PUNTO DE FUGA (Todo el curso 2018-19)

 

 TAREA: Trabajar profundamente un relato. Esta es la versión definitiva, la  nº 15.





A Michèlle, mon tendre amour des 15 ans.

Para Juan, mi buen amigo


En apenas una semana todo el andamiaje que había construido se ha desmoronado y todas las certezas se me han venido abajo. Tenía que pasar.

 Desde que se me terminó el contrato en la embotelladora y se acabaron la complicidad y las risas en la cadena, los pequeños desafíos de cada día con la encargada y los conatos de huelga por la media hora del almuerzo, ando sumida en la más absoluta desidia. La tarea que se me había encomendado desde el partido de ejercer de ama de casa y tratar de movilizar a las vecinas en el supermercado no consigue levantarme de la cama y se me hace un imposible.

Por mucho que me esfuerzo, veo la extrañeza en su mirada cuando me acerco y trato de entablar conversación. La misma extrañeza que siempre me ha perseguido. Ese ¿y tú, qué eres? Que con mayor o menor descaro me han espetado cada día hasta los ojos de los niños. Esa extrañeza de mi misma que tanto dolor me ha causado, de la que llevo años huyendo y que me ha traído hasta aquí.

Y es justo en este momento, ahora que cada día es un reto más difícil de superar, cuando ellos tenían que pasar por mi vida, como un vendaval alegre, inconscientes de la estela de fuego que dejan atrás. Estaban de vacaciones por España y se han quedado unos días en mi casa.

Ella, mi primer y más tierno amor, con quien descubrí que un corazón puede llegar a latir tan fuerte que te creas morir, la que despertó en mí un deseo tan desconocido que no supimos siquiera nombrar, ni mucho menos saciar. Ella, con quien se hizo evidente la razón de mi extrañeza. Ella, con su segundo marido, siempre buscando la redención de aquel pecado original y temprano.

Desde que llegó la carta anunciando su llegada, los estuve esperando con inquietud, tal vez con un cierto fastidio y algo de recelo. Aún así, con más ilusión de la que imaginaba, me esmeré para acogerlos con un poco de dignidad. Me di permiso para  un paréntesis de playa, paella y agua de Valencia en el Christopher Lee.

Y, después de todo, faltaron horas para ponernos al día de todos estos años de ausencia tan densos, tan preñados de búsquedas, de desasosiego, de encuentros y de pérdidas, de combate. Qué difícil fue poner palabras a mi presente, ante el asombro de su mirada. Sentí, a pesar mío, aflorar ese caos que duerme en mis entrañas. Por momentos noté fundirse la coraza, soltarse mi cuerpo como sumergido en agua tibia, desprendiéndose de tanta dureza.

 

Hace tres días que se marcharon. Dejaron sobre la mesa un libro: “Ma moitié d’orange” de Boris Vian y una botella de colonia “Extra vieille” de Roger Gallet, además de  una grieta enorme en mi alma.

Nada más cerrar la puerta guardé los regalos en el fondo del armario de la habitación,  a buen recaudo de todas las miradas, y pasé todo el día tratando de recomponer mi realidad. No lograba desprenderme del olor a Francia y a libertad que se había quedado en la casa, ni de la ternura de aquel contacto tan amado.

Juan tenía turno de tarde y llegó cuando yo ya estaba en la cama. Como es habitual, con su urgencia y su torpeza, me demandó sexo. No se lo podía negar después de esos días en que apenas nos habíamos visto y en los que, sin duda, se habría sentido al margen.

No le amo, no le deseo, esa es la realidad. Cuando siento que no puedo aplazarlo más, me tomo un par de Optalidones para aplacar la angustia y situar mi ánimo en mejor disposición para aceptar la batalla. Y me dejo querer, preguntándome siempre por cuánto tiempo podré seguir sosteniendo este montaje. Algunas veces ocurre el milagro y ese cuerpo joven y, a su manera, hermoso, inocente, tan venido arriba, me desata un deseo animal, feroz y, por unos instantes, lo creo todo posible. Necesito dominarlo, absorberlo, devorarlo. Entonces él se derrama incontrolable y yo me derrumbo insatisfecha. Se esfuerza por arreglarlo con sus manos rudas e inexpertas, pero ya nada se puede. Me aparto invadida de rabia, de culpa, de desasosiego.

Pero esa noche no podía. Lo intenté, tratando de ocultar las nauseas, pero, sin poderlo controlar, vomité una oleada de ira y lo empujé con toda la fuerza de que era capaz. Él insistió y le di una hostia que le cruzó la cara. Entoces me cogió del cuello y, resoplando como un animal herido, me paralizó con una mirada afilada y oscura que no le conocía. Me tiró sobre la cama, me sujetó los brazos y se corrió sobre mí. Caímos los dos rotos, enredados cada uno en sí mismo. Yo helada, sin poder siquiera llorar, sin apenas respirar, rogando que se durmiera.

Sonó el despertador a las 6. Como todos los días no había manera de despertarlo. Lo tuve que empujar hasta ponerlo en pie. Al salir se acercó y me besó en la frente. Amagué un abrazo. Me pareció sentir en mis labios una lágrima caliente y salada.

La luz me despertó, miré el reloj: eran las 9. Me costó lo indecible hacerme el ánimo de echar pie a tierra, intentando hacer las paces con mi cuerpo, asustado, confuso,  desconcertado. Había escuchado a Andrés y Carlos salir para Astilleros, poco después de Juan. Afortunadamente estaba sola.

Me acerqué a la galería. Las brumas de anhídrido sulfuroso de la Cross tampoco se acababan de decidir a levantarse. En este puto barrio cuando el viento no sopla y además hay humedad el aire resulta irrespirable. Aunque esté todo cerrado se cuela por las rendijas y te va dejando en la boca un sabor metálico. Me sentí parte de esa cochambre de paisaje fronterizo que nos rodea: solares-vertedero en mitad de retales de huerta, viejas fábricas medio en ruinas, los viejos bloques de Astilleros y, alguna finca nueva, brotada como en medio de la nada, adelanto tal vez de un futuro incierto. El sol se iba abriendo paso entre la niebla y, por un momento, hasta parecía hermoso, velado así por esa luz tenue, cubriendo de tonos dorados el horizonte gris.

Pasé revista panorámica a la casa: los restos de la cena seguían en la mesa mezclados con un barrillo de colillas. En la cocina ya no quedaba ni un plato, ni un vaso en los armarios, todo estaba en la pila. Apestaba. El suelo que no consigue brillar con la tierra de las botas y siempre rechina cuando pisas. La ropa sucia amontonada en el cuarto que queda vacío que se iba acercando amenazadora al pasillo. Las bolsas de basura en la galería adquiriendo poco a poco vida propia. El baño sucio.

Ya se debatió el tema: era una cuestión de división del trabajo. “Nosotros trabajamos en la fábrica y venimos muertos. Así que lo justo es que, mientras estés en el paro, te ocupes de la casa. Tú, Nuria, que, de momento, solo tienes las tareas del Partido. Y cuando encuentres trabajo ya se verá”. Juan no lo tenía muy claro pero Carlos terminó por convencernos a todos, incluso a mí.

Deambulando por la casa, me encontré frente al armario donde había escondido los regalos. Pensé en olvidarlos, pero me pudo el deseo. Los cogí, los abracé y me quedé sentada en la mesa camilla, tocando y oliendo el libro, saboreando ese idioma tan mío, sin atreverme a abrir el frasco, temiendo que aquel perfume tuviera el poder de desarticular mi vida.

Como todavía tenía tiempo, los hombres no llegarían hasta la tarde, me hice un ovillo en la cama que hace las veces de sofá. Desde allí veía la pared de la cocina. Con la mirada perdida traté de hipnotizarme un buen rato leyendo, una y otra vez, el calendario: 1974, ABRIL, 1, 2, 3, 4, 5. Me arrebujé bajo el batín sintiendo en mi sexo, entre húmedo y sucio, los restos de la batalla. Me abracé, me acaricié, como tratando de suavizar el dolor. Me asaltaron de inmediato, vivos e intensos, tantos encuentros, aquella dulce mirada azul, aquel abrazo en que se fundieron mi piel y la suya, y se penetraron sin armas, aquel “mon amour” “je t’aime” tan inconsciente del abismo al que nos abocaba. Sentí fluir mi cuerpo y fundirse en su centro como un agujero negro.

Mientras, escuchaba por el deslunado el trajín de las vecinas, me llegaba el olor de la ropa limpia. Imaginé esas casas relucientes, y, de pronto, saltaron todas las alarmas.

“Los comunistas tienen que servir al pueblo, camarada Nuria. Y, para eso, tienen que ser pueblo.”

“Un comunista debe esforzarse por ser el mejor en todo. El mejor obrero, el mejor compañero, el mejor padre, el más digno ejemplo para todos.”

Ser pueblo, ser pueblo, ser pueblo. Me aferré como nunca al eco de aquellas palabras que me sacaron como un resorte del delirio, del peligro. Insospechadamente, recuperé la energía. Me hice un café con leche y escuchando “Have you ever seen the rain” emprendí una guerra feroz contra la invasión de mierda que me rodeaba.

Ángela estaba al caer. No me gusta Ángela, parece que el mundo está en deuda con ella por haber nacido obrera. El partido la destinó para ayudarme en el proceso de proletarización. Tiene una querencia especial por inspeccionar mi nevera y requisarme el jamón o alguna otra cosa especial de las que mi madre me da siempre los domingos.

—Vaya con la niña rica, esto mi hija nunca lo ha probado, camarada, tienes que compartirlo.

En otras ocasiones se ha ido llevando las cosas que le venían bien, de entre lo poco que había por la casa: la batidora, unos tijeras.

—Otra gente lo necesita más que tú.

Al principio le tenía mucho respeto a aquella mujer luchadora, obrera, hija de obreros perseguidos por el franquismo.

—Tienes que ser una vecina más, a ser posible la mejor”

Me había esforzado incluso en encontrar la ropa adecuada. Las pintas de “progre” no eran las más indicadas para congeniar con el barrio: fuera vaqueros, fuera botitas de serraje. Por más que me sintiera disfrazada, me vestí con faldas, medias y mocasines.

—Vamos, pero la pinta de estudiantilla no te la quitas ni de coña.

“Los que han tenido el privilegio de poder estudiar deben ser intelectuales del proletariado”

Camas hechas, cuartos recogidos, comedor en orden. No se puede hacer más con lo que hay. Apenas tenemos muebles, cuatro trastos dispares que nos pasó el cura. El póster del Guernica en el comedor y uno de un payaso de la época azul, un poco más discreto, en la entrada vacía.

Antes de enfrentarme a la montaña de ropa le planté cara a la cocina. Mientras fregaba, sin proponérmelo, iban pasando ante mis ojos, absortos en el fregadero, los últimos años, rebuscando el sentido de este presente, que por momentos sentía desdibujarse. Cómo había pasado del instituto a la proletarización, de cantar “Al vent” a la convicción de que solo la lucha del pueblo en armas podría acabar con el capitalismo.

Después de aquel verano iniciático en Francia, cuando solo pensaba en acabar el Bachillerato y marcharme a París,  descubrí a aquel grupo de gente de mi clase que hablaba de cosas interesantes y prohibidas, y pensé que tal vez allí tuviera cabida mi diferencia.

Me invitaron a un grupo de estudio dónde se leía el “Garaudy”. Aquello me hizo atea en la primera reunión y marxista en la segunda. Me abrió un nuevo horizonte de futuro que sería el fin de la oscuridad, la libertad, la justicia, la liberación del ser humano. Había que ponerse del lado del proletariado, es más: ser proletariado y poner a su servicio el privilegio de haber podido estudiar. Había que formar en el marxismo-leninismo a los camaradas obreros que soportaban estoicamente las sesiones de trabajo. Siempre inquietos, esperando consignas de acción:

—Camaradas, todo esto está muy bien, pero sois todos unos intelectualillos “diarreras”. Tendremos que ir a buscar a la ETA, a ver si empieza el tiroteo.

En el intercambio ellos nos enseñaban las cosas que de verdad servían: a abrir coches, a hacer el “puente” para arrancar, a colgar pancartas en los cables de la luz, hacer cócteles molotov. Hasta ensayamos algún explosivo. La lucha armada, un camino duro, pero claro, de certezas sencillas.

Del otro lado, el caos y la incertidumbre que había sido mi vida, siempre imaginando ser quien no era, amando a quien no debía, deseando lo imposible, siempre sembrando confusión, dudas y miedo.

Aunque desde bien pequeña me habían escupido a la cara mil veces mi diferencia, tardé un tiempo en ponerle nombre a aquel primer amor en francés, lo que tardaron en llegar aquellos otros ojos castaños en una noche de luna de abril frente a la Alhambra y, con ellos, tantos años de dolor por el deseo negado una y otra vez.

Intenté responderme a los porqués. No había dónde acudir, el más oscuro de los silencios lo envolvía todo como una densa nube de confusión, rechazo y culpa. En esa búsqueda delirante había elaborado mi propio cóctel de materialismo dialéctico y psicoanálisis. “Tal vez una mala construcción de la feminidad por una figura paterna violenta y desvalorizada”. Me juré domesticar el deseo, enderezar lo torcido, cambiar el hábito. Había que perder “el miedo a los hombres”.

Me había ofrecido sin ningún éxito a mis camaradas universitarios. Detesté mi cuerpo como nunca. Ni siquiera me aceptaban para un polvo desinteresado. Los camaradas obreros tuvieron menos remilgos y así el sexo entró también en el intercambio.

 “Si quieres conocer el sabor de una pera, cómetela.” Mao no estaba acertado. Desde que leí esta frase en el Libro Rojo, no había parado de comer peras, pero no conseguía que me gustasen.

Ángela, por supuesto, no faltó a su cita. Cada vez me cuesta más creérmela. Estoy harta de que me ponga en evidencia siempre en la célula del barrio, de que desacredite mi trabajo político. Mi esfuerzo para adecentar la casa nunca es suficiente.

Lo que más me cuesta siempre es la ropa. Estuve poniendo la Jata y enjuagando a mano toda la tarde. Solo me quedaban los monos, llenos de grasa y de costras de amianto. Me dolían las manos y los puse en remojo con la vana esperanza de que aquello se reblandeciera.

—Y qué pasa con la ropa ¿Vas a dejar que la semana que viene vayan con el mono sucio a trabajar? Solo te gusta ir al club de jóvenes porque allí te lo pasas bien, cantando cancioncitas con la guitarra.

—No es cierto Ángela, aquello es un semillero de futuros militantes. Son gente muy válida y con ganas de cambiar el mundo. Las vecinas, sin embargo, es imposible que  me vean como una más. Ni de coña se van a tragar que vivo con mi marido y con dos tíos más.

—Tienes que ligarte al barrio dónde están las mujeres de los obreros, en el mercado, en la escalera, en la calle. Ya te presentaré yo gente de la de verdad.

Aquel club de jóvenes parroquial había sido “la chispa que encendió toda la pradera”. Había ido a darles unas charlas sobre sexualidad -qué paradoja- y había conectado bien con ellos. Gente inquieta y sensible. Al fin y al cabo solo tenían dos o tres años menos que yo. Un buen caladero de futuros militantes.

En  Pascua de aquel año 72 se organizó una acampada de clubs de jóvenes de diferentes barrios.

En aquel momento yo estaba rota. Después de años de amor ocultos en la “amistad”, forzosamente compartidos con las “auténticas parejas”, de relaciones que se vivían “en sueños” y se negaban al amanecer. De sexo “experimental” no deseado. Tratando de poner sin conseguirlo la revolución en primer plano.

Hubo una tormenta casi tan grande como la que llevaba yo dentro. Diluviaba. Había circulado coñac que bebimos  a morro. Iba ciega, rota y cansada de chocar contra el muro del absurdo. Me senté bajo un árbol. Dejé que las lágrimas me brotaran hasta disolverse con la lluvia. Estaba derrotada, no me hubiera importado disolverme entera.

Y entonces ella se acercó. Ya habíamos cruzado miradas y sonrisas y alguna mano dejada caer en el hombro. Me abrazó, me apartó las lágrimas con sus manos y me besó. Consiguió levantarme y llevarme a la tienda. Nos acomodamos en un hueco y pasamos una noche de ternura dentro del mismo saco. Amaneció un día luminoso que pasó, aparentemente alegre, entre risas, juegos y “No serem moguts” y “L’estaca” y alguna mirada extraña y recelosa.

Poco tiempo después en la reunión de célula del Marítimo, la responsable en el Comité de Barrios explicó que se había reunido el Comité Central del Partido para tratar una queja acerca del comportamiento de la camarada Nuria en la Acampada de Jóvenes. Al parecer algunos se habían escandalizado al ver abrazadas a dos mujeres. Me advirtieron de que era un comportamiento intolerable en el Partido y más grave al haberse producido en los círculos de influencia, desacreditando el liderazgo.

—Podemos comprender tu problema, pero tendrás que elegir, camarada. Si quieres seguir en el Partido deberás “normalizar” tu vida sexual. De lo contrario tendremos que apartarte de la militancia.  El pueblo no entiende esas conductas, debemos ser líderes intachables. Tienes que olvidar tus debilidades pequeño-burguesas. La liberación de la clase obrera está por encima de nuestras individualidades. Esperamos de ti una sincera autocrítica y un serio proceso de rectificación.

 

Eso era todo: debilidades pequeño-burguesas. ¿Qué importancia podían tener mis enredos existenciales ante la lucha revolucionaria?

El proceso fue rápido. Conocía a Juan del club. Vivía con el cura obrero de la parroquia. Se había venido andando del pueblo huyendo de los malos tratos de su padre. Estaba loco por la música. Era rudo y tierno y un poco poeta. Puro deseo de saber. No había nadie más necesitado de amor que él.

Iba a ser él. Yo sabría moldearlo. No me fue difícil engancharlo. Loco por un polvo con Aretha de banda sonora: “I say a little prayer for you” Yo necesitaba escapar de esa angustia de no saber nunca quién era, de ese malquerer por mi cuerpo, de ese dolor por mi corazón siempre enamorado y siempre confundido.  Romper, romper con todo, iniciar un camino de su mano hacia el futuro luminoso de la Revolución.

—¿Y si nos casamos? Estamos bien juntos, nos independizamos y después ya se verá.

No faltó un cura dispuesto a bendecir aquella unión sin papeles. Nada pudieron dos familias desconcertadas.

Pero aquel amianto que no salía estaba logrando arrancarme  lágrimas de  indignación.

—Lo siento Ángela. Pero no puedo hacer más.

—Pues a partir de ahora tendrás que apañarte porque el Rober, la Eva y yo nos marchamos a Valladolid el mes que viene. Aún nos echarás de menos.

—Puedes estar segura de que no voy a olvidarte.

Cerré la puerta tras ella y sentí que el aire corría de nuevo por mis pulmones. Salté, grité, y me sorprendí al escuchar mi voz.

Poco después llegó Juan que, como otras tantas veces, ya había borrado la noche anterior.

—Llevo casi todo el día peleando con vuestros putos monos. Mira, tengo los dedos pelados ya de rascar. O lleváis más cuidado, o los laváis vosotros, o los lleváis llenos de mierda. Conmigo ya no contéis.

—Vaya, no te preocupes, si en cuanto pisemos la fábrica van a ensuciarse. Venga “traviatilla” déjalo todo y vámonos los dos a cenar al bar de la Avenida. Mañana lo verás todo mejor.

Me abrazó y, por un momento, quise dejarme caer en esos brazos poderosos, pequeña, rendida…

Pero de pronto todo este mundo, la casa, el barrio, el bar,  me resultó más extraño que nunca, me molestaba la fritanga, las voces, el ruido de las tragaperras, los sonidos metálicos. Todo me parecía sórdido, sucio, ajeno. Las caricias de Juan me rechinaban y me hastiaban los chascarrillos con los que intentaba sacarme una sonrisa, consciente de que algo nuevo estaba pasando y sin saber cómo abordarlo.

Muy torpemente intenté retener la desazón. Él no se merece mi desprecio. Intenté justificarme con el cansancio y el mal humor de la discusión con Ángela y el amianto de los dichosos monos.

—Esta noche dame una tregua, Juan, por favor.

Afortunadamente a él no le cuesta mucho dormirse y caer anestesiado. No le molesta ni la luz, ni mi inquietud.

Yo no me he dormido hasta que se ha ido a la fábrica y he abierto los ojos 3 horas más tarde. No había nadie en la casa. He buscado en el montón de los discos olvidados y me he regalado un desayuno enredada entre canciones, entretejida de versos, “Septembre”, “Une petite cantate”, “Dis, quand reviendras-tu?” Barbara… Brel…Brassens…

Saboreo la mermelada bajo una lluvia de lágrimas imparables. No quiero abandonar la lucha, pero ésta ya no la siento mía. No quiero herir más a Juan, pero es peor esta guerra continua. Me aterra marcharme,  volver a enfrentar el abismo, pero ya no hay vuelta atrás.

Mientras escucho “Quel joli temps” de Bárbara, me acerco a la habitación. Encima del armario todavía está mi maleta blanca, la que compré para ir a Francia con el dinero que me dejó mi abuela antes de morir aquel verano del 67. La coloco sobre la cama y voy poniendo mis cosas. Encima de todo la colonia y el libro.

 “Jamais la fin d’été n’avait paru si belle

Les vignes de l’année auront de beaux raisins

On voit se rassembler, déjà les hirondelles

Mais il faut se quitter, pourtant, l’on s’aimait bien

Quel joli temps pour se dire au revoir….

 

….Sur la fumée des cigarettes

L’amour nous reviendra peut-être

Peut-être un soir, au détour d’un printemps…”

 

Escucho crepitar la aguja, es el final. La maleta no pesa mucho. Me duele el golpe seco de la puerta tras de mí.

 

 

 

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