EL ESPEJO

 Tarea: Crear un personaje muy contrastado, una caricatura.


 No podía evitarlo. Nada le producía más satisfacción a Rodrigo que ver su cuerpo en un espejo. Su casa parecía una  galería de Versalles. Techos y paredes le devolvían su imagen. Unas veces se miraba de soslayo, como azorado de si mismo, como si quisiera sorprenderse, otras lo hacía de frente, soberbio, victorioso. Repasaba fotograma a fotograma toda la secuencia de sus perfiles una y otra vez. Ensayaba sus emociones en todos los matices: de la sonrisa a la carcajada, de la tristeza al llanto, de la seriedad al enfado.

Más complejo le resultaba estudiarse en movimiento, sobre todo por la espalda. Le costó un gran esfuerzo diseñar un juego de reflejos que le mostrara todos los posibles enfoques. Practicaba denodadamente su paso ligero y alegre, con un toque simpático y chispeante, y también el más ceremonial, solemne y engolado para las ocasiones.

Pero  nada se podía comparar al momento en que, en la intimidad de la noche, dejaba resbalar por su espalda la bata de seda y contemplaba su torso desnudo. Le parecía  tan perfecto, tallado a golpe de fitness, con el tono exacto de bronceado… Se le erizaba el vello y un escalofrío le recorría la espalda. Se iba desatando despacio el pantalón hasta que caía a sus pies y dejaba al descubierto aquella majestuosa erección que le transportaba a un éxtasis incomparable de sí mismo.

Su tránsito por la vida real del resto de los mortales era solo un paréntesis necesario para la supervivencia.

Por la calle no lograba resistirse a los escaparates y se prodigaba en gestos y guiños que llamaban la atención y despertaban la sonrisa de los transeúntes, que él interpretaba como señas de admiración y simpatía.

Desde hacía un tiempo se detenía especialmente en el de un anticuario que tenía expuesto un magnífico espejo veneciano enmarcado en un luminoso juego de cristal y biseles. No podía imaginarse en un marco más grandioso. Lamentablemente tan grandioso como su precio, lejos del alcance de su sueldo de bedel. Llevaba ya tiempo ahorrando y cada día se acercaba temiendo que ya lo hubieran vendido y permanecía allí un buen rato acechando su reflejo.

Por fin se decidió a entrar y proponer una oferta de pago aplazado. El anticuario le miró despectivo de arriba abajo:

—Lo siento, tengo ya varias ofertas y no puedo arriesgarme a una venta a plazos.

—No lo venda, se lo ruego. En unos días estaré aquí con el dinero contante.

No lo dudó, solo podía ser suyo. Solicitó una hipoteca por su único bien, el piso heredado de sus padres.

Tenía estudiado ya el lugar para colocarlo de forma que el sol que entraba por el ventanal al atardecer multiplicase sus efectos de luz por todo el salón.

Se pidió un día de permiso para poder disfrutar instalándolo y contemplarse por primera vez en él.

Permaneció durante horas tan embelesado en aquella visión casi mística que no se percató de aquella poderosa fuerza que le arrastraba hacia el otro lado.

Nunca logró salir de aquella ensoñación. Su existencia había quedado atrapada en aquel mundo plano de apariencias.

Nadie le echó de menos, en los despachos de la delegación de hacienda tardaron varios días en percatarse de su ausencia y, tras intentar, inútilmente, localizarlo le enviaron por correo la comunicación del despido.

Unos meses después, cuando, después de varios requerimientos, fueron a ejecutarle el embargo y forzaron la puerta, les pareció extraño que la casa pareciera habitada y sin signos de que nadie estuviera allí y se estremecieron al ver aquel extraño espejo que reflejaba una figura  inexistente.

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