DE LA MISMA SANGRE

 Tarea: Escribir un relato usando la ironía dramática: El espectador sabe más que el personaje.


 Mientras observa desde el cristal de la UVI a Quique, Aurora repasa una y otra vez aquella conversación que le secó el alma 20 años atrás.

Su madre, Eladia, había servido desde siempre en la casa de los dueños de la serrería y de media comarca de Guadarrama.

El señorito Higinio, el primogénito, se había casado con Isabel hacía ya tres años, y no habían conseguido tener hijos.

Aquel pensamiento le abrió el cielo a Eladia y decidió por ella, casi sin mediar discusión, que había encontrado la solución a sus problemas. La arrastró a casa de los señores y puso el tema sobre la mesa:

—Señorita Isabel, necesitamos hablar con usted de una cuestión muy delicada.

—Cuanto tiempo sin pasar por aquí, Aurora, me alegro de verte. Dime Eladia, no te preocupes, ya sabes que en lo que podamos ayudar…

—Es que no sé bien cómo se lo van a tomar.

—Habla Eladia, no le des más vueltas. ¿No será que quieres dejar la casa?

—No señorita, ¡a qué santo!

—Pues venga, te escucho.

—Aquí donde la ve, mi Aurora está preñada. Tenía que pasar. Ya sabe que andaba ennoviada con el Enrique, que se echó al monte con los maquis de puro miedo de que lo mataran, después de que fusilaron a mi Juan. Pues se ve que, de tanto en tanto, se bajaba de la sierra y se agarraban como si no hubiera un mañana.

Aurora se recuerda en silencio, con la mirada clavada en el suelo.

—Y ¿Dónde está ahora el Enrique?

—Muerto, señorita, no hace ni dos semanas que trajeron a varios en una camioneta de la Guardia Civil y los dejaron tirados en medio de la plaza. —Ahí os dejamos a los últimos—dijeron.

Recuerda las formas que iban dibujando sus lágrimas al caer en la rasilla roja.

—Esta chiquilla solo tiene 18 años y ya me dirá qué futuro puede tener aquí. Y yo, viéndola a usted como la veo cada mes llorar cuando no llega lo que tanto espera, he pensado que igual se podría arreglar este entuerto, para bien de todos…

Se ve marchando supuestamente a “trabajar” a Madrid, en aquel piso de la calle Goya, compartiendo su pesar en aquellas literas con otras tantas chicas; algunas tenían solo 13 años.

El parto en la Clínica San Ramón donde acudió también Isabel, con su falso embarazo, y se llevó a Enrique.

Era la única condición que puso, se llamaría Enrique, como su padre.

Quedó trabajando un tiempo en Madrid en casa de los señores de Belmonte. Tachaba los días y contaba los que le faltaban hasta que se fueran a veranear a Zarauz y ella pudiera volver al pueblo. Veía crecer a Quique en las cartas de su madre y guardaba para cochecitos y dulces. Él la llamaba Tata Rora y ella  lo disfrutaba con ansias cada minuto que se le permitía acercarse.

Acababa de volver de su segundo verano cuando la mandaron llamar. Eladia, su madre, había caído enferma. Tuvo que volver a cuidarla y a hacerse cargo de su trabajo en la casa. Hizo el camino de vuelta con el corazón peleándose entre la pena y la alegría.

Su madre se recuperó, pero no quiso volver a la casa. Siempre sospechó que se hizo a un lado para que ella pudiera estar cerca de su hijo.

 Después, como de la nada,  volvió el Miguel, carne y uña con Enrique, que siempre la había rondado, y recordó sus ojos siempre buscándola, siempre a la sombra del amigo, sin querer ofenderle. Y se casaron y nació su Alba.

Quique había venido con una salud difícil. Algo en sus riñones no funcionaba bien. Tenía infecciones y fiebre con frecuencia y a veces tenía que pasar largas temporadas en reposo.

Alba había sido muchas veces, cuando no podía ir a escuela,  su única compañía de juegos. Ella era dos años más pequeña, pero pronto empezó a aventajarle en casi todo, en trepar a los árboles y pillar ranas en el río y en inventar historias para pasar las largas tardes  cuando estaba enfermo.

Para cuando Isabel y Aurora se dieron cuenta ya eran inseparables. Eran el uno parte del otro sin saber qué nombre ponerle a lo que sentían.

Trataron de apartarlos de mil maneras, pero siempre encontraban la forma de volverse a ver.

No entendían por qué no les dejaban estar juntos. Pensaban que sería por la clase social. Que los habían dejado porque eran pequeños, pero ahora tenían que quedar cada uno en su mundo.

Al otro lado del cristal Quique recordaba también una conversación. Hacía ya unos cuantos años y eran promesas de niños pero no había conseguido olvidarlas.

Al día siguiente lo mandaban al Escorial, al internado. Le costaba entenderlo. Era verdad que en el pueblo no podía estudiar Bachillerato Superior, pero podía prepararlo el maestro, como había hecho hasta entonces, y examinarse en Madrid. Parecía que todos querían que se fuera, hasta la Tata Rora.

Aprovechó que empezaba a oscurecer y escapó a buscar a Alba.

Tenía que verla por última vez antes de irse.

—¡Alba, Alba! ¡Baja!

—Ssshhh, espera que tengo que distraer a la abuela —ya bajo, que creo que se ha dormido—estás loco, como se enteren nos van a cardar.

—Tenía que verte, no podía marcharme sin decirte que todas las noches a las 10, miraré al cielo y pensaré en ti. ¿Tú lo harás también? Así, en ese momento, será como si estuviéramos juntos.

—Yo pensaré en ti todos los momentos del día.

—No te olvides de mí. Te escribiré. En Navidad nos veremos.

Y, sí, se encontraron, en Navidad y en Pascua y en verano, y cada vez que él enfermaba. A cada cosa que inventaban para apartarlos, ellos le encontraban la vuelta para poder verse.

Toda su rebeldía adolescente se confabulaba para esquivar la mirada vigilante de las dos familias.

Pero este último verano, apenas pudo salir de casa, a mediados de agosto lo ingresaron en Madrid. No respondía a ningún tratamiento, ni siquiera a la diálisis.

Reclamaba cada día la presencia de Alba y también de la Tata Rora.

Y al final tuvieron que ceder.

Les habían hablado de la posibilidad de un trasplante. Aunque hacía pocos años que se había empezado a practicar ya había algunos casos que habían evolucionado con éxito. Necesitaban un donante que fuera compatible. A poder ser de la misma sangre.

Solo cabía una posible solución.

 

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