EL OBÚS
Tarea: Escribir dos relatos independientes pero unidos entre sí a través de un objeto. El segundo es consecuencia del primero.
Después del bombardeo de Xátiva se había disuelto la 49 Brigada Mixta del ejército republicano.
Joaquim volvía al pueblo desde el frente esquivando las bombas que barrían los campos en la retirada. Iba maldiciendo a aquellos fascistas, la derrota no les era suficiente, tenían que perseguirlos como conejos hasta el último rincón.
Había bajado por el río desde Benilloba y se estaba acercando al Barranc de la Moleta, faltaba ya poco para llegar. Andaba por donde la Perla cuando vio caer desde el cielo aquel obús y pensó que todo se había acabado, le dio justo tiempo de acurrucarse bajo un olivo, instintivamente, por agarrarse a algo vivo y protegerse en ese último momento.
Como a cámara lenta vio como penetraba la tierra aquel artefacto. Cerró los ojos.
Y después nada, el silencio. Esperó un buen rato, temiendo que al moverse aquello explotara.
Casi anochecía y al final se hizo el ánimo. Protegido por la oscuridad corrió el último trecho con desespero.
Llegó a la casa cuando ya todos dormían. Le envolvió el olor del azahar del limonero y se detuvo a recuperar el aliento. Entró sin hacer ruido, quería saborear aquella paz de la noche. Todavía quedaban rescoldos en la chimenea. Se asomó al cuarto de los niños y permaneció un buen rato contemplando su sueño, escuchando su respiración serena.
Se acercó sigilosamente para acariciar los rizos morenos de Anna, había salido a su madre… besó en la frente a su Joan. Sintió el sabor salado de las lágrimas que se le desbordaban sin querer. Había pasado tanto miedo, de morir, de no volver a verlos.
Entró en el dormitorio y estuvo un buen rato a los pies de aquella cama que era tan suya. Roser empezó a removerse como si sintiera su mirada. Le sabía mal acercarse, así empapado de sudor, sucio,…pero…no pudo contener su necesidad de sosiego y se sumergió entre las sábanas buscando el calor de su cuerpo.
—Sch…! No grites, soy yo. Aquí me tienes, entero, como te prometí, todo ha terminado. Y se perdió entre sus brazos.
No se imaginaba Joaquim con cuanta saña seguiría la guerra, después de haber terminado. Los años de cárcel que le esperaban por la denuncia del malnacido de Agustí el de Burriel que siempre había andado detrás de Roser. ¡Aún tuvo que escucharle que le diera las gracias por no haberlo matado!.
El miedo y el hambre fueron cerrando las bocas. Tantos años de silencio fueron haciendo que todo pareciera normal, pero era imposible cerrar tantas heridas abiertas. Todo ese dolor siguió latiendo a través de los años en los corazones, en las cunetas, bajo la tierra…
Agustín Burriel había estado siempre a lo que se les ofreciera a los cuatro caciques de la zona, puntales del Régimen en la comarca. Había sido sus ojos y sus manos. No había reparado en servilismos y delaciones, ni siquiera había dudado en quitar de en medio a cualquiera que se cruzara en sus intereses. Se había ganado a pulso su favor.
Gracias a eso había pasado de ser el paleta chapucero de Penáguila a tener su propia empresa: Construcciones Burriel.
Sabía muy bien qué tecla pulsar para conseguir información privilegiada de planes urbanísticos y en el boom de los 70 se había hecho de oro.
Pero le quedaba una espina que sacarse: Se había ido haciendo con las tierras que bordean el río para construir un complejo residencial entre olivares y con vistas a la Mariola. Era su oportunidad de restregarles su poder a los del pueblo, a todos esos que todavía le giraban la cara o le esquivaban. Nunca estuvo seguro de si por miedo o por odio. Sí, puede que se lo hubiera ganado, pero no se iba a esconder por eso.
Llevaba años acosando a Antonia, la viuda del de la Perla, para que le vendiera el último terreno que tenía el mejor balcón sobre el río. Por fin, hacía un par de meses, los hijos se la habían llevado a Cocentaina porque ya no querían que estuviera sola. Ellos ya no vivían en el pueblo y sí, querían vender.
No se esperó ni a la licencia de obras -de sobra sabía que la tenía concedida. Pocos días después empezaron a remover tierras y en menos de un año toda la estructura del Residencial Sierra de Mariola estaba en pie.
Había que arrancar algunos olivos del huerto de la Perla. Allí frente al río iba a estar la piscina.
Anduvieron todo el día removiendo la tierra alrededor de los árboles para poder sacarlos de raíz y trasplantarlos a otra parte del jardín.
Aquel mismo día Anna andaba trajinando por el patio, tendiendo la ropa y observaba a su padre. Estaba extraño, inquieto. En la comida Joan y ella habían estado comentando de la obra de Agustí. Sería por eso. No quiere ni oírlo mentar.
Desde que Roser se le adelantó en la partida, Joaquim no habla con nadie. Pasa los días sentado en su silla de enea, con la mirada perdida en las oliveras, como esperando su turno para ir con ella. Pero ese día no paraba de levantarse. Salía a la carretera y se quedaba allí, de pie, mirando hacia el barranco.
—¿Qué pasa padre? Ande vamos para casa que ya refresca.
Todavía no había cerrado la noche cuando un estruendo enorme retumbó por toda la sierra.
Joaquim salió disparado de casa.
—¿Dónde va padre?
Anna le siguió y, sí, allá, detrás del barranco, donde la Perla, se veía subir una columna de humo y polvo. Miró a su padre interrogante.
—Sí, Anna, sí, a veces la tierra tiene que echar toda la rabia que esconde en sus entrañas.
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