¡HAZLO YA!
TAREA: A partir de una noticia curiosa sobre una campaña desarrollada en una empresa para estimular al personal y evitar la "procrastinación" y los efectos inesperados que tuvo, elegir un personaje y desarrollar el relato.
Pero aquél era un día especial: Iba a estrenar su nuevo Ford
T., uno de los pocos que circulaban por las calles de Milwaukee.
Aparcó cerca de la puerta, al lado del Rolls Royce del Dr.
Stanton Allen. Se apeó con solemnidad y permaneció un buen rato contemplándolo
desde la puerta. Parecía el hermano pequeño del Rolls, pero era el único en la
empresa. Dio media vuelta, satisfecho, dispuesto a encarar la jornada con una
sonrisa en los labios.
Nada más cruzar la puerta se topó con un enorme cartel, en el
que se leía ¡Hazlo YA! en blanco sobre rojo, con un “¡YA!” sobredimensionado,
que saltaba de la esfera de un reloj, apremiado por un índice imperativo.
Se detuvo, al igual que otros compañeros que se miraban
interrogantes.
Habían colocado otros iguales en todos los espacios y lugares
de tránsito de personal.
Esa mañana fueron motivo de comentarios en todas las
secciones. Sin duda era cosa de la empresa, pero todos se preguntaban y
elucubraban acerca de su significado. El
slogan inducía a la acción pero no se precisaba el qué. Esto provocó un mar de
interpretaciones de lo más variado y pintoresco y fue motivo de debate y de
chistes durante toda la jornada.
No le gustaba mucho a Benjamin entretenerse en la cháchara,
así que se encaminó hacia su despacho con cierta displicencia, él no necesitaba
slogans para hacer su trabajo.
Pero aquellas palabras se le repetían como el eco de sus
pasos: Hazlo YA, Hazlo YA, Hazlo YA… Se detuvo por un instante y sintió como
una llamada, como una revelación.
¿Cuántas cosas habían quedado aplazadas en su vida? En un
momento desfilaron ante sus ojos todos los proyectos truncados desde que tenía
memoria.
Tuvo que abandonar sus estudios de economía aplicada en la
Universidad de Marquette por la enfermedad de su padre cuando le faltaba solo
un curso para terminar.
—Ya lo terminarás más adelante, hijo. Ahora te necesito en la
granja.
Se acomodó a la vida en el pueblo y conoció a su Annie. No
tardaron en hacer planes de boda.
Pero las cosas se torcieron. Varios años de malas cosechas y
la falta de la mano experta de su padre acabaron con las reservas de la
familia. Tuvo que buscar trabajo en Milwaukee.
—Volveré Annie, te lo prometo.
Tuvo suerte, los hermanos Bradley y su socio el Dr. Stanton
Allen estaban buscando un contable para su nueva sociedad: la Compression
Rheostat Company. Su controlador de motor para gruas industriales se había
utilizado en las obras de construcción de la gran Exposición Universal de St.
Louis de 1904 y había despertado un gran interés en el mundo de la construcción
y el transporte de mercancías.
Sus años en Marquette le valieron como aval para empezar en
la empresa. Era un muchacho inteligente y en poco tiempo se hizo
imprescindible.
Fueron contadas las ocasiones en que pudo acercarse a la casa
familiar.
Supo que Annie se había casado con Adam. El muy canalla había
sabido aprovechar su ausencia.
Le llamaron cuando su padre murió. No podía dejar a su madre
allí sola. Malvendió lo que quedaba y la llevó con él a Milwaukee. También su
vida de soltero libre tuvo que ser aplazada. Su madre, enferma y doliente por
la pérdida de su esposo le exigía toda su atención. Hubo que olvidar la pesca
en el lago Míchigan y las cervezas del domingo con sus colegas. Su familia pertenecía
desde siempre a la Iglesia evangélica y el único consuelo de su madre era
acudir a los oficios y confraternizar con el vecindario.
Hacía ya varios años que solo vivía para trabajar.
Sacudió la cabeza, tratando de apartar aquellos pensamientos,
y entró en el despacho, Lori le había preparado su café largo, como todas las
mañanas y le esperaba con una sonrisa.
Desde el primer día le sobrecogió su mirada clara. Le
recordaba tanto a su Annie. Aspiraba el aire que ella removía en su ir y venir,
buscando ese leve rastro de lavanda fresca que le ensanchaba el espíritu.
Lori le trataba con respeto y admiración y sabía de qué
manera le afectaba su mirada y su sonrisa. Le despertaba ternura su timidez y
su nula habilidad en el trato social.
Él, a pesar de que su presencia le había dado otro sentido a
sus rutinas cotidianas, ya se había acostumbrado a apartar de su mente
cualquier proyecto de futuro. Soñar se le había mostrado siempre como un peligroso augurio de dolorosas
renuncias.
Pero desde que se había encontrado con el cartel aquella
mañana, esas palabras le resonaban como un eco, una y otra vez en su mente:
¡Hazlo YA!, ¡Hazlo YA!... eran como un reclamo para sus deseos más profundos, esos
que guardaba durante tantos años, encerrados bajo siete llaves.
No recordaba cuánto tiempo hacía que no había tenido unos
días de descanso. Su trabajo, como siempre, estaba no solo al día, sino incluso
adelantado. Su madre ya se había adaptado a la vida del barrio y tenía algunas
amigas con las que compartían los chismes y el té todas las tardes. No iba a
esperar. Ese era el momento…
Se dirigió al despacho de Presidencia y anunció, ante la
perplejidad de todos, y sin dar opción a réplica, que iba a tomarse las
primeras vacaciones de su vida y que, siguiendo las indicaciones de la empresa,
iba a hacerlo ¡YA!
Esperó impaciente a que Lori volviera del almuerzo y
consciente de su escasa habilidad, decidió ir directamente al grano:
—Lori, salgo de vacaciones, me voy a Green Bay, a un hotel a
orillas del lago. No tengo tiempo para esperar, tiene que ser YA. He visto en tu
mirada mil veces que sabes lo que siento por ti. ¿Quieres compartir conmigo
este viaje? El coche nos espera en la puerta.
Lori se sobresaltó en un primer momento, se quedó mirándole
interrogante. Él se acercó, le cogió las manos y las besó.
—Eres el primer sueño que me voy a permitir después de muchos
años. Dime que sí, por favor.
Se quedó pensativa, mirando al suelo, sin soltar sus manos y
fue dibujando una sonrisa.
—Mr. Barnes, hace tiempo que esperaba un primer paso por su
parte, pero esto…me ha sorprendido, nunca lo hubiera imaginado así…pero sí,…
sin dudarlo, le acompañaré allá donde quiera llevarnos la suerte.
Y Benjamin cerró aquella puerta con las letras doradas de su
nombre, dispuesto a reiniciar su vida en primera persona y a hacerlo ¡YA!
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