EL MIRADOR

 TAREA: Escribir un relato de un hecho o una historia que dure 50/60 años. Usar resumen y elipsis para acelerar el tiempo


Aquellas interminables tardes en la penumbra de este salón, mientras mi madre hacía y deshacía nuestro vestuario con la costurera y mi abuela dormitaba en el sillón bisbiseando de tanto en tanto los “ora pro nobis” del eterno rosario, pasaba las horas observando la calle desde el mirador, imaginando vidas a todos aquellos personajes que iban y venían.

Me habían regalado un reloj para mi comunión y practicaba con los horarios del vecindario aquel misterio de los cuartos y las medias. Sabía las horas de cierre de Antonio, el carnicero, y de mis vecinos, los Izquierdo, dueños del ultramarinos. Sabía cuando volvía a casa aquel señor de gafas con los periódicos bajo el brazo. Entonces, a esas horas, ya había pocas mujeres por la calle. Pero siempre veía regresar a aquella señora gruesa y sonriente con su caminar reposado que, de camino, se paraba a saludar  en todas las tiendas, parecía que no quisiera volver a casa, y a Doña Teresa la farmacéutica. A todos les inventaba nombres, casas y familias.

Pero quien más me intrigaba eran aquellas dos chicas, que aunque a mí me parecían ya mayores, no debían de tener más de 15 años. Pasaban las tardes yendo y viniendo arriba y abajo por la calle o dando vueltas a la manzana. A veces iban hablando tranquilas mientras engullían un pan quemado con chocolate, otras discutían tan enérgicamente que parecía que fueran a llegar a las manos. Pero lo que más me gustaba era ver cómo se reían. Yo no había visto nunca a nadie reírse de esa manera ¿Qué podría ser tan divertido?

Ellas se resistían a mi imaginación. ¿Qué hacían dos chiquillas como ellas tanto rato por la calle a esas horas? ¿De qué podrían estar hablando horas y horas?

Conocía con casi absoluta certeza las casas de todos los transeúntes, pero a ellas no lograba situarlas en ningún escenario. Era como si no pertenecieran a mi mundo conocido.

Las seguí tanto tiempo como duró mi hastío y me lo permitieron otras cosas más importantes que fueron llenando mi vida.

A veces, cuando iba a visitar a mis padres, todavía me asomaba y buscaba todos aquellos lugares que habían sido mi referencia. Poco a poco habían ido cerrando todas las tiendas y en su lugar iban creciendo como setas, pubs, restaurantes y toda clase de chiringuitos. Ya todos los que pasaban me resultaban ajenos. Ellas tampoco estaban.

Hoy he vuelto con el alma cargada de pesar. Hemos quedado aquí mis hermanos y yo para recoger las cosas de mi madre y decidir qué vamos a hacer con la casa y los muebles. He llegado pronto, quería despedirme despacio y solo de aquel mundo que parecía acabarse. Todavía me ha recibido ese olor protector de las maderas nobles que siempre me ha hecho sentir en puerto seguro.

Inevitablemente me he asomado al mirador que me ha devuelto un paisaje extraño.

Pero, cuando ya iba a darlo todo por perdido, las he visto.

Eran ellas, sin duda, cogidas del brazo, paseando, con el pelo blanco y el caminar menos ligero, tal vez con un halo de tristeza, con más sosiego, pero todavía enzarzadas en su eterna conversación.

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