BUEN CAMINO (10 de Junio de 2018)
TAREA: Emular el relato de Borges "El otro"
Siempre me ha gustado pasear al anochecer por la acera del viejo cauce. Antes, para mí, frontera del espacio permitido. Sigue llegando la fresca brisa de levante, cargada de mar.
Me gusta
respirarla profundamente y dejar que me penetre hasta la planta de los pies.
Y cuando,
en primavera, llega perfumada de azahar, se abren todos los poros de mi piel
dispuestos a tragarse la vida.
Sin
querer me transporto a mis 15 años. Hacer tarde paseando en el límite del
espacio y el tiempo era una pequeña conquista de independencia. Todavía siento
la fuerza de ese pequeño “yo” que brotaba incontenible.
Hasta
aquí, nada especial: Una anciana que recuerda su adolescencia.
Pero
el pasado 17 de Abril ocurrió un suceso sorprendente. Andaba yo con mi caminar
ya renqueante por mi acera favorita,
cuando la sentí llegar por detrás dando saltitos en un pie y el otro. Me
adelantó y siguió camino, casi bailando, sin percatarse de mi presencia. Me
llamó la atención que vestía unos vaqueros un poco acampanados, un suéter de
rayas, cortito y ajustado y unas botitas
de piel vuelta, como de otro tiempo. Todo ello me resultaba familiar, como su
paso y su pelo. Seguí caminando detrás de ella, aunque rápidamente se alejó,
pero, cuando ya se acercaba al puente del Ángel Custodio, fue frenando su
trote, como con miedo, y dio media vuelta. Ahora venía hacia mí, despacio,
remoloneando y mirando de vez en cuando para atrás.
Cuando
la vi llegar de frente, sentí un escalofrío, no sé si decir de miedo, de
sorpresa o de desconcierto. Tuve que detenerme, porque me quedé sin aliento y
sentí que el suelo se movía debajo de mis pies. Se fue acercando y a cada paso
el parecido era más nítido. Esta vez sí se fijó en mí. Sin duda le llamó la
atención mi cara de pasmo.
Pasó
de largo y vi cómo se encaminaba hacia mi casa. Más despacio, dando algún salto
de vez en cuando y volviéndose para mirar el cielo.
Cuando
ya estaba suficientemente lejos la llamé:
-“¡Julia!”
Y
sí, se giró, sorprendida, buscando quién la llamaba. Se paró y, al no ver a nadie
conocido, siguió caminando.
¿Cómo
era posible? ¡Hubiera podido jurar que era yo misma a mis 15 años!
Intenté
quitarle importancia, simplemente era alguien que se parecía. Aún así pasé la
noche y el día siguiente temiendo por el estado de mi mente:
-“Estás
alucinando Julia. Los viajes en el tiempo, solo ocurren en las películas y en
la demencia senil. Si esto vuelve a suceder, tendremos que tomar medidas.”
Al
anochecer bajé de nuevo a mi paseo, no sé si con ilusión o con pánico de
volverme a encontrar con ella. Cuando ya
no la esperaba, entre el sosiego y la decepción, la escuché llegar de nuevo. Se
detuvo unos instantes y me saludó:
-“¡Buenas
noches, señora!”
-“¿Te
llamas Julia?”
-“¿Cómo
lo sabe?”
-“Ayer
escuché cómo te llamaban. Me llamó la atención porque yo también me llamo
Julia. ¿Te gusta pasear por aquí?”
-“Sí,
me gusta probar a estar sola.”
-“Te
veo todas las noches y me resultas familiar, me recuerdas a alguien.”
-“A
mi también me parece conocerla. Será de vernos por el barrio. ¡Adiós!”
-“Adiós
Julia, espero verte otro día.”
Allí
me quedé, paralizada de pánico e invadida por la ternura. No podía ser verdad,
pero ¡Cómo me gustaría que lo fuera!
Volví
a bajar al día siguiente. Puntualmente volvió a aparecer. Caminaba despacio,
como abatida. Se acercó y se sentó en el pretil.
-“¡Hola
Julia!”
-“Hola,
señora…Julia ¿No?”
-“¿Qué
pasa esta noche? No pareces la misma de todos los días.”
-“Me
pasan cosas que no puedo contarle a nadie.”
-“¿Tan
inconfesables son? ¿Sabes? No hay nada que pueda sorprenderme de ti. Te conozco
mejor de lo que imaginas. Tampoco necesito que me cuentes nada.”
-“Los
mayores siempre creen que lo saben todo.”
-“Solo
te diré que nunca es malo lo que se hace desde el corazón. ¿Te sirve?”
-“Puede
ser, pero no todos piensan lo mismo. ¿Quién es usted? ¿Qué sabe de mí?”
-“Todo.
Lo sé todo. Más que tu misma.”
-“Es
usted muy extraña, pero a la vez me parece que la conozco desde siempre y me da
confianza. ¡Uf! Me tengo que ir, es muy tarde, mi padre me mata.”
-“Ve,
corre, ¡Buenas noches!”
Sigo
bajando cada día, a veces viene, otras no. Entonces siento pánico de no
volverla a ver.
Todavía
pienso que es una alucinación. Si voy al médico me recetará Haloperidol y
desaparecerá para siempre.
Pero
por otra parte ¡Me duele tanto ese animalillo herido!
No
paro de hacer inventario de todas las cosas que querría enseñarle, de todos los
peligros de los que me gustaría advertirla, de todos los sufrimientos que
quisiera evitarle.
Quisiera
decirle lo valiosa que es, que nada tiene que demostrar, que confíe en sí
misma, que ame su cuerpo y se atreva a disfrutar de él.
Podría
“chivarle” todas las personas de las que debería protegerse, señalarle en quién
se tiene que apoyar, decirle con quién puede contar.
Podría
mostrarle todo lo que va a ser capaz de hacer. Intentar evitarle unos cuantos
errores.
Con
ese deseo vuelvo a buscarla.
-“¡Cuántos
días sin verte! Te echaba de menos.”
-“Estos
días han sido los peores de mi vida. Ni siquiera tú, que dices que lo sabes
todo de mí te lo puedes imaginar.”
-“No
te he dicho toda la verdad, porque pienso que no me vas a creer. Soy tu misma
en 2018.
No
sé cómo he podido encontrarme contigo. Tal vez porque me dolías, por mi afán
por sosegarte. Tal vez porque pedías auxilio a tu propia alma. Así que sí, sé
perfectamente lo que te ha pasado estos días.”
-“¿Cómo
voy a creerme una cosa así?, ¿estás bien de la cabeza? No es posible, por más
que veo en ti muchas cosas mías… No sé qué pensar.”
-“El
verano pasado estuviste de intercambio en Francia. La muerte de tu abuela te
reafirmó tu deseo de huir, en busca de ese mundo libre y perfecto que habías
aprendido a amar de la mano de tu madre. Tal vez en busca de ti misma. Y te
encontraste ¡vaya que sí!
Te
enamoraste de ella, sin poderlo evitar, como, en el fondo, ya sabías que tenía que
ocurrir y abriste sin querer la caja de Pandora. ¿No es así?”
Permanece
a mi lado, muda, con los ojos llenos de lágrimas.
-“Ahora
todo se ha venido abajo, han leído tus cartas, le han prohibido comunicarse
contigo. La tierra de la libertad se te ha caído de bruces. Te sientes en el
caos y nadie te ayuda.”
-“Me
haces dudar. Nadie sabe todas estas cosas de mí.”
-“Voy
a enseñarte algo que te demostrará quién soy. Mira, esto se llama teléfono
móvil y sirve para muchas cosas aparte de comunicarse; por ejemplo puedo
enseñarte una foto del río que estoy viendo yo ahora mismo; mira…”
-“¡Es
un jardín increíble! Pero…sí, es el mismo puente y los mismos pretiles. ¿Cómo
has hecho este truco?”
-“No
es un truco. Lo conquistaron los ciudadanos,
tú misma peleaste por él”
-“Bueno,
pues si es verdad, explícame qué me pasa, por qué soy así, cómo será mi vida.”
-“¿Sabes?
nada desearía más que desvelarte tu futuro para evitarte dolor. Pero ¿Qué
pasaría entonces? Tu vida ya no sería la misma ¿Cómo podrías aprender todo lo
que te tienen que enseñar los momentos difíciles, los errores? ¿Tendrían las
cosas el mismo valor para ti? ¿Podrías llegar a ser la misma persona? No sería una buena idea alterar el curso de tu
vida.”
-“¿Entonces…?”
-“Solo
te diré que confíes en tu fuerza, que has sido capaz de hacer tu camino y ha
sido un buen camino. Que sabrás hacer frente a lo que tenga que venir. Que
aprenderás a quererte y yo te esperaré al final. Ahora márchate, corre, ya es
muy tarde.”
La
he visto marcharse hacia casa, con su mirada entre desconcertada y curiosa, con
su sonrisa brillante.
Me
quedo sola mirando el intenso azul del cielo, me siento en paz conmigo misma.
Me doy cuenta de que, en ese trote alegre, empapado de azahar, está la clave
que ha hecho de mi vida, después de todo, la mejor entre todas las posibles.
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