COSAS DE LA PANDEMIA
EL LEÓN
—Hola Santi, oye ¿Eso que llevas es un león?, así suelto, por la calle.
—Es todavía joven y muy cariñoso, vamos a sentarnos ahí en el banco, verás como enseguida se acerca y te arrima la cabeza para que lo acaricies.
Con mucha precaución me siento y, efectivamente, el león comienza a restregarse en mis rodillas.
—Ves…, acarícialo si quieres, tiene un pelo muy suave.
—¿Estás seguro?
Por no hacer un feo, con la mano temblorosa, convencida de que va a notar mi miedo, le acaricio la cabeza y el animal se viene arriba, literalmente: se sube al banco y se recuesta sobre mí.
Me despierta el atropello de los latidos de mi corazón.
Estoy en mi cama, es la 13ª noche de la cuarentena, miro la hora en el móvil: Sin querer, lo veo: En España los muertos por el coronavirus ya superan a los de China.
DESCONCIERTO
Solo concibo desiertos,
Vacío, silencio, piedras y polvo.
Y un estruendo
Una amenaza oscura,
confusa, imprecisa…
Un vértigo de tiempo indefinido
Que nos lleva, nos empuja
Hacia una deriva incierta.
EL PASILLO
El pasillo me permite veinticinco pasos
De ida y vuelta, de luz a luz
A ventana abierta.
Cuarenta veces hace mil metros
Como el paseo de la Alameda de fuente a fuente.
Como la vieja escollera hasta el faro
Cuando sopla levante me envuelve el olor a mar
Cuando sopla poniente el de azahar.
CONTROL
Había conseguido colocar en la despensa, como en un Tetris, todo tipo de productos no perecederos, suficientes para pasar al menos dos meses. Lamentaba no tener un arcón congelador, pero había aprovechado al máximo el espacio en el suyo. Repasaba en la web del Corte Inglés todas las categorías para cerciorarse de que tenía lo necesario. Pero aún así estaba seguro de haber olvidado cosas. Luego se arrepentiría.
Mientras se pudiera bajaría a comprar, eso sí, habiendo tomado todas las precauciones: esa vieja gabardina que le cubría hasta las rodillas, guantes, gafas, mascarilla y los zapatos que ya vivían en el rellano. Y a la vuelta todo bien desinfectado. Eso le daba una semana más.
Cumplía un horario estricto: Levantarse no más tarde de las 8, desayunar, un par de horas de ejercicio: el pasillo de ida y vuelta le permitía 25 pasos. Si lo hacía 120 veces tenía ese mínimo de tres kilómetros necesarios para mantenerse en forma.
Después ducha, cocina saludable aprovechando todos esos libros que había coleccionado y siesta cultural, tenía tantos conciertos y documentales pendientes.
A media tarde se había propuesto hablar cada día al menos con dos personas, con la advertencia previa de no tocar el tema.
No quería saber nada. Evitaba las noticias, y borraba mensajes y whatsaps antes de leerlos, aunque sus ojos los perseguían de soslayo y le asaltaban las cifras demoledoras.
Continuaba sus actividades habituales en diferentes plataformas on line. La noche le pillaba exhausto justo para una cena ligera y dormir.
Pero le taladraba la duda. ¿Estaba cansado o enfermo? Le dolía un poco la cabeza y ese malestar en la espalda… Todos los días terminaba poniéndose el termómetro.
PANDEMIA
El COVID-19 fue la excusa perfecta para no volver a salir a la calle.
En realidad no echaba de menos el mundo exterior.
Con los años salir era casi una imposición, por aquello de que encontrarse con la naturaleza y con los demás aumentaba la autoestima y las defensas.
Tener metas, objetivos, seguir siendo productiva era supuesta garantía de longevidad.
Pero, realmente, donde mejor estaba era en casa, sin tiempo, sin horarios, sin exigencias.
Hacer en cada momento lo que le viniera en gana, por la simple satisfacción de hacerlo.
Su casa era una especie de bunker preparado para una guerra nuclear: Había pasado toda una vida guardando cosas para cuando tuviera tiempo. Disponía de todo aquello que le gustaba para muchos más años de los que seguramente viviría.
No quedaba un solo hueco en aquellas paredes cubiertas de estanterías, repletas de libros, de música, en todos sus formatos, de películas, de materiales para desarrollar toda clase de actividades creativas, para experimentar, para curiosear. Y, por supuesto, no faltaba ninguna tecnología que le permitiera disfrutar del mejor sonido y la mejor imagen para asomarse al mundo.
Con el tiempo había ido descubriendo que la realidad de las cosas solía ser decepcionante y normalmente superada por la mirada sesgada de una cámara.
Un poco lo mismo le ocurría con las personas. Era difícil rescatar algún momento de conversación inteligente para alimentar su alma. Ya hacía años que nada esperaba del juego de la seducción. Le bastaba saber que sus seres queridos estaban bien y que supieran de su disponibilidad, ya muy mermada; en realidad, lo mejor que podía ofrecerles, en este momento, era no llegar a ser una carga. Solo le pesaba su porvenir incierto, pero en nada podía ayudarles.
Así que, una vez garantizado el abastecimiento regular, cerró la puerta.
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