LA INVASIÓN DEL VALLE DE ARÁN

 TAREA: Reinventar la historia. Escribir un relato con un final sorpresivo o que cambie la historia.


 Con el sol tibio del atardecer de Septiembre, Clara vuelve de Pamiers con la información en el manillar de la bicicleta y el miedo secándole la boca. Ha hecho ese camino cientos de veces con su cesta de quesos para vender en los diferentes pueblos por los que se extiende la red, pero no puede bajar la guardia. Un descuido podría ser el final, tal vez la muerte o la tortura.

Después del desembarco aliado en la Provenza los caminos son un desfile continuo de alemanes en su retirada hacia el norte. Pero vigilan celosamente los movimientos de la resistencia para evitar sabotajes y emboscadas.

Sabe que lo que trae hoy es importante,  viene directamente desde el frente oriental.

“Robert” la está esperando a las afueras de Foix. Desde que la guarnición alemana se desmanteló, baja de vez en cuando de la montaña para encontrarse con ella.

La saluda desde lejos y se acerca corriendo. Sonríe emocionado. Se abalanza sobre ella y la levanta en el aire

—¡Clara! ¡No te lo vas a creer!¡Volvemos a España!¡Viva la República!

—¿Qué dices? ¿Has bebido?

—¡No Clara, no! ¿No sabes lo que traes ahí?

—Pues no, ya sabes que sería un peligro. Solo sé que es importante. Por eso vengo más muerta de miedo que de costumbre.

—Pues, sí Clara, volvemos a España y tú traes en tu manillar el plano del camino.

Mientras se acercaban a casa, ya con más sosiego, le fue desgranando, casi como si las saboreara, las buenas noticias.

A  primeros de Septiembre se había celebrado una reunión entre Carrillo y  Monzón por parte del PCE y Martínez Barrios, Indalecio Prieto y Negrín por parte del Gobierno de la República y se habían puesto de acuerdo en la creación de la Junta Española de Liberación  presidida por Barrios. El objetivo era abrir una brecha a través de los Pirineos e iniciar la “Reconquista” republicana con la ayuda de los aliados.

—¿Carrillo y Martínez Barrios?¿Los aliados? ¿Estás seguro de lo que dices?

—Sí, parece que si el Gobierno en el exilio abre de nuevo un frente antifranquista, estarían dispuestos a apoyarlo.

—Eso habrá que verlo.

—No nos queda otra que confiar.

En el manillar de Clara estaban las órdenes para la organización del 14 Cuerpo de Guerrilleros Españoles y la estrategia de despliegue a través del valle de Arán. También traía el nombramiento de su “Robert” como Jefe del estado Mayor de la 3ª Brigada “Ariège”.

Todo aquello le parecía tan imposible que no se atrevía a dar rienda suelta a su entusiasmo, pero poco a poco la fue ganando la alegría de los camaradas.

Las semanas siguientes fueron una locura de preparativos, tratando de sacar armas y provisiones de dónde no había. Lo que tenían lo habían ido robando a las patrullas alemanas o escamoteado en los lanzamientos de armamento inglés.

A mediados de octubre iniciaron el avance. Fueron ocupando, casi sin resistencia,  caseríos y aldeas, abriéndose camino hasta Bosost.

Algunas mujeres luchaban en primera línea, pero la mayoría, y Clara con ellas, les seguía en la retaguardia, ocupándose del aprovisionamiento y las comunicaciones.

El objetivo era tomar Vielha para que se trasladara allí el Gobierno, pero allí estaban concentradas las tropas franquistas cerrando el paso por el túnel y amenazando con cercarles desde la Bonaigua.

Las cosas se habían ido complicando conforme se acercaban.

Como todas las noches Clara esperaba inquieta el regreso del grupo, cada vez más mermado. Por fin le pareció entrever unas sombras, no se escuchaban ya las risas y bromas de los primeros días, solo silencio y un leve crujir de la tierra a cada paso. “Robert” la abrazó y se sentó a su lado, en silencio, como cobijándose en sí mismo.

—Está siendo más difícil de lo que pensábamos, Clara. Hoy han caído el “Barbas” y sus hombres, ya sabes el Mauri, Gonzalo, y el “Royo”. No sé cómo acabará esto, pero ellos ya no lo verán.  Con esta mierda de armamento nos superan. Tal vez sea mejor volver atrás mientras podamos.

Clara no quiso ahondar en la herida, le cogió las manos y se quedó a su lado escuchando los sonidos de la noche.

—¿No tienes hambre? Todavía hay cena caliente. ¿Me acompañas?

Él le sonrió por fin.

—Anda vamos…

Todavía no habían entrado en la casa, cuando se empezó a escuchar un rumor de motores,  que se fue transformando en estruendo.

—¿De dónde viene?

—Parece que del lado francés.

No tardaron en escucharse crujidos de ramas y algunos golpes secos. Salieron todos de la borda que habían tomado como cuartel general. Miraron hacia el cielo y vieron descender hacia ellos una lluvia de esperanza.

Fueron llegando los primeros hombres, con cautela, asegurándose sobre el terreno. “Robert” se adelantó.

—¿Comandante Alonso?

—A sus órdenes.

—Se presenta el teniente Bradley de la Brigada Paracaidista Independiente Británica.

Un grito unánime les dio la bienvenida.

—¡Un hurra por los ingleses!

Nadie en aquel grupo de locos resistentes medio desarbolado pudo contener las lágrimas y los saludos militares se tornaron en abrazos.

Unos días más tarde la bandera de la República ondeaba en el Ayuntamiento de Vielha y, mientras Martínez Barrios se dirigía desde el balcón a las fuerzas guerrilleras, oleadas de aviones aliados cruzaban el cielo hacia el corazón del franquismo.

 

 

 

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