CABALLEROS 43
TAREA: Escribir un relato dónde nos movamos en el tiempo. Escueto.
Mi mejor recuerdo de la procesión del Corpus es el olor de la murta y los pétalos de rosa; por lo demás se reduce a un largo y pesado desfile de gente con velas y soldados que se arrodillan al paso de la Custodia; si alguna vez he estado por allí cerca y me he asomado me ha parecido todo cutre y rancio: los trajes, las pelucas y la presencia de tanto canalla devoto. Pero este año, mi amiga Beatriz, me ha convencido de que debo mirarla con otros ojos, desde el recuerdo afectivo de la infancia y el gran valor histórico que tiene.
Ella pertenece a una familia poco común, de gran arraigo valenciano con un remix anarquista y anticlerical, y tiene contactos hasta en el infierno con otras gentes tan insólitas como ella. Me ha invitado a verla en el balcón de una de esas casas de la Calle Caballeros que te abren el portal de la historia.
Me voy acercando al nº 43 y me penetra ese olor que desprenden las casas con solera y que trasmite solidez y respeto. El patio está entreabierto. Entro despacio, mirando la escalera de mármol, los arcos góticos y la claraboya y me sujeto a la barandilla para no tropezar, siento en mi mano el contacto del bronce y me recorre un escalofrío. Una mano dorada parece invitarme a subir. Acepto la invitación. Otra mano de bronce hace de llamador.
—Hola, buenas tardes. ¿Elisa? No nos conocemos, vengo de parte de Bea.
—Ah, sí, tú eres Isabel ¿No?, Bea me ha hablado tanto de ti que casi te puedo reconocer. Pasa, estamos en el salón.
La casa está un tanto descuidada, como si sus últimos habitantes no quisieran alterar el polvo de los años, pero conserva en sus maderas, alfombras y tapices, el aliento de un tiempo de riqueza.
Es extraño, pero siento de una forma muy intensa que conozco esa casa, que ya he estado allí, es más, que me pertenece, que formo parte de ella.
—¡Isabel, has venido! ¡Me alegro un montón! Ya has conocido a Elisa ¿No? Que no te imponga esta casa porque ella es estupenda.
—No creas, al contrario, me es todo familiar, como si…
—Ven, asómate, fíjate qué lujo de vista tenemos desde aquí.
La sigo al balcón, engalanado con una colgadura antigua y desgastada de damasco. Al tocar la tela se me enturbia la mirada y siento vértigo.
—¿Cómo habéis podido colocar este colgajo viejo en este día tan señalado?¡Regina! Quita esto de aquí inmediatamente. Si el otro día te envíe a recoger uno nuevo a casa Garín. ¿Qué has hecho? ¡Tomás! ¡Ven! ayúdame a quitar esto de aquí antes de que estemos en boca de todos. Si apenas faltan dos horas.
—Ya voy, Isabel, y no escandalices, que como sigas dando esos gritos vas a ser tú la que nos ponga en evidencia. Ya está, Regina se ha confundido, eso es todo. Ahora mismo le pondrá remedio.
—¡Ay, Tomás! Es que precisamente esta tarde, que va a pasar por aquí todo lo mejor de Valencia y… ¡el Santísimo!… Ya sabes que nuestro balcón siempre ha sido la admiración de todos.
¿No te habrás olvidado de encargar los pétalos de rosas? ¿Has dicho que fueran las más frescas?
—Los tienes en el portal hace ya rato, cuatro cestas. Era eso ¿no?
—Ahora le diré a Rafael que las suba. Es que tengo que estar en todo. He encargado tres fuentes de frivolidades saladas y tres de dulces en el Horno de San Nicolás. ¿Te parece que habrá bastante? ¡Regina! En cuanto acabes con las colgaduras ve al horno a buscar el encargo. Les he pedido que estuviera todo recién hecho. ¿Ya han traído la horchata?
Tomás se me queda mirando con su sonrisa de paciencia infinita y me hace reír.
—Es que estoy muy nerviosa Tomás. Esta tarde vienen los Campos, los Dotrés y los Nolla y quiero que todo sea perfecto.
—Y lo será, Isabel, lo será, no te preocupes. Anda ven aquí al sofá a descansar un poquito conmigo, date un respiro.
Tomás siempre consigue que me sienta segura. Me dejo caer en sus brazos y me olvido de todo por unos minutos.
—¡Isabel!¡Isabel! ¿Estás bien? ¿Isabel?
Escucho como desde lejos la voz de Beatriz. Siento mis manos apretadas con fuerza en la barandilla.
—Sí, sí estoy bien.
—Es que por un momento parecías como ausente.
Recorro con la mirada la calle y la siento a la vez familiar y extraña y, al volverme hacia el salón, todo me parece viejo y deslucido.
Beatriz me mira con cierto recelo.
—Ha sido el carro de la murta, tenías razón, cuántos recuerdos afectivos me trae todo esto.
—Mira ya vienen por allí los “Cirialots” y Tomás, todo cargado, con la horchata, las rosquilletas, las cocas y las empanadillas de San Nicolás. ¡Siempre a última hora!
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