EL TUTÚ

 TAREA: Escribir un relato en el que el tema esté simbolizado. Utilizar una traslación no una metáfora.


Este curso me estreno de nuevo como “seño”, como cada vez que reinicio el ciclo en la clase de 3 años. Esta vez somos “Caballitos de mar”. Nuevo grupo, nuevas familias, nuevo reto. El primer mes ha sido, como siempre, “un valle de lágrimas”: los niños y sus madres tratando de superar ese primer desgarro y yo añorando a mis “Delfines” que ya pasaron al “cole de mayores”.

Hace dos semanas, para celebrar que por fin parece que nos vamos acomodando, decidí empezar el día abriendo mi cofre del tesoro, un viejo baúl lleno de disfraces, telas, bolsos, sombreros, zapatos… recogidos año tras año y que siempre se convierten en su juguete favorito.

Saqué tres o cuatro cosas, me puse un sombrero de mosquetero y simulé una capa con una tela roja. Fueron acercándose, al principio con precaución, y esparciendo por la clase todas las maravillas que encontraban. Me pinté bigotes y pronto tenía una cola pidiendo flores, corazones, mariposas. Nada que no hubiese vivido mil veces.

Poco a poco se fue perdiendo cada uno en su fantasía y pude llevar mi mirada al grupo para observarlos. Fue entonces cuando vi a Andrés extasiado ante un tutú de ballet de color lila. Lo había colocado sobre la mesa y trataba de alisarlo con sus manos, acariciándolo suavemente, como si fuera un sueño.

Me acerqué:

—¿Quieres que te ayude a ponértelo, Andrés?

Me miró de soslayo, como dudando, un poco avergonzado.

—Mmmm…Me parece, me parece, que sí que quieres. ¿Lo ponemos?

Me sonrió y levantó los bracitos.

Le quedaba perfecto, como si lo hubieran hecho para él. Corrió a mirarse en el espejo y vino a pedirme que le ayudara a desabrochar el botón de los pantalones. Se  quitó las sandalias y empezó a correr por la clase dando saltos y vueltas. De vez en cuando, se paraba a mirarse y ensayaba pasos. Encontró también una diadema de flores y una varita mágica que le parecieron el complemento perfecto.

Puse música de ballet y terminamos todos bailando como locos.

Llegó la hora de recoger, les expliqué que había que guardarlo todo con cuidado para poder seguir jugando otro día.

Andrés se quitó el tutú y lo colgó todo con sumo cuidado en su percha. Me miró, como pidiendo permiso, no le dije nada.

Cada mañana, cuando llega, vuelve a ponerse el tutú y no se lo quita hasta la hora de sentarse a esperar que lo recojan.

Nadie en la clase se ha extrañado por esto. Algunos han protestado porque también quieren tener “su disfraz favorito”. Se lo he permitido.

No era la primera vez que Ana había tenido alumnos que se disfrazaban con tules y que dibujaban princesas y niñas que se peleaban por hacerse un sitio en los partidos de futbol. Pero nunca había visto a nadie tan feliz como Andrés cuando se vestía casi solemnemente cada mañana su tutú.

En el primer trimestre, entrevistaba a todas las familias para cumplimentar la historia personal de cada alumno. También a la de Andrés. Se lo había pensado mucho. No estaba segura de que hubiera que comentarles nada. Tenía miedo de la reacción de los padres, de ningún modo quería perjudicar a Andrés, pero conocía bien el significado de aquel tutú.

Creyó importante advertirles de lo que consideraba una señal de algo que debían saber encajar en su vida.

Aprovechó aquella pregunta sobre sus juguetes favoritos para hablarles de cómo disfrutaba dentro de él, de cómo se transformaba, de cómo brotaba de él otro Andrés más seguro, más alegre, más abierto.

Los padres se miraron interrogantes, como pidiéndose mutuamente permiso para hablar.

—Verá señorita Ana, aunque nosotros siempre le hemos comprado juguetes de chico, cuando vamos a casa de sus primas parece también que disfruta jugando con ellas a muñecas. Pero el pediatra nos ha dicho que a esta edad todavía no tienen muy claro lo que son.

—Nosotros en casa no le permitimos esa clase de juegos, así que, por favor, no le confunda más y haga desaparecer ese disfraz de la clase. Preferimos que no participe en ese tipo de juegos.

Al día siguiente Ana se encontró frente a la percha coronada de flores, le dolía deshacer aquel pequeño altar que Andrés dejaba cada tarde listo para continuar su sueño, sintió en su piel como si le cortara las alas, pero  pensó que era mejor evitar problemas. Lo guardó todo en el baúl.

Al llegar Andrés su madre le acompañó hasta la percha, para comprobar por sí misma que ahora era una más, con su babero de cuadros. Trató de cruzar con Ana una sonrisa de complicidad que no obtuvo respuesta.

Andrés se quedó allí en silencio, junto a la percha, mirándome como si toda la tristeza del mundo se hubiera posado en sus ojos. Pasó los siguientes días, ausente, sin jugar, apartado de todos, evitándome.

Resistí toda la semana, pero el viernes decidí volver a abrir el baúl. Saltó como un rayo a buscar aquello que sentía tan suyo.

A la hora de recoger, me miró y pareció entenderlo todo, sonrió, se desprendió del tutú y lo guardó de nuevo en el baúl.

 

 

 

 

 

 

 

 

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