1984
TAREA: Construir un relato con al menos tres personajes conectados con un puente externo. Bien definidos desde sus personalidades.
Oscar pensaba que los libros tenían el privilegio de penetrar en las vidas. Viajaban de la mano de cada nuevo lector y destapaban el velo de su intimidad. Sentía que al volver al estante eran siempre otros. Le gustaba tenerlos un rato en sus manos e imaginar esos mundos que habían visitado. Algunos estaban ya desgastados por el ir y venir. Otros no tenían esa suerte.
En esas divagaciones andaba cuando entró Daniel.
—Hola, buenos días, Oscar.
—Buen día, Daniel. ¿Qué te trae hoy por aquí?
—Con solo traspasar esa puerta me siento en paz. Creo que lo que más deseo ahora mismo es silencio. Yo vivo siempre inmerso en el ruido, con los chavales ya se sabe, ellos lo llenan todo de vida, pero me agotan. Bueno…, a lo que iba, ando buscando algún libro para trabajar el tema de la libertad en la clase de ética. Algo que pueda engancharles.
—Mira, acaban de devolverme este ejemplar de 1984 de Orwell. Un toque de ficción, que ahora resulta casi real y una historia de amor. Y… el “gran hermano”. Seguro que les llega.
—Ah, sí, es verdad, no lo había pensado, claro… gracias, Oscar, siempre tienes buenas ideas a mano. Ya te contaré.
Después de releer a Orwell, Daniel sintió que había encontrado la clave para su programación de filosofía del segundo trimestre. Dedicó todo el tiempo que le dejaron las navidades a preparar una Web Quest sobre el concepto de la libertad en la historia de la filosofía a partir del libro, con textos de Platón, Arsitóteles, Locke , Kant, Hegel, Marx. Andaba tan perdido en el mundo de las ideas que no le afectaron los eternos reproches de su madre por su aspecto descuidado —¿Cómo quieres que alguien se te acerque así?— ni sus comparaciones con Andrés, ni las bromas pesadas de sus sobrinos que era incapaz de esquivar, ni los gestos despectivos de Begoña.
Tampoco le importó demasiado que, después de presentarles la programación, sus alumnos le hicieran la peor de las preguntas:
—Pero profe, de todo esto, ¿qué irá para examen?
Solo contaba para él el brillo en la mirada de Esther cuando le escuchaba hablar de la libertad como concepto moral en Kant.
Con unos días de retraso, como era habitual en Daniel, devolvió el libro a la biblioteca.
Aquel ejemplar de 1984 era uno de los libros más demandados. Se trataba de una edición limitada con ilustraciones de Dave Gibbons.
Aquel mundo de sombras grises llamó la atención de Inés y estuvo un rato hojeándolo. Todavía no sabía muy bien por qué ni cómo había conseguido levantarse. Hacía ya varias semanas que solo quería dormir. Se atiborraba cada noche de Orfidales y andaba todo el día como un zombi. De alguna forma había llegado a la biblioteca y ahora se sentía en consonancia con el sombreado de aquellos dibujos.
Hacía un mes que Ricardo se había marchado después del primer acto de valor de su vida: Le había confesado que era homosexual y que, prácticamente desde siempre, tenía una relación con Andrés y ahora ¡10 años después de casarse con ella! se había decidido a salir del armario y hacer oficial su relación.
Lo que más le había dolido era el engaño. Todos esos años de frialdad inexplicable, siempre correcto y atento, pero tan distante… Culpándose por no ser más joven, por no estar más buena, por no cuidarse, por no tener gracia… cada vez más extraña de sí misma, más vacía.
Todo ese dolor no se lo perdonaría.
Pero, en realidad, ahora, lo que sentía era una liberación.
Se sentía cómoda en aquella Oceanía del Ingsoc, sin amor, solo al gran hermano.
Exprimió los días hasta devolverlo, Oscar ya le había advertido que siempre tenía reservas para ese libro.
Había quedado a tomar café con Andrea, después iría a la biblioteca.
—¡Hola Andrea! ¡Qué ganas tenía de charlar un rato contigo! ¿Cómo sigue tu padre?
—Pues apagándose poco a poco. Ya sabes que me lo llevé a casa porque no quiero que se muera en el hospital. Lo mantienen con paliativos y con media sedación. Es cuestión de días. Lo único que quiere es tenerme a su su lado y los ratitos que está más animado me pide que le lea. Ya ves. Es lo que hay… ¿Y tú? ¿Vas superando lo de Ricardo?
—Bueno, con altibajos. Igual me tiro 20 horas durmiendo y luego me levanto como si la cama me quemara y salgo disparada a la calle, a buscar algo, no sé bien qué…El otro día fui a parar a la biblioteca. Es verdad que algún rato los libros me relajan, pero la verdad es que tengo un montón en casa por leer. Pero… ¿Tú conoces a Oscar? esa sonrisa tan dulce, siempre tan disponible para aconsejarte, con ese estudiado e impecable descuido y esa estela de Terre d’Hermés que te envuelve cuando te acercas…Quiero que me acompañes ahora luego para ver tú qué piensas.
—Claro que lo conozco, Inés ¿no te enteras? ¿No ves que es un clon de Ricardo? ¿Quieres repetir la historia? ¡No tienes remedio! Pero, vale, te acompaño y de paso, si puede ser, me pido ese libro que parece entretenido. Seguro que a mi padre le gustará.
Esteban esbozó una sonrisa al ver que entraba Andrea.
—Hola papá ¿Cómo has pasado la tarde?
—Ha estado tranquilo, durmiendo, todo el rato, hasta que te ha escuchado llegar.
—Gracias Teresa. Solo me atrevo a salir un rato cuando está contigo. Sé que lo cuidas casi mejor que yo. Cuando quieras puedes marcharte.
—Vale, mañana me paso. ¡Que pase buena noche, D. Esteban!
—Mira papá, he traído un libro nuevo, seguro que tú ya lo has leído, es 1984 de Orwell. Es una edición preciosa.
Mientras Andrea le mostraba las ilustraciones Esteban las acariciaba con la mirada y abría los ojos tanto como podía, sonriendo para mostrar su interés.
Le señaló a Andrea la butaca y le indicó con un gesto que leyera.
—“Era un día frío y luminoso de abril y los relojes estaban dando las 13” -Empezó a leer.
De vez en cuando paraba porque no le escuchaba respirar, pero él enseguida entreabría los ojos.
—“Una de ellas era una chica con la que se cruzaba a menudo en los pasillos. No sabía su nombre”…
Se detuvo, había notado algo extraño en el gesto de su padre, como un estremecimiento. Se acercó, le tocó la frente, trató de escuchar su respiración, buscó su mirada, su sonrisa, le llamó, le sacudió los hombros…sintió que ya no estaba allí, que ya no había nadie detrás de aquella expresión apacible, la invadió una dolorosa sensación de extrañamiento, le cogió la mano y siguió leyendo. Cuando llegó Teresa por la mañana escuchó su voz como un susurro:
—“Pero ya todo estaba arreglado, todo alcanzaba la perfección, la lucha había terminado. Se había vencido a sí mismo definitivamente. Amaba al Gran Hermano”.
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