir su firma. Entonces conoció a Eduardo y fue como si volviera a la vida. Se casaron por lo civil durante la guerra.

Pero Franco arrasó con todo, derogó la ley de divorcio y declaró nulos todos los acordados durante la República.

Así que, de pronto, Eduardo, que estaba en la cárcel, y ella podían ser acusados de bigamia.

Por eso han tenido que vivir siempre su amor casi a escondidas.

Afortunadamente Hernando también se había casado y tenía hijos. También le interesaba callar.

—¡Uf, abuela! ¡En la vida lo habría imaginado! ¿Cómo habéis podido mantener esto en secreto tanto tiempo?

—El miedo, cariño, el miedo que se instaló entre nosotros y se quedó a vivir para siempre.

—Entonces ¿ahora la tía Elena es viuda? ¿Y se podrá casar?

—Sí Ana, creo que , pero no te hagas fantasías, aquí todavía no podemos tirar las campanas al vuelo.


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