MONSIEUR RENARD
TAREA: Utilizar la tercera persona didáctica (hace cómplice al lector)
No hay nada más peligroso que no ser consciente de la propia fragilidad. Especialmente cuando las cartas vienen mal dadas y todo se tambalea. Veamos lo que le sucedió a nuestro amigo André Renard.
Su familia tenía una granja cerca de Arlés y un montón de sueños puestos en él. Era el mayor de 6 hermanos y sobre él caía la responsabilidad de llevar a lo más alto el apellido Renard.
Como el tiempo demostrará no era especialmente… nada; ni muy apuesto, ni muy inteligente, ni muy simpático, ni muy buena persona, pero… tenía una misión que cumplir y como suele decirse “había nacido de pie”.
Terminó sus estudios de economía y encontró trabajo como contable en una empresa de jabones y perfumes. En los muchos ratos de hastío que le dejaba la contabilidad había inventado un juego en el que simulaba invertir en bolsa, siguiendo los movimientos reales, pero sin riesgo. En realidad él no tenía grandes aspiraciones, solo quería pasar el rato. Había “invertido” su primer sueldo y llevaba una “contabilidad” imaginaria de sus ganancias y pérdidas. Y, sí, había convertido aquellos primeros 1000€ en una pequeña fortuna. Estaba tan orgulloso de su habilidad para las finanzas que se atrevió a explicarle a su jefe Mr. Cloutier su experiencia.
Maravillado ante aquella imparable curva ascendente, Mr. Cloutier, quiso intentarlo, pero en el auténtico “parqué”. En pocos meses los perfumes Cloutier estaban en la cima.
Como bien podemos imaginar, en ese mundo las noticias vuelan y no tardaron en buscar a Renard importantes firmas financieras.
De este modo nuestro André se encontró trabajando en Bauman & Shiephield, una importante empresa inmobiliaria de Paris con sede en el distrito de La Défense en la Opus 12 Tower, con vistas a la gran avenida Charles de Gaulle. La Meca de los negocios europeos.
Entretanto, al calor del glamour alcanzado en la Provenza, había encontrado una compañera, ahora ya Mme. Renard. Ella le puso lo que le faltaba de ambición y de osadía.
Casa en la Avenue Montaigne, decoración de Cecile Kokocinski, vestuario “ad hoc” y Alfa Romeo en el garaje.
Mr. et Mme. Renard ya estaban en el “todo París”. Misión cumplida.
Pero a quien conozca a los franceses no se le escapará que ni la guillotina ni la toma de la Bastilla terminaron con los muros insalvables de la “noblesse”. Ni siquiera el dinero tiene la clave del “savoir vivre”.
Nuestro Andrés y su Mme. desperdiciaron su escaso talento y energía en la inútil tarea de despegarse del olor a paté y a lavanda.
Y todavía no habían terminado de firmar letras e hipotecas cuando el estallido de Standard and Poor’s les pilló con la guardia baja.
Bauman & Shiephield no salió demasiado mal parada, pero se hizo necesaria una reorientación de la empresa y una reestructuración del personal.
Se desató una oleada de rumores, acerca de despidos y reubicaciones.
Ya sabemos que cuando peligra el culo, entramos en terreno abonado para que broten recelos, acosos, denuncias, peloteos, zancadillas y competencia a muerte. Y André no era buen marino para aquellas tempestades.
Pronto se vio acorralado, era un punto débil, un candidato cierto, pero no podía permitírselo.
Tenía que encontrar una salida para escapar al desastre.
Sabía que los buitres estaban acechando los movimientos de Bauman. Sin duda los cambios iban a mover mucho dinero en el mercado y él tenía información que creía muy valiosa.
Decidió pasar al ataque. Se puso en contacto con Lecrecq Investments, los principales competidores en el mercado inmobiliario, e intentó negociar. Le recibió un grupo de asesores del presidente. Escucharon su oferta y le dijeron que esperara a que terminase la reunión del consejo de administración para darle una respuesta. Pasó un par de horas inquieto porque era consciente de que estaba a punto de cometer un delito: “tráfico de información privilegiada” se llama.
Empezaron a salir trajes y maletines de la sala de juntas, entre ellos Philippe Bellamy, el presidente de su compañía, que le saludó amablemente y le citó para el día siguiente en su despacho.
No existen palabras para describir la amarga noche de André.
—Sin duda creerá que ha fallado su jugada Mr. Renard. Pero, en realidad, no ha hecho más que adelantarse y confirmarnos el valor de nuestras últimas decisiones. Vamos a utilizar el juego entre Bauman y Lecrecq para subir el precio de las acciones. Nos ha demostrado que no podemos confiar en usted, pero ciertamente tiene información demasiado valiosa. Póngale precio a su silencio.
André estaba desconcertado, realmente no acababa de entender el escenario en que se encontraba. Sin saberlo había entrado en un nivel que desconocía. No sabía si aquello iba en serio o le estaban tomando el pelo y de un momento a otro iba a entrar la policía a detenerlo. No sabía que responder.
—Estoy cansado, Mr. Bauman, ustedes ganan. Permítanme salir de aquí con dignidad y retirarme de este mundo que me es realmente hostil. No volverán a tener noticias mías.
—Es una lástima que desperdicie su talento, pero se hará como usted decida. Nos haremos cargo de su casa y de sus deudas y le entregaremos dos millones de euros en acciones de nuestra compañía. Para nosotros será como pagar un seguro. Usted podrá seguir operando en bolsa con ellos. En sus manos está que no pierdan su valor.
A fecha de hoy nuestro André y su familia viven desahogadamente en su granja de Arlés, rodeados de lavanda y saboreando los mejores patés. Pero sigue sin comprender cual fue esa jugada tan certera y ese “talento” que le permitieron salir ileso de aquel laberinto infernal.
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