VINO FRANCÉS

 TAREA: Escribir un relato en grupo: Definimos el entorno y la situación. Elegimos personajes. Cada uno desarrlla la historia desde su personaje que va interactando con los de los demás.


Amanece sobre los viñedos del Châteu du grand Caumont. Una bruma, dorada por los primeros rayos del sol, cubre todo el valle del Orbieu.

Emile Raspail, el capataz, se ha levantado con el día, como todas las mañanas. Le gusta saborear el silencio y la soledad y dejar que su mirada se pierda entre las hileras que se alternan en los diferentes bancales, en una geometría perfecta.

Hoy empieza la batalla contra el tiempo para conseguir el punto exacto de bouquet. La última palabra la tiene siempre Monsieur Blanchard, el jefe de bodega, pero Emile se siente orgulloso de que siempre cuente con su opinión. Después de todo él es casi más Caumont que los señores, ha crecido a pie de cepa, no ha necesitado ir a la universidad.

—Vamos Laurent, las viñas nos esperan. Hoy tenemos que darnos prisa, a media tarde llegarán los españoles. Monsieur Blanchard ya nos está esperando.

Laurent gruñe desde la cama y maldice las cepas y los sarmientos, como cada mañana.

—Ya voy, pero ¿No podemos desayunar? Mi estómago me ruge.

—No, ya sabes que hemos de probar las uvas, solo agua. Hay que tener el paladar limpio. Si están en su punto de azúcar empezaremos mañana la vendimia. Hay que aprovechar estos días de buen tiempo, seguro que ya han madurado, si nos llueve se echarán a perder.

Su padre sueña con que sea el futuro jefe de bodega. Por eso casi le forzó a que estudiara ingeniería agrícola en Burdeos. A él cualquier cosa le parecía bien con tal de salir del châteu. Además allí estudiaba también Gisèlle, la hija de los señores. Habían crecido juntos y era la única alegría de sus veranos.

—Está bien, ya voy. ¿No viene Céline? A ella le gusta más todo esto que a mí. Ya lo sabes.

—Céline tiene que ayudar a Violette y a tu madre a preparar las habitaciones para los vendimiadores.

Florence Raspail vivía todos los años con desagrado la invasión de los españoles.

Los señores habían arreglado las antiguas caballerizas del château. Disponían de 10 habitaciones con dos camas, dos aseos y una cocina-comedor común. En invierno aquello servía de almacén y leñero. Había que hacer una primera limpieza para dejarlo en condiciones. Después ya se encargaban ellos. Aún así a ella le parecía humillante tener que ocuparse de aquella tarea y procuraba que estuviera todo terminado a su llegada, no quería que la vieran por allí. Ella era el ama de llaves de los señores. Procuraba no mezclarse con ellos.

Hubiera preferido que su casa estuviera más lejos. Le parecían sucios y ruidosos. Detestaba el olor de las fritangas que cocinaban y sus maneras en la mesa. Les gustaba sentarse en el patio y llenarlo todo de risotadas, cuando no les daba por cantar hasta vete a saber qué horas. No comprendía cómo les quedaba energía para hacer tanto ruido después de la jornada. Y ese insolente de Juan, que siempre andaba metiéndose en su cocina, que si “une petite fleur pour madame”, que si “une chançonette”, ¡Qué se imaginaba ese cretino! En fin, era un mal necesario,  como decía madame Queneau, la hornera.

—Vamos Céline,  ya has oído a tu padre, hay que terminar de despejar y asear un poco las habitaciones antes de que lleguen. Violette ya se ha adelantado y habrá quitado lo más grueso, eso espero, porque de vez en cuando se encanta con cualquier tontería,  en fin… todavía nos quedará para un buen rato.

—Voy madre. Les estaba mirando marchar a los campos. ¿Por qué padre no me deja ir a mí? A Laurent no le interesa el vino. Yo tengo cien veces mejor olfato y paladar que él. A Laurent lo único que le interesa de la bodega es Gisèlle.

—Sí, lo sé. Pero él es el hombre. Solo nos podemos permitir pagar una carrera. Además, no te preocupes, con estudios o sin ellos tú siempre vas a saber más de vinos que él.

—Es injusto.

—¡Qué sabrás tú de justicia! Anda vamos.

Laurent ha salido de casa contrariado y hambriento, pero a los pocos metros se les ha unido Gisèlle y hasta se ha reconciliado con su destino. Con ella parecían cobrar sentido los colores de las uvas y el sabor del azúcar en sus labios.

—¡Padre! nosotros volvemos dando una vuelta por el camino del río.

—Está bien, recuerda que hoy almorzamos pronto.

Émile y Blanchard se han quedado saboreando juntos un año de buen trabajo.

—Sí Emile, la Garnacha blanca y la Vermentino están ya en su punto. Hay que cogerlas ya para llegar a tiempo del Merlot y el Cabernet. Si no se tuerce el tiempo la añada será excelente. Tal vez de las que hacen historia.

—¿Almuerza con nosotros? A las cuatro me tengo que acercar a la carretera. Los españoles llegan en el autobús de Narbonne. Vamos, eso espero, así me lo comunicó Antonio Requena, que organiza la cuadrilla como todos los años.

—Pues que no fallen o estamos muertos. Venga, acepto esa invitación, yo le acercaré con el coche hasta la carretera. ¿Y los chicos?

—Hace rato que se han perdido. Me inquieta mi Laurent. Creo que se hace demasiadas ilusiones con Gisèlle y ella pertenece a otro mundo.

—Quién sabe, Emile. Los tiempos cambian.

—Aún así, la veo yo mucha mujer para él. Este chico solo tiene pájaros en la cabeza.

—Sí, Gisèlle lleva la bodega en la sangre, ella es más de esta tierra.

A las cuatro de la tarde el sol se deja caer sin contemplaciones en el cruce de la carretera. Céline ha acompañado a su padre a recoger a los vendimiadores. A pesar de las prevenciones de su madre a ella le gusta la alegría que traen a la casa. Han estado allí esperando un buen rato. El autocar no tiene un horario muy exacto. Su padre habla poco en general y con ella parece sentirse siempre incómodo. Afortunadamente la espera no ha sido muy larga.

A pesar de llevar casi dos largos días de viaje, han echado pie a tierra con la sonrisa del que ha llegado por fin a destino, dispuestos a olvidar tantas horas de traqueteos y esperas. Antonio, el jefe de cuadrilla, se ha dirigido a Emile con mucho respeto, estrechándole la mano y le ha dedicado a Céline una sonrisa.

—¿Cómo se encuentra señorita? Ya nos tiene aquí de nuevo y…que no nos falte ¿Qué tal ha ido el año?

—Bien Antonio, ha sido un año tranquilo, buen tiempo. Ya lo verá, porque las viñas prometen la mejor cosecha.

Ha contado 17 personas. Algunas caras conocidas de otros años. Adela que se ha acercado enseguida a darle dos besos ruidosos, Daniel igual de tímido que siempre y Juan con su sonrisa abierta: “Bonjour mademoiselle Céline ¿Preparada para la fiesta?”

Le parecían curiosos los hombres españoles con su camisa blanca y su chaqueta. Era como una muestra de dignidad.

Le han llamado la atención dos chicas, más o menos de su edad, que se han acercado enseguida a ella sonriendo, como buscando refugio.

—Buenas tardes, mademoiselle, ¿Habla usted un poquito de español? Es que es la primera vez que venimos.

—Un poquito, pero no os preocupéis, nos entenderemos enseguida. Me llamo Céline ¿Y vosotras?

—Yo Matilde y ella Gema. ¡Merci mademoiselle! Se dice así ¿no?

Detrás de Juan, casi sin despegarse de él, iba un muchacho, casi un niño. Trataba de mantenerse firme y erguido como los otros hombres, pero se le adivinaba el miedo.

Se acercó y él enseguida agachó la cabeza.

—Bienvenido a Corbières ¿Cómo te llamas? ¿Vienes solo?

—Ángel, señorita, para servirla. Sí, vengo solo, mi padre era Joaquín García, pero él ya no vendrá más. Falleció este invierno pasado –le dijo aguantando apenas las lágrimas.

—Joaquín, sí, buen hombre y buen trabajador,  ¿cómo ha sido?

—Unas fiebres se lo llevaron, señorita.

—Lo siento Ángel, pero no te preocupes, estarás bien.

Aurelio también volvía, esta vez acompañado por un joven alto y moreno. Debía ser su hijo, por la forma en que se hablaban. Manuel, le llamaba. Nada más echar pie a tierra había cruzado con ella una mirada orgullosa, profunda, casi desafiante…

Algunos oteaban el horizonte, cansados,  temiendo que todavía les quedara un trecho largo.

—No se preocupen que la casa está cerca. Lo tienen todo preparado para que puedan instalarse y descansar. 

Los primeros días volaron organizando los equipos, enseñando a los nuevos.

Manuel observaba a Céline, entre las cepas. Le gustaba verla trabajar como uno más, admiraba su destreza, la forma en que parecía acunar los racimos al dejarlos en la cesta, con mimo, pero sin pausa, rectificando a los demás sin perder su ritmo.  De vez en cuando se cruzaban sus ojos y él la sentía como zozobrar por unos segundos.

Cuando se empieza a cortar ya no hay descanso. Los días todavía son largos y se aprovechan hasta la última luz. Los cuerpos están rotos, pero buscan la compañía, la alegría del encuentro cada noche. La cena compartida: hoy Adela se marca unas migas con sus granitos de uva, mañana Matilde un pisto con embutido, y Juan pone el vino y las risas…

Céline, contra la voluntad de su madre, se acerca un rato todas las noches después de la cena y a veces prepara a escondidas una “tarte aux prunes” o extravía en la bodega una botellita de Mirabel. Manuel se mantiene algo apartado, silencioso, pero, sin poder evitarlo la envuelve en su mirada.

Ángel acude enseguida a sentarse cerca de ella. Un par de días atrás lo estuvo observando mientras trataba de copiar con dificultad algo que llevaba escrito en un papel. Se acercó y él enseguida agachó la cabeza avergonzado y escondió lo que llevaba entre manos.

—¿Qué pasa, Ángel? ¿Puedo ayudarte?

Desarmado, le mostró los cuatro trazos que había conseguido copiar. Céline lo abrazó y él se abandonó a su caricia.

—Te prometo que cuando acabemos con el Cabernet ya podrás escribir sin mi ayuda.

Desde el primer momento es como su sombra, tratando de mostrarse el más diestro, el más rápido, el más ágil.

Para Manuel no está siendo fácil, no le importa trabajar, no le molesta que el capataz o Céline le indiquen o le corrijan, siempre lo hacen con respeto, y trabajan como el que más, pero le solivianta ver a Laurent pasear jugueteando detrás de Mlle. Gisèlle y Mr. Blanchard, haciéndose el entendido, gastando  bromas torpes para hacerles reír. Aunque no lo entiende del todo, sabe que se refieren a los españoles.

Cuando lo escucha se planta y le mira desafiante. Laurent normalmente no presta atención a los vendimiadores, pero su mirada no deja a nadie indiferente. Ya se habían cruzado en varias ocasiones, pero esa mañana Giselle se quedó observándolos y Laurent quiso mostrar su poder. Se acercó con toda la chulería de la que era capaz y le recriminó:

—Qu'est ce qu'íl se passe? Monsieur est fatigué? Qu’est ce que tu regardes?

Manuel le aguantó la mirada y apretó los puños. Laurent se dio la vuelta.

—Ces “Espingouins” toujours essayant de “faufiler”.

Toda la rabia acumulada a golpe de tijera se le subió hasta los dientes y no pudo detenerse, enganchó a Laurent y le dio la vuelta para encararlo, le sujetó del cuello de la camisa y lo levantó un palmo del suelo.

Aurelio soltó la cesta y corrió hasta Manuel.

—¡Para, Manuel, déjalo! es un chiquillo.

Consiguió separarlos a tiempo antes de que descargara toda su ira.

—¿Un chiquillo? Pues como yo, padre. Este lo que es, es un imbécil.

—Calla hijo, por favor, que nos jugamos el pan de todo el año.

—No aguanto su sumisión, padre. Una cosa es trabajar y otra perder la dignidad.

Esa noche planeaba el malestar sobre la cena. Apenas se escuchaban conversaciones apagadas.

Florence trató de convencer a Céline de que no se acercara.

—No ves que son unos salvajes. Se comportan como animales. Si no llegan a pararlo le hubiera pegado a tu hermano.

—Pues hubiera tenido razón. Laurent solo hace tonterías y anda siempre bromeando sobre ellos. No debería jugar de esa forma con las personas. Justamente esta noche tengo que bajar con mayor motivo, para templar los ánimos.

—De todas formas harás lo que quieras, pero vete con cuidado.

De lejos se escuchaba ya el silencio. Hacía una noche luminosa. Vio a Manuel como siempre un poco apartado del grupo y decidió acercarse a él dando un rodeo.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Céline.

—Vengo a pedirte disculpas por las tonterías de mi hermano. A veces no piensa lo que hace.

—Está bien, pero debería ser él quien las pidiera ¿no?

—Él no tiene puestos los ojos en la tierra. Solo sueña con la hija de los señores y no se da cuenta de que no pertenece a su mundo.

—Y tú ¿con qué sueñas?

Se miraron y se siguieron mirando hasta que sus manos se encontraron y su piel y su aliento se  reconocieron. Y trascurrió aquella noche clara hasta que el sol comenzó a rayar el horizonte.

Era domingo, el único día en que hacían un pequeño paréntesis de 10 a 2 para ir a misa y comer, en la mesa, como personas. La mayoría perdonaban la misa, pero no la paella que había prometido Matilde.

—No sé si me saldrá bien porque aquí no tienen ni “garrofó” ni “bajoqueta”, y el agua no es como la nuestra, y el aceite… mmmm, ya veremos…

Enrique se había ofrecido a ayudarla con la leña y el fuego.

Desde el primer día le había llamado la atención, no sabía si tanto por su planta, como por las palabras que sabía trenzar cuando le hablaba de cuando era maestro, de la guerra que le había pillado muy joven, pero en la primera línea, en el “batallón del biberón”, y de cómo había seguido luchando en la clandestinidad. Era anarquista, allí se atrevía a decirlo en voz alta.

Andaba detrás de ella desde que se habían conocido en el tren.

—Si sale de tus manos me sabrá a gloria bendita y eso que soy ateo.

Manuel se había sentado a descansar en el patio a la sombra de los árboles, más ensimismado, si cabe, que otros días, reviviendo una y otra vez su encuentro con Céline, cada mirada, cada gesto, el olor de su pelo, el sabor de su aliento…

En ese momento apareció ella, corriendo, muy alterada, llamándolos a todos, con la voz entrecortada. 

—¡Han detenido a Ángel! ¡El canalla de Gerard el de l’épicerie le ha acusado de robar unas chocolatinas! ¡Mon dieu, c’est incroyable! ¡Tenemos que hacer algo! No puede estar allí ni un minuto más. Parece que Thierry el cartero ha ido ya a buscarlo y mi padre también, pero creo que tenemos que ir todos…

Manuel saltó como un resorte de su ensoñación.

—¡Vamos!  a ese hijo de puta ya le tenía yo ganas, no pierde ocasión para insultar, para estafarnos en las cuentas, para humillarnos…Pero esto es demasiado…

Enrique apartó rápidamente la leña para ahogar el fuego.

—¡Vamos Matilde! Se van a enterar ese y todos esos gabachos de mierda… me voy a acercar a la iglesia y voy a sacar hasta al cura.

Aurelio se les cruzó, haciendo gestos para detenerlos.

—¿Dónde creéis que vais? ¿Estáis locos?

—¡No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras nos pisotean! No, padre, no, yo voy a enseñarle a ese Gerard con quién se la está jugando.

—¡Tú no vas a ninguna parte!

—¡Quítate de en medio, padre! Vamos al pueblo y veremos qué pasa.

No hubo forma de detenerlos, Aurelio y los otros les siguieron para tratar de frenarlos.

Cuando llegaron a la plaza ya volvían Thierry y Émile con Ángel.

—No ha sido nada, un malentendido, ya está todo claro.

—¿Todo claro? -dijo Manuel- ¿aquí no ha pasado nada? y ese Gerard ¿se sale de rositas?

Se quedaron en la puerta de la iglesia en silencio, rodeando a Ángel, esperando que salieran los del pueblo de misa.

Cuando vieron a Gerard que salía con Marie del brazo se acercaron formando un pasillo de miradas que le hizo agachar la cabeza arrastrando a Marie. Enrique y Manuel se adelantaron y le mostraron un puño cerrado, amenazante.

Aurelio tiró de ellos.

—Vamos, ya basta, Ángel está bien, vamos a dejarlo estar.

Cuando se dieron la vuelta todavía escucharon las bravatas de Gerard.

—¡Cela ne restera pas sans réponse ! ¡On se reverra bientôt, saleté espagnole!
Florence Raspail salía también de la iglesia y había sido testigo de todo el incidente. Le pareció indignante que esa pandilla de desarrapados interrumpiera de esa forma la paz del domingo. 
—Es increíble, encima de que les damos trabajo y cobijo, se atreven a alterar nuestras vidas.
¿Has visto Émile? Ese Manuel es el que zarandeó el otro día a Laurent. Es un tipo violento y anda siempre rondando a Céline. No me gusta nada. Tienes que hacer algo.
—Solo es un muchacho impetuoso y que no soporta las injusticias. Laurent siempre anda provocando y lo que ha hecho Gerard con el niño no tiene nombre. Además es un buen trabajador y es el hijo de Aurelio que lleva tantos años trabajando con nosotros. 
—Vale, vale, tú sigue así, y ya veremos si no nos tenemos que arrepentir.
Manuel y los demás volvieron en silencio, con el sabor amargo de la ira contenida. 
Apenas comieron algo para aguantar el peso de la tarde que se les hizo larga como ninguna.
Céline se sentía todavía más cerca de Manuel, después de ver su gesto valiente con Gerard. Admiraba su fuerza y su dignidad. Para ellos no existía el peso del calor, ni el dolor de las manos, ni el cansancio en la espalda, solo sus miradas buscándose, ahora ya a plena conciencia, entre las cepas.
Laurent llevaba ya un buen rato dando vueltas por allí, muy en su papel de futuro jefe de bodega. Dando órdenes aquí y allá, en su tono habitual de desprecio. Manuel no lo perdía de vista intentando mantenerse a distancia. Pero Laurent no podía dejar de marcar territorio. Se acercó.
—Llevo un buen rato observándote y vas muy despacio. Vas cortando como con miedo, con tanto cuidado no te cunde la faena.
—Así me enseñó tu hermana Céline. Hay que mimar los racimos para conseguir un buen vino.
—Céline, Céline, vas detrás como un perrito faldero. Pero si no cumples la pesada te lo descontaré del jornal.
Manuel se tuvo que sujetar los puños para no saltar. Pero no pudo controlar su mirada afilada.
—Hasta ahora la he cumplido con creces.
—Pues hoy repasaré yo las cuentas y ya veremos.
—Haz como quieras, pero procura que cuadren con las mías.
—¿Te atreves a amenazarme?
—Con mi jornal no se juega, Laurent.
—Veremos quién tiene la última palabra.
Céline se acercó:
—Vamos Manuel, olvídalo. No estropeemos también la noche. Nos espera la paella de Matilde. He cogido de la bodega unas botellas de Cabernet de buena cosecha. 
—¿Sabes Céline? Ya es bastante duro tener que venir aquí a trabajar, huyendo del hambre, lejos de todo lo que es nuestro, para que además tengamos que aguantar tanto desprecio.
El olor de la leña de romero les envolvió a todos y despertó los estómagos y las sonrisas. 
Parecía haberse disipado la tormenta.
Pero, todavía no se habían sentado a cenar, cuando llegó Violètte con un recado de Mr. Raspail. 
—Aurelio, Mr Raspail quiere hablar con usted.
—¿Conmigo? y eso ¿por qué? 
—No me lo han dicho señor, pero le espera ahora mismo.
Aurelio se levantó preocupado. No entendía la urgencia. Hacía solo un rato que había estado con Émile y no le había dicho nada.
Cuando llegó a la casa Émile le estaba esperando en la puerta y le invitó a sentarse en el porche. En cuanto los escuchó hablar, Mme. Raspail salió y se quedó de pie detrás de su marido, las manos recogidas, la cabeza erguida, confirmando con su gesto adusto cada palabra, vigilando que quedara todo dicho.
—Aurelio, ya sabes que eres muy apreciado por aquí. Hemos compartido ya muchas cosechas y nunca hemos tenido problemas. Pero tu hijo Manuel es demasiado impetuoso. Tienes que controlarlo. Ya ha tenido varios encontronazos con Laurent y hoy le ha faltado un apenas para partirle la cara a Gerard. Además ya te habrás dado cuenta de que anda a vueltas con Céline. Esa relación no tiene razón de ser. Tienes que enseñarle cual es su lugar, de lo contrario tendréis que marcharos, aunque no haya terminado la vendimia, y olvidaros de volver el año próximo.

—Émile, es verdad que Manuel es impulsivo, tiene demasiado orgullo para ser pobre y le soliviantan las injusticias, pero también es verdad, y usted lo sabe, que cumple como el que más, que no le pone pegas al trabajo. Hablaré con él para que no se acerque a su familia, pero, yo también le pediría que hablara con sus hijos para que lo eviten, sobre todo con Laurent que anda siempre provocando.

—Está bien Aurelio, hablaré con ellos, pero tú ya sabes lo que hay. Espero que no haya más problemas.

Desde la casa se escuchaban las voces y las risas en torno a la paella de Matilde. Parecía ya todo olvidado.

Iba entrando una noche fresca, el cielo, de un azul profundo, todavía se veía luminoso, Aurelio dio un rodeo por detrás de las casas, respirando, tratando de digerir su propia indignación, buscando la forma de hablarle a su hijo para que no saltara todo por los aires.

Manuel no lograba compartir la alegría de la noche. Céline no había bajado, no lo entendía, ella nunca se hubiera perdido una noche como esa, había prometido traer el vino.

Vio llegar a su padre y se adelantó con todas sus preguntas.

—Padre, ¿Qué ha pasado? ¿Qué quería el capataz? ¿Ha visto a Céline?

—Calma, Manuel, tenemos que hablar, pero primero cálmate. ¿Ya has cenado?

—Apenas, por no hacer un feo a Matilde, pero no tengo hambre. No entiendo por qué no ha venido Céline y estaba preocupado por usted.

—Vamos a dar un paseo hasta los campos y hablamos por el camino.

Aurelio le explicó la conversación que había tenido con el capataz, tratando de quitarle hierro. —Ya sabes cómo es Mme. Raspail, que se cree de la aristocracia, si fuera por Émile no habría tanta pega.

—Ya está, padre, todo claro… trabajar y callar… eso es lo que toca ¿no? y no me repita lo del pan de todo el año, ya lo sé… ¡puta miseria! y no excuse a Émile, ¡son todos la misma mierda!

—Prométeme que vas a evitar problemas. Solo te pido eso.

—Siempre que me respeten, padre, lo siento, pero yo hay cosas que no pienso tragar.

Aquella fue una noche larga, pero amaneció como siempre.

Manuel se protegía en su silencio, la mirada agazapada bajo el sombrero, estando a la faena, pero vigilante.

Llegaron Émile y sus hijos con Gisèlle y Mr. Blanchard, estaban organizando ya la recogida de la Merlot.

Céline le buscó con la mirada y amagó una sonrisa, él la esquivó.

Laurent se dio cuenta y se le acercó.

—Vaya, por fin se acabó el jueguecito. A ver si hoy te cunde el día.

Manuel agachó la cabeza tratando de evitarle.

—Voila, tête baissé, comme il faut. ¿Cabeza gacha, se dice?

Se le atropelló toda la sangre entre las manos y no hubo manera de parar la descarga. Lo hubiera matado si no los separan.

—Lo habéis visto todos ¿no? –gritó- Mr. Émile ¿usted también? Pues ahí tiene a su hijo, con lo que se ha buscado.

Le dio una patada a la cesta de uva y salió corriendo. No apareció hasta bien entrada ya la tarde.

Ángel le estaba esperando al lado de Aurelio.

—Menos mal que has vuelto, Manuel, Céline me ha dicho que te espera hoy después de las doce, cuando todos se hayan dormido, en el huerto de detrás de la torre.

Le acarició la cabeza con un gesto de disculpa.

—Gracias Ángel.

Aurelio se acercó a abrazarle.

—Hijo, lo he visto todo y Émile también, sabe que ha sido Laurent quien te ha provocado, Enrique y Matilde y Céline han salido a defenderte, pero no creo que dejen pasar esto.

—No se preocupe, padre, esto es solo cosa mía.

—¿Cómo que cosa tuya? ¡Como si fueran ellos a diferenciar! Lo que tenga que venir será para los dos.

—¡Cosa mía, padre, cosa mía!

Se refugió en la habitación y fue recogiendo sus cosas en un atado.

Se acercó a la casa del capataz. Estaba fumando en el porche.

—Mr. Émile, vengo a decirle que no tiene que preocuparse más por mí. Me marcho. Solo quiero pedirle un favor: que la culpa de todo lo que ha ocurrido no le recaiga a mi padre y le dejen terminar la temporada y que mi parte de jornales trabajados sea también para él. En casa lo necesitan.

—Y ¿adónde piensas ir?

—No sé, he oído que en Alemania están cogiendo gente para trabajar en las fábricas de automóviles. Me buscaré la vida para llegar hasta allí.

—¿No vuelves a España?

—No, allí no tengo ningún futuro.

—¿Tu padre lo sabe?

—No, no me dejaría marchar.

—Está bien. Por si lo necesitas, la vendimia se va adentrando hacia las comarcas del interior. Allí siempre necesitan gente en estas fechas. Te dejo una tarjeta mía, puedes presentarte con ella en cualquier viñedo. Tendrás faena.

Se quedó mirando interrogante al capataz, dudando si aceptar cualquier cosa que viniera de él.

—Está bien, se lo acepto, Mr. Raspail, que termine bien la vendimia.

Cuando llegó, ella estaba esperándole. Le abrazó, pero él no respondió, se quedó allí, de pie, con la mirada clavada en el suelo.

—¿Qué pasa, Manuel?

—Me voy, Céline, no puedo seguir aquí. Yo no estoy hecho como mi padre. No aguanto las humillaciones continuas de tu hermano, de Gerard y otros vecinos del pueblo, las miradas de desprecio de tu madre, o, peor aún, la compasión.

—Y ¿dónde piensas ir?

—No sé, algo saldrá.

—Pero…¿y nosotros? Te quiero, Manuel, desde que cruzamos las miradas al bajar del autobús. He hablado con mi padre, no tendrá en cuenta lo que ha pasado.

—Hasta que vuelva a pasar. No puede ser. Eres lo que más deseo, se me quiebra el alma cuando te siento cerca, pero no puede ser. Solo tengo un par de manos para trabajar, nada que ofrecerte. No puedo imaginarte lejos de estas viñas, eres parte de ellas. No sé, tal vez algún día…

Ya estaba todo dicho. Ahora sí dejó que ella se perdiera entre sus brazos y se enredara en su aliento y se quedara en su piel, hasta que vieron despuntar el día.

Entonces se puso en pie, cargó su atado a la espalda y comenzó a caminar.


 

Comentarios