“POR SI…”
Tarea: Crear un relato con un personaje que hable de sí mismo desde el humor. Sorpresa final.
Enrique nunca había destacado por su valor. Su madre, en parte decepcionada y en parte aliviada por su prudencia, ya se lo decía al verlo correr despavorido por el ruido de la olla exprés:
“Ay, Enriquito, desde luego tú no te me morirás de cornada de burro”
Desde siempre había tratado de imaginar los posibles peligros. En los ratos de aburrimiento fantaseaba poniéndose en las peores situaciones y pensando qué haría para sobrevivir en cualquiera de ellas: Sus padres no volvían, la casa se incendiaba, entraban ladrones, había un terremoto… Desarrollaba complejas estrategias, pensaba qué objetos era importante tener a mano en cada caso, de qué manera podría escapar, dónde refugiarse, a quién podría pedir ayuda… aunque le gustaban más las soluciones que solo dependían de él.
Sabía cómo pasar a la cocina de los vecinos por la ventana del patio de luces y cómo saltar por las terrazas hasta las otras fincas de la calle, tenía siempre localizadas todas las llaves de la casa y del terrado para facilitar la huída.
Coleccionaba también todo tipo de objetos que pudieran servir para la supervivencia: Palos, cuerdas, corchos, tubos, tirachinas…Su tesoro más preciado era una navaja suiza multiusos. Todas aquellas herramientas juntas en el bolsillo le despertaban la creatividad: se veía escapando de una prisión, construyendo una empalizada para las cabras, o unas espalderas para entutorar los tomates. Sí, sí, había leído de todo un poco, de todo aquello que le permitiera sobrevivir en situaciones límite. Recordaba los nombres de las medicinas y hacía acopio de los restos que quedaban de los diferentes tratamientos de la familia, tomando buena nota de sus diversas utilidades.
En la adolescencia disfrutaba leyendo novelas de aventuras, de gente que se perdía en el desierto, o de náufragos en islas deshabitadas. Su favorita era Robinson Crusoe. Se pensaba allí construyendo todo tipo de instrumentos, mecanismos defensivos, armas, inventos para pescar y cazar…
Los años le fueron descubriendo infinidad de nuevos peligros y eso le fue complicando el entramado de estrategias, la acumulación de recursos, comprobaciones y rutinas preventivas, hasta el punto de entorpecer seriamente el trascurso de su vida cotidiana.
Los “por si…” le habían ido invadiendo, no solo en lo que se refiere al espacio físico; también se le enredaban en el hilo del pensamiento multitud de señales de alerta hasta el punto de llegar a interrumpirle el discurso. En medio de una conversación, de pronto, le asaltaba, por ejemplo, la duda de qué hacer en caso de corto circuito y no lograba volver a centrarse hasta que encontraba una posible solución.
Tantas precauciones no habían logrado evitar que le ocurrieran desgracias, pero ninguna le había pillado por sorpresa. Ya las había imaginado tantas veces que solo tenía que desplegar la estrategia correspondiente.
Lo importante era sobrevivir, aunque, como es de imaginar, también se había pasado la película de su propia muerte y tenía las claves de auto-consuelo necesarias para enfrentar ese trance con dignidad.
Podría pensarse que era una persona aburrida, pero más bien resultaba insólito, sobre todo por su habilidad para encontrar recursos: sabía desde cómo abrir una puerta con un carnet de identidad, o una botella sin sacacorchos, hasta en qué épocas del año había que plantar las alcachofas.
En los viajes todo el mundo acudía a él, porque siempre llevaba repuestos de todo y medicinas para todos los males.
No le gustaban las sorpresas, aunque fueran agradables. Lo que no estaba previsto le desconcertaba.
Pero aquella mañana de Enero se despertó con una sensación extraña, como ajeno de su cuerpo, como si le pesara, como si le faltaran las fuerzas para ponerlo en pie. Todas las alarmas se le dispararon: ¿Qué demonios era aquello? Nunca se había sentido así. Repasó todo su repertorio inútilmente. Decidió adoptar su estrategia comodín: Esperar, que ya se le pasaría. Seguro que no era nada, una mala digestión, un mal dormir… tendría que haber cenado menos…Se acordó, con cierto escalofrío, del refrán de su abuela “de grandes cenas están las sepulturas llenas” y, sin saber cómo, le acudieron todas aquellas tardes de rosario, parchís y radio, esperando en semi-penumbra la vuelta de sus padres.
Y entonces la vio llegar, silenciosa, suavemente. Enfrentó su mirada y quedó desnudo ante ella, le sonrió, le tendió la mano y él, por primera vez, detuvo la búsqueda, se sintió libre, ligero, y se abandonó, dejando atrás una estela de temores infinitos.
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