FETITXERES

 TAREA: Crear atmósfera y tono. El personaje A se encuentra con el personaje B porque éste le ha llamado. ¿Por qué? ¿Para qué? y resolver.


Todavía no habían abierto las rejas que cerraban el callejón por las noches. Tal era el miedo que provocaba en las familias de bien el vecindario de aquel Angosto del Almudín. Calle de las brujas, lo llamaban, aunque allí acudían con más fe que en los galenos cuando les aquejaba algún mal.

En su portal, Isabel baldeaba la calle y ventilaba los humores de la noche. Tantas hierbas y sahumerios hacían casi irrespirable el escaso aire que cabía en su tabuco.

—Ave María -escuchó a sus espaldas-

—¿A qué mentar a la virgen? ¿Para ahuyentar al diablo? Te huelo el pasmo de lejos. Buen día nos dé Dios.

—Que así sea. Me manda mi señora Doña Esperanza a pediros que la visitéis. Ha menester de vuestros cuidados.

—Y ¿Se puede saber que males la aquejan?... Para aportar lo preciso, si ha tanta urgencia.

—Nada me dijo, solo que acudáis presto y a la mayor discreción.

—Quede tranquila que harto sé de guardar secreto. En acabar acudo. Ve con Dios y hazle saber que no tendrá queja de mi tardanza.

—¿Sabéis la casa?

—De sobra conozco el camino. ¡No habré yo de saber!

Bajo la claridad del día existía un submundo de vericuetos y entresijos horarios por donde se movía Isabel fuera del alcance de las miradas siempre acechantes. Una red de cuidados tejida entre mujeres que le abría las puertas de atrás de palacios y nobles casas.

—Dios os guarde.

—Dios guarde a la buena gente. ¿Qué recado traéis?

—Doña Esperanza su señora  me mandó buscar y aquí me tiene.

—Y ¿a quién tengo que anunciar?

—Isabel la partera, esa soy yo. No ha lugar tanto remilgo que ella ya sabe.

—Déjanos Remedios. Sea bienvenida, descanse.

—¿En qué puedo serviros?... Aunque por las trazas ya puedo barruntarlo.

—Ya lo veis.  Parecía un dechado de cortesía y buena crianza. Me engatusó con su dulce canto y aquellos azahares y la luna clara.  ¡En mala hora puse los ojos en él! Me dejé preñar y tres meses ha que no le veo.

—¿Y qué esperáis de mí?

—Dicen que manejáis las artes para lograr que aquél que amo y que no reparó en ofenderme no halle descanso hasta volver a mí. ¿Es eso cierto?

—Esa es mi gracia, señora. Pócimas y conjuros tengo con un tal poder de atamiento que encadenan corazones por siempre.  Pero no quisiera daros a entender lo que no fuese. ¿Dónde se halla y cuál es su santo?

—Andreu le llaman y nada sé de su paradero. Ha tiempo que no se tienen noticias del.

—Lo que pedís no es arte sino milagro y tanto poder no me ha sido dado. Capaz me veo de avivar hogueras de tan solo unos rescoldos, pero ¿cómo habría de prender fuego en la arena mojada de la mar? No es en mi mano. Quedad con Dios.

—Esperad, no puedo quedar así. ¿No habéis otro remedio? Oído tenía que sabéis cómo poner fin a esta desdicha.

 

—Cierto, así es. Pero ¿sabéis el asunto? ¿Segura estáis de poner fin a aquello que os sembró ese malnacido en las entrañas?

—Y ¿Qué otro camino pudiera tomar?

—Sea pues. Mañana volveré con todo cuanto preciso. Tiempo habréis hasta entonces de cavilar y asentar vuestro juicio. Sabed que una vez hecho, hecho estará. Con Dios y vuestra desazón os dejo.

Dolor, dudas, reparos e incertidumbres se le enredaron a Esperanza en el alma aquel interminable día.

Isabel llegó de buena mañana y desplegó todo su ceremonial de brebajes, lavatorios y enjuagues.

—Antes de que pasen dos días todo habrá terminado. Quedaréis libre. Sentiréis un dolor como si os desgarraran las entrañas. Mandadme recado cuando llegue. No temáis, acudiré para asistiros y aliviar vuestro mal.

—Quedad conmigo, os lo ruego, no os marchéis. No podré afrontar sola  la espera.

—Sea, porque sois vos y os veo perdida.

No tardó en manifestarse el desgarro. Cuatro días entre el dolor y la fiebre con el cuerpo vuelto del revés por los vómitos, perdida en las alucinaciones de la belladona… Y después… nada.

Andreu se empeñó en nacer unos meses después, fuerte, sano y bonito como un sol de primavera.

Aquello le cerró a Esperanza todas las puertas del mundo al que había pertenecido por derecho de cuna.

Isabel, en parte compadecida y en parte afrontada por su fracaso, se sintió en deuda con ella.

Así ocurrió que fueron tejiendo una amistad, compartiendo saberes y trabajando juntas en esa temida red de mujeres sanadoras que atravesaba el mundo. 

En 1655 les alcanzó la garra de la Inquisición y, después de sufrir vejación y torturas, fueron desterradas. Pero cuentan los viajeros que siguieron creciendo en sabiduría y continúan ejerciendo sus artes en otros tiempos y en otras tierras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios