NIDO VACÍO
TAREA: Un personaje nos cuenta a otro desde su punto de vista subjetivo.
Llevaba ya varios meses con una angustia difusa que no la dejaba acabar de respirar y por las noches no lograba conciliar el sueño. Su hijo Joaquín se había casado hacía un año, ya tenía su propia familia. Ahora se encontraba de nuevo con Ernesto cara a cara.
Pasaba las tardes sentada en su mecedora observándole en su butaca favorita al lado del televisor, siempre parapetado detrás del periódico, tratando de descifrar la información muy de cerca por su mala vista.
Imaginaba su gesto ceñudo detrás de las hojas del diario y se preguntaba cómo iban a ser sus días a partir de ahora.
Ella nunca había estado muy enamorada de él. En la guerra había perdido al único amor de su vida y también la ilusión y la esperanza. Ya tenía por entonces 35 años y quería formar una familia y él la admiraba tanto…, le faltaba besar el suelo por el que pisaba. Estaba solo, su madre había fallecido y parecía un alma en pena. Al final cedió. Se casaron, ella se dejó querer y tuvieron un hijo que le hizo recuperar la alegría.
Pero de eso hacía ya muchos años.
Su hermana le había aconsejado que fuera al psiquiatra.
—Eso es la menopausia María, dicen que da depresión y el síndrome ese que le llaman del nido vacío. Y luego, para qué te voy a decir, tu Ernesto no es precisamente la alegría de la huerta. Mi amiga Raquel que andaba mohína como tú ha ido al doctor Salavert y le ha ido de lujo. Si quieres te paso el teléfono.
—No sé, el psiquiatra… ¿eso no es para los que no están bien? Ya me entiendes. Me da un poco de reparo.
—Déjate de mojigangas y llama.
—Bueno, está bien, probar no cuesta nada…Llamaré mañana.
Se sintió más ligera después de tomar aquella decisión. Acudió a la consulta con buen ánimo, como queriendo tener esperanza. Le pareció acogedora y la voz envolvente de D. Ricardo fue calmando poco a poco todos sus reparos.
—Cuénteme, María, ¿Qué le ha hecho venir?
—No lo sé D. Ricardo, tengo un algo que no me deja dormir ni respirar.
—Hábleme de su vida ¿Cómo son sus días?
—Desde que se ha marchado mi Joaquín he notado un vacío enorme y no le encuentro sentido a levantarme cada mañana.
—Su marido vive ¿no? Hábleme de él, de cómo es su relación.
—¿Relación? Pues cómo le explicaría yo. Hace años que no tenemos relación. Apenas nos soportamos. Él cada día habla menos y yo me voy apagando.
—Le molesta su silencio.
—Me molesta todo él, para qué vamos a engañarnos: Su obsesión por el orden y las rutinas inamovibles: La comida y la cena siempre a la misma hora, siempre de caliente, siempre de mantel blanco, siempre en silencio escuchando el noticiario.
—Le resulta monótono.
—Sobre todo me resulta un calvario, porque, además, necesita un ejército que vaya detrás de él, no lleva ningún cuidado: Le gusta lavarse cada día en la pila grande de la cocina y salpicarlo todo, porque no sé si es torpe o lo hace adrede. Cuando se baña, eso sí, siempre los domingos por la mañana, me inunda toda la casa hasta el pasillo.
—Lo siente como una carga.
—Después está esa necesidad que tiene de mantener una apariencia siempre impecable: Sus trajes a medida, de sastre aunque andemos mal de dinero, chaleco, corbata y camisa blanca, impoluta, sin una arruga, sus zapatos bien lustrados…Debe ser porque es bajito y lleva gafas.
—Todo esto ¿ha sido siempre así o ha ido cambiando con el tiempo?
—No, al principio me mostraba veneración, un poco como si sintiera que no me merecía, como si no acabara de creerse que yo estuviera con él, pero no tardó en dejar de manifestarla envenenado por sus continuos recelos y paranoias que le hacen desconfiar de cualquiera que se me acerque, incluso de mi familia. Y no le quiero contar si es un hombre.
—Usted cree que su problema es la inseguridad ¿no es así?
—Eso me imagino. Cuando se siente de menos le brota el orgullo como una fiebre. Puede tener la casa en tensión durante semanas con sus silencios inexplicables, cuando no se desborda con esos ataques de ira incontenible que descarga contra los muebles, contra las puertas, rompiendo todo lo que le viene a mano y, lo peor, contra mi hijo, sobre todo desde que, con la adolescencia, empezó a plantarle cara.
—Y ¿no tiene momentos buenos?
—Bueno sí. Pero, no se crea, tampoco es muy frecuente. Sin motivo alguno, de pronto, se levanta eufórico con una alegría desbordante, sin venir a cuento de nada, y nos lanza su grito de guerra “¡zafarrancho de combate! ¡barco a la deriva! ¡todo el mundo a sus puestos!”. Entonces, al menos, sabemos que tenemos unos días de respiro.
—Bueno María, ya iremos buscando juntos cómo mejorar esta situación. De momento voy a recetarle estas pastillas que le mejorarán el ánimo. Nos vemos la semana que viene.
—Muchas gracias D. Ricardo y perdone por haberle soltado todo este chaparrón de quejas, pero me ha hecho mucho bien.
Cuando María llegó a casa, Ernesto seguía allí, detrás de su periódico. Ya hacía rato que había vuelto del trabajo y ya le iba pareciendo extraño que tardara tanto. La miró un momento de reojo y le dirigió algo parecido a un saludo. Ella le devolvió un ¿qué tal Ernesto? Y le dedicó una sonrisa. Él la siguió con la mirada mientras se quitaba el abrigo y supo que algo que se le escapaba había cambiado.
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