MANOS ROTAS
Los estaba
esperando en mi despacho de dirección del Instituto Obrero.
Mientras tanto
contemplaba todos los sueños rotos a mi alrededor. Aquel proyecto truncado, sin
poder terminar siquiera el primer ciclo completo. Aquellos jóvenes, lo mejor de
la clase obrera. Aquel deseo de saber, de crecer. La mayoría habían partido
para el frente en este último año de guerra. El batallón del biberón le
llamaron, muchos no habían cumplido todavía los 16. Marchaban con tanta fuerza,
sintiéndose adultos, dispuestos a frenar al fascismo. ¿Qué habrá sido de ellos?
Sabía que
vendrían y no se hicieron esperar. El bedel, mi estimado y siempre discreto
Alfredo, llamó con sigilo a la puerta.
—Perdone D.
Eugenio, pero creo que ya están aquí.
Escuché los
gritos y los golpes que subían las escaleras, más rápidos que sus pasos.
—¡Viva Franco!
¡Arriba España!
—¡Se acabó este
criadero de rojos de mierda!
—¡Vale, vale,
fuera todos, al camión,… más deprisa, sacos de basura…!
—Se acabó el
adoctrinamiento. A ver si tenéis cojones ahora.
—Vosotros, sí,
ese cerdo de la bata y el de al lado. Todos esos carteles de bazofia comunista
fuera, al patio. Y vosotros…los libros. Metedle fuego a todo.
Salí al pasillo
y me acerqué:
—Soy el
Director, el responsable del Instituto. No sigan, por favor. No quemen los
libros. Todas estas personas están a mi cargo…
No pude
terminar la frase.
—Sí, aquí en
esta puerta pone “Comisario Director”…¡Pues tú delante hijo de puta!
Me arrastraron escaleras abajo. Los golpes me nublaron la
vista y sentí cómo me tiraban al suelo del camión. Mis compañeros me ayudaron a
incorporarme y después de una eternidad de golpes y humo, el camión arrancó.
Nos descargaron
en el Colegio del Sagrado Corazón en la Calle del Muro de Santa Ana que estaba
siendo utilizado como prisión provisional. No sé con certeza cuántos días estuve
allí. Solo una sucesión de gritos, golpes, preguntas a las que nunca hubiera
podido responder. Solo repetía inútilmente mi letanía:
-“No soy
comisario político, ni comunista, solo soy un profesor, Director de un
instituto de Segunda Enseñanza”.
De pronto
dejaron de interrogarme. Vinieron a buscarme y me metieron de nuevo a empujones
en un camión. Subí aterrado. Pensé que me llevaban de “saca” a fusilarme.
La angustia
casi no me dejaba respirar. A mi lado iba un hombre desfigurado por los golpes.
Sus manos eran un amasijo de carne deforme y sangre. Con voz entrecortada,
parecía que le dolía hasta el aire, hizo un enorme esfuerzo para sosegarme.
—Tranquilízate,…
creo que nos llevan a la modelo… me ha parecido escuchar a los guardias… Prisión
preventiva, …supongo…no será mucho tiempo… pasaremos todos por un tribunal
militar… no se entretienen con las condenas… juicios sumarísimos les llaman…van
a saco.
—Gracias -le dije- me faltaba el aliento.
Le puse la mano
en el hombro ya que era imposible estrechar las suyas. Se encogió de dolor.
—Soy Eugenio, profesor de francés en el Instituto Obrero.
—Ah sí…escuché
hablar a mis camaradas de ese gran
proyecto… Lástima…estos putos fascistas… arrasarán con todo. Yo soy Rafael,…de
la CNT… ya no volveré a ser relojero... me han machacado todos los huesos de
las manos… no me han sacado ni un nombre…de todas formas… ésta no la cuento…
Llegamos a la
modelo. Bajamos a trompicones del camión.
—Tú, carga con
él.
Como pude,
sintiendo aquel dolor inmenso en mi propia carne, le llevé hasta la formación. En
el patio, junto con otros cientos de cuerpos maltrechos, nos tuvieron no sé
cuánto tiempo. Rafael en el suelo, recostado sobre mis piernas.
Iban llevándose
grupos de gente a las distintas galerías. Al final nos condujeron a una celda
infecta, dónde compartimos un jergón en el suelo. Había allí dentro doce personas, no
llegaría ni a medio metro el espacio que nos tocaba para tumbarnos.
Vi en el suelo
un botijo con agua. Eché un trago. Sentía la boca como de esparto.
Pensé qué
podría hacer con las manos de Rafael. Tenía un pañuelo todavía en el bolsillo,
medio sucio, pero sirvió para limpiarle con un poco de agua las heridas.
Con los
faldones de mi camisa fui cortando unas tiras. Intenté improvisar unas vendas.
No sabía cómo hacerlo, nada más tocarle las manos él gritaba de dolor. Creo que
casi a pesar suyo logré colocarle los dedos apoyando el uno en el otro y los
fui sujetando todos con las vendas hasta la muñeca. Casi había perdido la
consciencia. Lo abracé hasta que sentí que iba respirando con más sosiego.
Recibí como gloria
bendita las acelgas aguadas del mediodía.
Rafael no podía
coger el cazo ni la cuchara. Intenté ayudarle y me giró la cara. Al final cedió
y se lo fui dando poco a poco mientras las lágrimas nos iban cayendo a los dos
en silencio.
Esta madrugada
han venido a buscarme. He vuelto a sentir el frío de la muerte.
No ha habido
tiempo para las palabras. Rafael y yo hemos cruzado una mirada, velada por las
lágrimas, que nunca podré olvidar. Ha amagado, no quiero imaginar con cuánto
dolor, un puño alzado.
Me han hecho
subir a un camión, junto con otros compañeros.
Hemos salido a
la carretera. Nadie ha sido capaz de romper el silencio que se iba haciendo
denso y pesado sobre nuestros cuerpos atenazados de frío y pánico.
Lentamente
hemos visto levantarse la luz del día. El camino se nos ha hecho eterno, cada
cual tratando de buscar refugio en sus entrañas.
Al cabo hemos
escuchado voces de hombres y mujeres y sonidos de carros, que se atenuaban a
nuestro paso.
El camión se ha
detenido. Nos han llegado los ecos de puertas y cerrojos de sobra conocidos.
Nos han hecho
bajar y esperar como siempre de pie en otro patio de lo que sin duda era otra
prisión. Estos canallas disfrutan con nuestro miedo cada vez que vienen a
buscarnos sin explicaciones.
Por fin he
conseguido enterarme de que me espera un procedimiento sumarísimo de urgencia
en el Juzgado Militar de Alcoy, por eso me han trasladado.
Todavía no sé
de qué se me acusa. Me siento perdido, confuso, abandonado aquí, lejos de todo
y de todos.
Solo me
sostiene el calor de la mirada de Rafael, la fuerza de ese último gesto
imposible.
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