LA LLAVE

 Tarea: Construir un relato tomando dos de estos elementos como puntos de giro:

Se rompe un vaso.
Comienza una tormenta.
Entra un pájaro
Un caminante se encuentra con una encrucijada.
Aparece una llave en un bolsillo.
Se apaga una vela.
Llega una carta.

 

Estaba tan acostumbrada a sus ausencias prolongadas que tengo que repetirme una y otra vez que está muerto, que ya no va a volver, que no volverá a gritarme, a decirme lo bien que vivo a su costa, a revisarme los resguardos de la tarjeta, a pedirme cuentas de adonde he estado y con quién.

Me llamaron del hospital: “no hemos podido hacer nada señora”, si quiere usted verlo lo tenemos aquí, en el depósito. “Si quiere usted verlo”… Era pura retórica, tenía que ir a reconocerlo y organizar el entierro y el funeral. Pero me pregunté si realmente quería,  y sí, me apeteció encontrarme con él así, inerme, silencioso, impotente…

Me entregaron una bolsa de basura grande con todas sus pertenencias. No quise abrirla. La dejé en un rincón del cuarto de la plancha.

He pasado todos estos días de ceremonias y pésames, como fuera de mí, como si todo esto le estuviera pasando a otra persona. Intentando sentir aunque fuera un cierto pesar.

Ahora empiezo a darme cuenta de que ya no tengo que esperar a que él me diga lo que hay que hacer, ni que rendirle cuentas, y tengo miedo. Sí, miedo, han sido tanto años evitando pensar, opinar, decidir algo más allá de la limpieza o la compra diaria que me asusta enfrentarme a las cosas más simples.

Su abogado me ha dejado solucionadas todas las cuestiones legales, seguros, papeleos de la herencia, cuentas bancarias. No tenemos hijos, así que todo es mío. De pronto me hago consciente de que, después de tantos años de vivir como una sirvienta y tener que llorar para arrancarle unos euros para la peluquería, resulta que soy libre y rica.

Paseo mi mirada por la casa y no me gusta, casi todo lo que me rodea ha sido cosa suya. Siento la necesidad  de  borrar su existencia. Me pongo a la tarea y empiezo por la bolsa que me dieron en el hospital: Su cartera, sus zapatos, la ropa ensangrentada por el accidente…busco en los bolsillos por si hubiera algo de valor y encuentro los dos llaveros, el de casa y el del trabajo y una llave suelta. No la reconozco, no es copia de ninguna de las otras. Es una llave de seguridad. No sé por qué, pero tengo la certeza de que es algo importante. La dejo sobre la mesa del salón y busco entre todas sus cosas para ver si encuentro alguna explicación. Nada.

Pregunto al abogado, en la empresa de la que ahora soy socia mayoritaria. Nadie sabe nada. No coincide con ninguna puerta conocida.

Entretanto voy haciendo mía aquella casa, suelos, cocina, baño, pintura, muebles, cortinas…Conforme va cambiando siento como si me fuera reconstruyendo yo también por dentro. Me siento crecer con cada pequeña decisión.

Lo único que conservo ya de él es esa llave, con la certeza de que es una clave que tal vez pueda explicarme tantas preguntas sin respuesta que he ido almacenando en mi largo cautiverio.

Me tenía prohibido abrir su correo. Yo siempre lo guardaba en un cajón de su despacho, sin mirar siquiera los sobres. Ese cajón y todo lo que había dentro se lo llevó aquel hombre que me ayudó a vaciar la casa.

Todavía seguían llegando algunas cartas a su nombre, publicidad en su mayoría. Las iba tirando al contenedor de papel conforme llegaban. Pero aquella me llamó la atención porque el sobre estaba escrito a mano. La abrí. “Apreciado D. Ernesto. Me atrevo a dirigirme a usted porque me resulta extraño no haberle visto por aquí en tanto tiempo, sin haberme dejado recado de su ausencia. Le sigo manteniendo la casa como usted me tiene dicho desde siempre. Esperando se encuentre con salud al recibo de esta y tenga a bien darme noticias, le saluda Rosa García

Le di la vuelta al sobre: sí había un remite: Rosa García C/ de la Fragua nº 38 Puebla de la Sierra,  Madrid. No lo dudé, aquella era la puerta que se abría con la dichosa llave.

Unas horas más tarde estaba allí, me abrió Rosa, una mujer de pueblo ya entrada en años que se me quedó mirando como quien acaba de ver al diablo en persona.

—Pero…no puede ser, usted es Doña Carmen, si no la tendré yo más que vista. No, no, será usted su hermana, porque ella ya hace años que faltó.

—No, no tengo hermanas, soy Carmen, la esposa de Ernesto.

—No, no, no es posible. Y D. Ernesto ¿por qué no ha venido?

—Ernesto ha fallecido ya hace un par de meses en un accidente. Debía dirigirse hacia aquí por lo que veo ahora. Fue un choque frontal, no llegó ni a darse cuenta.

La mujer estaba completamente desconcertada.

—Venga, acompáñeme, no está muy lejos, al otro lado de la carretera, junto al Molino de Abajo.

Seguí sus pasos atropellados y me encontré frente a una casa antigua, típica de la sierra, pero totalmente reformada, rodeada de pinos y carrascas, junto al río. En la puerta, tallado en la madera del dintel se leía: Villa Carmen.

—Yo me encargo de mantenerle la casa a D. Ernesto. La tiene alquilada  desde hace muchos años. Pero, bueno, eso usted ya debe de saberlo. No sé Doña Carmen todo esto me parece muy extraño, no sé si hago bien…

Le enseñé la llave que, efectivamente, cuadraba en la cerradura y entramos.

Nada más traspasar la puerta se me helaron las palabras. La pared del zaguán estaba cubierta con una fotografía mía de cuando éramos novios. Las paredes todas y los muebles estaban repletos de imágenes de los momentos que habíamos compartido, tantas veces a regañadientes por su parte. ¡Me había tomado fotos dormida! Y estaban allí, en el techo y las paredes del dormitorio. Y en la consola, formando como un altar, con unas velas siempre encendidas estaba la foto de nuestra boda.

—La verdad es que nunca me dijo que estuviera usted muerta –dijo Rosa sin dejar de mirarme interrogante- pero lo imaginé al ver cómo guardaba su recuerdo. Él venía aquí todas las semanas y prácticamente no salía de la casa ni venía nadie a visitarle. Pasaba las horas rodeado de sus recuerdos. Me parecía tan bonito y tan triste ver cómo la quería… Y ahora resulta que está usted aquí…

Yo estaba totalmente perdida, intentando inútilmente encontrar un hilo a mis pensamientos.

—Lo siento, Rosa,  yo no sabía nada de esto y tampoco logro entenderlo. Volveré dentro de unos días a recoger todas las cosas y cerrar las cuentas con el dueño.

Pasé todo el camino de vuelta y la noche entera en un delirio absurdo de preguntas. Hasta que me dije: —Basta Ernesto, no me vas a seguir jodiendo la vida también después de muerto. Ni puedo, ni quiero entrar en tu locura.

Esta vez no llamé a nadie para que me ayudara. Desmonté en unas horas aquel grotesco santuario y lo apilé todo en un claro junto al río.

Esperé hasta asegurarme de que no quedaba ni un rescoldo.

 

Comentarios