EL PORTAL OSCURO (Todo el curso 2018-19)
TAREA: Profundizar en un texto. Esta es la versión definitiva, la nº 9.
Aquello fue cosa tuya, no sé por
qué tengo que tragarme yo este infierno.
No puedo vivir en este sitio. No
soporto esta mugre, este olor, esos gritos, ese ruido metálico que me taladra,
que no para nunca. Cada mañana cuando me despierto y me sigo viendo aquí, me
partiría la cabeza contra el muro. Solo me detiene pensar en mi madre. Ella me
necesita. Cada vez que la veo, los días de visita, sin poder contener las
lágrimas, me rompo por dentro.
Ella ha sido todo para mí hasta
que Klara_a_y tú invadisteis mi vida; nuestro pequeño entresuelo encima de la
mercería, en la calle Hortaleza. Veinte metros cuadrados de
salón-cocina-comedor-dormitorio y un mini-baño. Misma cama, misma mesa, mismo
armario. En ese pequeño espacio de puertas adentro trascurría mi vida real.
Solo salía cuando era inevitable, y con pesar.
Ayudar a mi madre en la tienda y
en la casa, arrebujarme con ella en el sofá-cama atracándonos de series y
palomitas, dormirme cada noche al calor de su cuerpo. Eso era mi vida.
Mi mundo y el suyo siempre
conviviendo estrechamente, sus vestidos y mis pantalones en el armario, nuestro
único cajón de ropa interior, que yo ordenaba cuidadosamente acariciando la
suavidad de sus prendas en aquel puzzle perfecto donde todo encajaba. Ese olor
nuestro que me llenaba el alma al abrir aquellas puertas de lunas que
multiplicaban mi imagen hasta el infinito. No, ella no puede vivir sola.
Yo no lo hice, tienes que
explicárselo a los jueces, tengo que salir de aquí.
Quisiera no volver a verte, pero
siempre estás ahí, acechando. No consigo comprender este laberinto en que me
encuentro atrapado contigo. A veces estás ahí, frente a mí, claro, nítido,
otras eres como una nebulosa confusa que me asfixia. Pero lo peor es cuando
estás dentro. Siento como te revuelves peleando por salir, tus aristas me
hieren. Estoy enredado en una tela de araña y cuanto más me muevo más me
atrapa. No ceso de reconstruir todos aquellos momentos que me trajeron hasta
aquí para ver si encuentro el hilo que me permita salir.
Aquel 14 de mayo llevaba ya
varios días fuera de control, tú habías tomado los mandos. Había dejado de ir a
la universidad y ni siquiera bajaba a la tienda a ayudar. Me había sumergido en
World of Warcraft cabalgando con los héroes de Azeroth entre las alas de polvo
de estrellas de mi Corcel Celestial. Ya no sentía hambre, ni sueño.
Klara_a_ y tú lo ocupabais todo.
Faltaban solo tres días. Nada podía salir mal. Tenía que concentrarme pero me
asaltaban miles de ideas como moscas cojoneras. Solo viajar por Azeroth me
permitía dejar una pista libre para
imaginar todas las posibles situaciones y diseñar cada palabra, cada
gesto, cada movimiento; no podía descuidar ningún detalle.
Empezaba a pesarme la casa tan
pequeña, me faltaba el aire. Notaba la alarma de mi madre y, por primera vez,
me agobió el machaque de su letanía:
—Geri, por favor, no me hagas
esto, no te abandones, tienes que comer.
—Mamá, por favor, déjame, tengo
que pensar.
Dejaba sobre mi mesa trozos de
pizza, empanadillas. Como seguía sin comer intentó metérmelos en la boca. Al
final salté como un resorte.
—¡Hostia! ¿No te he dicho que no
te acerques? No me dejas pensar, cállate ya, no me toques, no me mires, estoy
harto de esta casa ¡Vete! ¡Desaparece!
La dejé clavada. Me miraba
desconcertada:
—No, no. ¿Qué tienes, Geri? Si tú nunca me has gritado.
Le di la espalda y volví a lo
mío. Pero no lograba sacármela de la cabeza. ¿Cómo había podido? Yo nunca le
había gritado. Me dolía tanto ¿Qué me estaba pasando? Para ella solo existía
este pequeño mundo nuestro. Seguramente hubo otro tiempo antes de mí, pero
nunca hablaba de ello.
No sé cómo pudo llamarme
Gerardo, como su padre y su abuelo, si la echaron de casa cuando se quedó
embarazada. Nunca tuvimos relación con ellos, me costó entender el porqué, pero
me acostumbré a no preguntar. Imagino que ella quiso, así, con ese nombre,
mantenerme sujeto al hilo de su historia.
Mi padre, Xescu, debió de ser un
figura y poco la tuvo que ayudar; murió –ahora sé que de una sobredosis- antes
de que yo naciera.
Por eso ella ha tenido siempre
tanto miedo a perderme. No soportaba que yo estuviera lejos. En cuanto salía de
casa ya estaba acribillándome a whatsapps para asegurarse de que estaba bien.
Y ahora la he dejado sola. Como cuando me tuvo que llevar al colegio a
los 5 años. Nos tuvieron que separar a estirones. La recuerdo allí plantada en
la puerta, con las lágrimas en los ojos,
y yo llorando, gritando y dándole patadas al conserje ¿por qué no puedo
estar con mi madre? Me dolía pensar en ella sin mí. Como ahora.
Nunca me gustó la escuela.
Aquella fila de niños ruidosos y desconocidos me producía pánico. Me mantenía
siempre alejado de sus juegos bruscos y atropellados, nunca andaba lejos de la
maestra. Aun así no lograba evitar que se acercaran para darme una colleja,
quitarme el almuerzo o llamarme por aquel mote que me persiguió hasta la
universidad: “Geranio”. A veces los veía jugar y me asaltaba el deseo de correr
y reír junto a ellos, pero sentía los pies pesados, como pegados al cemento del
patio.
Llegar a casa siempre era un
alivio, aunque, según los días, me costaba un buen rato recomponerme. Me lavaba
las manos y la cara hasta que me parecía haber borrado cualquier rastro de
humillación.
Lo que daría ahora mismo por volver
y poder lavar con agua clara todo este dolor que almaceno. Por perderme de
nuevo entre bobinas y madejas de lana y poner orden en ese universo de cosas
pequeñas con el que nos hemos ganado juntos la vida durante tantos años.
La mercería nos salvó. Los padres
de Xescu, mis abuelos paternos, dejaron que se hiciera cargo de su viejo
negocio –vivienda incluida- y ella instaló su puerto seguro en aquel reducto
del pasado.
En aquella casa todo tenía que
estar muy ordenado, de lo contrario un ejército de objetos menudos invadía el poco espacio
disponible. Apenas si salíamos de allí. A primera hora, antes de abrir la
tienda, nos acercábamos al mercado de San Antón. Me gustaba caminar por la
calle cogido de su mano. Me sentía su guerrero defensor. Los domingos con sol
íbamos a pasear al Retiro o a Recoletos. Yo era feliz en ese pequeño mundo a mi
medida. Todo se podía predecir y controlar. Esa era mi arma, todo tenía que
estar bien colocado y sujeto. Eran tantas las cosas incomprensibles que nos
rodeaban.
Casi tan incomprensibles como
esta pesadilla de horas muertas en la que ahora
vivo, impregnado de ti. Ni siquiera puedo escaparme a mi reino de
Azeroth.
Creo que fue en el verano del
2001 cuando mi madre apareció en casa con un ordenador. La recuerdo desesperada
intentando controlar aquel artefacto, pero para mí fue como si se me abriera la
puerta a un nuevo mundo.
Empecé con el Tetris, era como
ordenar unas estanterías de mercería sin fin. Con Final Fantasy descubrí el rol. Podía moverme,
luchar, alcanzar metas, encontrar tesoros, enfrentarme a poderosos enemigos y,
lo mejor: por fin tenía amigos que me apoyaban y me acompañaban sin condiciones
en todas las aventuras. Luego fue World of Warcraft. El puto delirio: Batallas multitudinarias, aliados, hermandades de
guerreros, armaduras con poder titánico imbuidas de azerita, monturas
voladoras.
Así trascurrieron mis años de
escuela e instituto. Pasaba los días como de perfil en el temido espacio
exterior, tratando siempre de no ser visto, sacaba buenas notas sin mucho
esfuerzo, tal vez empujado por el deseo de terminar aquello cuanto antes. Y,
cuando tenía un respiro, me conectaba a Internet y abría aquella ventana segura
y aséptica al universo. Allí podía vivir, sin riesgo y sin mancha, mil vidas,
diseñar mi propia imagen perfecta y ensayar relaciones.
Me fui abriendo cuentas en las
redes, creando personajes diferentes. Me estudiaba cuidadosamente los perfiles
del famoseo. Aprendí a editar video y fotografía para crear ilusiones visuales
a partir de mi propia imagen y diseñé avatares que interactuaban entre sí y con
cientos de seguidores. Cada día iba narrando sus diferentes vidas. Utilizaba un
Excel para llevar el seguimiento de cada uno de ellos y no confundirme de
guion.
Y así fue como llegaste tú, Ismael. Te pensé cantante de un grupo
de rock-punk. Te diseñé con precisión de cirujano al más puro estilo anarko:
cresta de mohicano, camiseta de Sex Pistols, chupa de cuero, botas militares,
cinturón de pirámides, cadenas…Investigué historia, grupos y grabaciones. Me empapé de cultura punk, tanto que
llegué a identificarme con ella: Green Day, Offspring, Birds in row….We already
lost the World. Hice mío ese discurso tan “gore”
contra la corrupción del poder.
Conforme te iba dando forma, te
fuiste metiendo en mi piel, fuiste cobrando vida propia, compartiendo tu música
y tus ideas anti-sistema, ganando seguidores, conociendo gente…
Y así fue como encontramos a
klara_a. Tenía una apariencia feroz con su cresta púrpura y su uniforme de
cuero y hierro. Pero sus párpados negros, pintados para la batalla, enmarcaban
una tierna mirada azul y sus labios remachados de piercing, esbozaban la más
sincera y abierta de las sonrisas.
Ella también militaba en el rol
y adoraba a Eskorbuto y la Polla Records. Durante meses nos encontramos en el
mundo virtual. Queriendo o sin querer nos fuimos deseando. Mi cuerpo, que
siempre se había manifestado con discreción, ahora se me había convertido en un
imperativo. Me despertaba por la noche empapado en sudor y eyaculaba sin
control.
Tenía que hacer equilibrios para
que mi madre no se diera cuenta. Y seguramente no lo conseguía a juzgar por su
expresión preocupada. Todo el montaje que me había hecho se tambaleaba.
klara_a_ estaba impactada y quiso conocerme. Y, saltándome todas
las alertas de peligro, acepté. Quedamos en el Heavy TNT de Argüelles. Hacía ya
una semana que estaba sumergido en el vértigo. Solo lograba relajarme con mi
hermandad de Azeroth. Me sentía tremendamente culpable con mi madre, mi único
amor conocido. La tenía abandonada. Y, al mismo tiempo me asfixiaba en su
mundo. Nada podía, Klara_a_ lo
invadía todo.
Siempre había sido capaz de mantener el
deseo latente, vedado por el pánico. Pero este de ahora no había forma de
detenerlo, tan poderoso, tan incontenible que me empujaba sin remedio a salir
del círculo. Solo imaginar el contacto de su piel me desplegaba las alas. Empecé a sentir que la imagen del espejo ya no me correspondía,
siempre tan repeinado, con mi camisa y mi sueter de pico. Tenía que ser tú.
Pedí consejo en Marihuana Vicio
total. Me rapé una cresta mohicana y logré aprovisionarme de todos los
elementos necesarios. Aparecí en casa así, sin más explicaciones. Mi madre me
miraba ir y venir, observaba atónita cómo iba cambiando cada día, sin atreverse
a decir nada. La sentía sufrir, pero ya nada podía detenerme.
Nos presentamos puntuales en el
Heavy. Pedimos un gin-tónic que te bebiste tú, yo no me atreví a probarlo -a
saber quién habría tocado ese vaso- y nos atrincheramos detrás de una mesa alta
en la zona más oscura de aquel antro infernal.
Ella llegó real y deslumbrante,
tal y como la habíamos soñado. Recorrió con su mirada toda la sala. Se detuvo
un instante en nosotros, esbozó un gesto de extrañeza y se acercó a saludar a
la gente que estaba en otra mesa.
No nos había reconocido. ¿Cómo
era posible? Yo estaba desconcertado, perdido. Tú impaciente. Ese guion no lo
había previsto. La estuvimos observando durante lo que nos pareció una
eternidad, escuchando su voz y su risa clara. De vez en cuando sus ojos azules
volvían a recorrer la sala. Estaba buscándonos pero seguía sin reconocernos. Yo
me sentía menguar a cada sonrisa. Mil veces quise esfumarme, pero pudo más la
fantasía de mi deseo. Tú te me removías dentro y me empujabas a que diera el
paso.
De pronto la vimos levantarse y
dirigirse a los lavabos. Dijimos “¡ahora o nunca!”. La seguimos, no había nadie
en el pasillo. La esperamos. Se abrió la puerta y así, iluminada por detrás,
nos pareció la princesa Myzrael, sentimos levantarse nuestra sangre de
guerreros de Azeroth y, dispuestos a
rescatarla, le cerramos el paso.
—¡Eh! ¿Qué haces? Oye… ¿Te
conozco de algo? Me has estado mirando toda la tarde.
—¿No me reconoces? Soy Ismael.
Nos miró de arriba abajo.
—¿Tú? ¿Ismael? ¿De veras? Vaya,
se te ve distinto, así, en persona.
Noté en ella como una risa
contenida y un esfuerzo por disimular que me golpearon muy dentro.
—Bueno, pues venga, Ismael ¿Te
hace una birrita?
No pude contestar, pero lo
hiciste por mí
—De acuerdo, Klara. Estoy allí,
en aquella mesa del fondo.
De camino a mi mesa la llamaron
sus amigos.
—Espera un momento, les explico
que estoy contigo y vuelvo.
Apenas acababa de alcanzarlos,
cuando se escuchó aquella carcajada incontenible.
—¡Ja, ja, ja!
La imaginé describiendo nuestro
encuentro, entrecortada por las risas, primero suyas, después de todo el grupo.
Se me vinieron encima todas las collejas y el eco de todos los “geranios” que
llevaba adheridos. Quise desaparecer, borrarme, correr a mi casa. Pero tú
pudiste más.
Tiraste de mí y caímos sobre
ella por la espalda tapándole con fuerza la boca para no escucharla. Tu voz
potente lo silenció todo:
—No te rías, no te rías,
¡hostia!¡no te rías!—encubriendo mi lamento—tú no, por favor, tú no.
Al entrar en contacto con su
cuerpo sentí en los brazos tu poder, mezcla de ira y deseo. La sujeté con tal
fuerza que no consiguieron separarnos. En el forcejeo caímos juntos, escuché un
golpe seco, seguí sujetando su boca presionándola con mi cuerpo contra el
suelo, inútilmente porque ya no se resistía
Me apartaron de allí a empujones.
Estaba paralizado, sin entender qué había pasado. Luego todo fueron sirenas,
luces, un estruendo insoportable que me taladraba los sentidos. Mientras me
esposaban repetía:
—¿Cómo has podido Ismael? ¿Cómo
has podido?
—No es nada, Geri, era Klara_a_,
solo un avatar.
Me vi arrastrado de aquí para
allá, envuelto en un torbellino de preguntas que no sabía responder, un desfile
interminable de caras y voces que no lograba descifrar.
Ahora estoy aquí atrapado
contigo entre estas paredes grises, 4 pasos por 3. Y, con todo, es donde mejor
me encuentro. Es insufrible para mí tener que compartir las duchas y los
servicios. En el patio trato de ser invisible, como hacía en la escuela, pero,
igualmente, no siempre lo consigo y casi echo de menos los motes y las collejas.
Solo me atrevo a comer lo que le dejan pasar a mi madre. Nunca he ingerido nada
que hubiera pasado por otras manos que no fueran las suyas. Todo ecológico,
bien lavado y desinfectado.
Pero lo peor eres tú. Te has
convertido en una segunda piel viscosa que no consigo arrancarme. Mi
pensamiento se desliza entre tu mente y la mía. Tú eres la fuerza, Ismael. Te
dejo mi alma.
Los orcos han abierto el Portal
Oscuro.
Ya solo deseo perderme en esa
noche infinita y dejar que mi vida se escape gota a gota, suavemente, sin
sentir.
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