YA NO HACE FALTA

 TAREA: Relato con un anclaje social. Los personajes tienen que ser así por su contexto histórico.


—Él es un niño todavía, D. Rufino. Solo se le iba la boca de rabia. Hágase usted una idea, vio como fusilaban a su padre y lo echaban a la fosa. Solo tenía 16 años y  lleva ya dos en prisión. Me lo tienen en La Ranilla, que no sabe usted lo que me supone a mí para ir a verle.

—Algo habrá hecho, Remedios. Que ni él ni su padre eran mucho de misa y todos los hemos visto arriba y abajo con los de la CNT. Y no andaba muy lejos cuando en el 32 me ocuparon las tierras.

—Mi Gabriel no se ha manchado las manos, D Rufino, ni mi Eulogio tampoco, todo sea dicho, y de sobra hemos pagado ya ¿No le parece? No sabe cómo me lo tienen, no lo conocería; rapado y en un puro hueso. Cada día más oscuro y lleno de mataduras.

—¿Has hablado con D. Hipólito? Igual él puede hablar con el cura de la prisión, que ya sabes que tienen mucha mano. A ver si te lo puede recomendar.

—D. Hipólito se me salta cuando voy a comulgar, ni me quiere dar el perdón en el confesionario. No, él no nos va a ayudar. Desde lo del convento de su hermana no hay nadie que odie más a los rojos en toda la contornada. Usted conoce a toda la gente importante de Sevilla, seguro que puede hacer algo.

—¡Ay! Remedios, no te creas que es tan fácil,  y ya sabes… todos los favores se tienen que devolver.

—D. Rufino, cada vez que me acerco a La Ranilla, creo que el corazón se me sale del pecho, esperando ese “ya no hace falta”. Así que lo que usted diga.

Unos meses más tarde Gabriel hacía el recuento de cabezas de ganado de la comarca para el censo de la Diputación. Su faena era comprobar si coincidían los números reales con los declarados.

Raro era el caso de que coincidieran, aunque unas pocas ovejas arriba o abajo, nada cambiaba.

Pero el caso del ganado de D. Rufino se salía de todas las normas. La realidad casi triplicaba al papel y sin ponerse muy estrictos.

Gabriel, todavía agradecido y empujado por Remedios se acercó a advertirle de la situación.

—D. Rufino, no me salen las cuentas con sus animales, vea si puede usted hacer algo, porque ya sabe que tengo que dar fe de lo que veo.

—No me toques los cojones, Gabrielito, que no te he de explicar a quién le debes tu pellejo.

—Ya sabe que puede disponer de mí para lo que necesite, pero este es el trabajo que precisamente usted me facilitó y yo tengo que cumplir con la verdad. Bastante he hecho con venir a advertirle para que pudiera solucionarlo a tiempo.

—A ver ¿Por qué te crees que tienes ese lujo de trabajo? ¿Porque te lo has merecido? Ver, oír y cerrar esa roída boca. ¿No has tenido bastante por largar lo que no debías?

—Lo siento, pero yo tengo que informar de lo que he visto.

—Como quieras Gabrielito, haz lo que creas que debes hacer.

Gabriel salió al día siguiente de buena mañana a proseguir con su recuento. Apenas apuntaba un resplandor en el horizonte. Ese febrero estaba siendo muy frío. Andaba acurrucado sobre el borriquillo que apretaba el trote azuzado por los ladridos de Quillo que correteaba entre sus patas como queriendo levantar el ánimo de amo y borrico.

Se acercaban a la arboleda que rodea el arroyo de la cañada real. Quillo plantó las orejas y se quedó clavado, mirando fijamente las cuatro rocas de la loma que bordeaba el camino, el único accidente de aquel llano. Gabriel, alarmado por el perro, se incorporó mirando en la misma dirección. Un silbido afilado le atravesó la frente.

A media mañana en el pueblo, vieron llegar a Quillo con el borrico. Las mujeres llamaron a Remedios. En las alforjas estaba la bota y el atado de pan y queso, solo faltaba la libreta de cuentas de Gabriel.

Salieron los hombres a buscarlo. Remedios se quedó en la casa con otras mujeres por si volvía, escuchando todo el día el repiqueteo del reloj. Ella no quería saber lo que imaginaba casi con total certeza.

Dejaron de buscarlo.

Dos semanas después se lo trajeron cargado en la camioneta de la guardia civil.

—Lo hemos encontrado en la sierra, señora, andábamos detrás de unos maquis y lo hemos encontrado escondido entre unas rocas. Han debido ser ellos. No se preocupe que les daremos su merecido. La acompañamos en el sentimiento.

 

 

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