VAMOS, CONFÍA
TAREA: Escribir un relato que incluya otro relato.
Con él vuelven para mí y para mis hijas, los reproches continuos, las humillaciones, las malas palabras, la manipulación, el desprecio y el ninguneo.
Campa a sus anchas por el castillo, haciéndonos saber a cada gesto que él es el señor, que para eso trae el dinero a casa. ¿Acaso les falta algo?
Siento como cada día me vacío por dentro. Me imagino como la cáscara de una nécora cuando le van comiendo la carne y las entrañas.
Apenas si reconozco mi imagen en el espejo. He envejecido, he perdido el brillo y el color, como una fotografía desenfocada. Ya no recuerdo el sonido alegre de mi risa y mi sonrisa es una mueca patética.
Yo había apostado por esta familia. Buscamos a las niñas. Dejé mi trabajo para atenderlas. Pero mi embarazo y la llegada de las dos fueron demasiado para él. No tardó en encontrar otros brazos más frescos. Es un gran vendedor.
Sé que tengo que salir de este infierno, pero ya no tengo nada.
Desde la cama se me va haciendo evidente que tengo que levantarme, que aunque sea algo fácil y rápido, tengo que preparar la comida, que no hay nada en la nevera, que tengo que bajar a comprar.
Salgo a la calle medio aturdida, hundida en esta angustia que arrastro, perdida en mis inútiles cavilaciones.
En la acera del mercado escucho:
“Solo puedo ofrecerte palabras, pero si me ayudas, te ayudaré”
Eran las primeras palabras amables que escuchaba en mucho tiempo y, como me viene ocurriendo a cada rato, se me han desbordado las lágrimas.
Era un joven con rastas y pintas de perroflauta que vendía historias por 3 euros. Unos rollitos de papel atados con cintas de colores.
Estaba tan ofuscada que no he sido capaz de negarme.
“Esta la escribí para ti” Me ha dicho.
Medio avergonzada he guardado el papel en el bolso y me he olvidado de él rápidamente.
Tenía que darme prisa. Unas pizzas preparadas, un poco de fruta y queso.
He hecho un esfuerzo sobrehumano para atenderlas.
Cuando se han ido me he derrumbado en el sofá. No podía más.
Había dejado el bolso tirado, me he puesto a rebuscar los kleenex y he encontrado el papel.
“Vaya, mira, ¡ay!...si es que vamos…todos se quedan conmigo”.
Lo he abierto y me ha sorprendido que estuviera escrito con una caligrafía y una ortografía tan perfectas que invitaban a leer.
“Aren “El que reina como un águila””, se titulaba la historia.
“Aren no lograba apartar las imágenes de aquellas bestias arrasando la aldea, su hermosa Astrid humillada, desgarrada, los gritos de muerte de los suyos. Ya no recordaba cuanto tiempo llevaba cabalgando, tenía las piernas agarrotadas, la sangre le chorreaba por todas partes. A esa velocidad no lograba esquivar bien las ramas y las zarzas que le golpeaban y arañaban todo el cuerpo, las heridas le ardían y sentía en la boca el sabor de la sangre que le resbalaba por la cara. Estaban cada vez más cerca, detenerse era la muerte segura. Era casi de noche, pero conocía aquel bosque, sabía que no muy lejos venía una pendiente despejada que terminaba en la grieta abierta por un profundo y estrecho cañón. Por lo menos habrían cinco metros hasta la otra orilla. Sabía que al llegar allí solo le quedaba decidir de qué forma quería morir y no podía detenerse a pensarlo. En unos segundos se le vinieron a la mente un montón de imágenes atropelladas. Entre ellas la de su padre tendiéndole las manos cuando era niño: “vamos Aren, confía”. Vio pasar los últimos árboles y se lanzó cuesta abajo en una carrera desesperada. Al llegar al abismo clavó espuelas y saltó al vacío, por unos segundos eternos sintió que volaba, su caballo se perdió en la oscura hondonada, pero antes él, apoyándose en la grupa, logró saltar y agarrarse a unas ramas. Se dejó resbalar hasta un saliente y se ocultó apegándose al muro. Le habían visto caer, le dieron por muerto. Los escuchó gritar victoriosos, maldecirle y escupir al vacío sobre su nombre. Aguantó apoyado apenas en las puntas de los pies hasta que se alejaron y se hizo el silencio. Impulsado más por la rabia que por las pocas fuerzas que le quedaban, consiguió retrepar hasta la pendiente. Cayó a tierra y lloró las lágrimas más amargas. Lo había perdido todo. Su familia, su aldea, su caballo…Se arrastró hasta el bosque temiendo que aquellos asesinos todavía rondaran por allí y se refugió en una cueva. El cansancio lo rindió y en su sueño se vio emprendiendo el vuelo desde un alto despeñadero rodeado de una bandada de águilas majestuosas que le seguían. Le despertaron los primeros rayos del sol que se colaron entre las hojas. Sintió brotar de su cuerpo maltrecho un grito que se repitió con el eco y recorrió todo el valle. Volvió a los restos de su aldea y construyó una enorme pira sobre la que extendió todos los cuerpos tan amados y los dejó arder hasta que solo quedó de ellos su dolor. Así fue como Aren reemprendió el camino con las manos vacías pero con la fuerza en el alma del que ha vencido a la muerte.”
No sé bien por qué pero la historia de Aren me ha atrapado. La he leído varias veces. Aquella fantasía, tan lejana en el tiempo, aparentemente ajena, efectivamente parecía hablarme, parecía dirigirse a esa Andrea, poderosa y alegre, que una vez fui y que yace olvidada bajo tantas capas de humillación. La he sentido palpitar desde muy adentro y transmitir su calor a mi cuerpo yerto. “Vamos, confía”.
Él no ha tardado en llegar, malhumorado como siempre, maldiciendo los aviones y los hoteles.
—¡Vaya mierda! Otra vez la nevera vacía. ¡Si no tienes otra cosa que hacer! ¡A saber en qué te habrás tirado las horas muertas! Pues mira a ver cómo te lo montas para la cena porque vengo harto de comida basura. ¡Joder, no sé para qué coño te quiero en casa!
Se ha preparado un gin-tónic y se ha tirado en el sofá, armado con el mando, a ponerse ciego de Sálvame y Gran Hermano.
Me he dado cuenta de que ya no le miraba con los ojos del miedo. Me ha parecido fachoso y grotesco en su abandono y se me ha dibujado una sonrisa que creía olvidada.
“Sé que él no me lo va a poner fácil, pero mañana buscaré una abogada. Voy a pedir el divorcio”.
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