JULIA


 

AUTORRETRATO CAÓTICO

 

Mi cabeza es ligera como el viento y vuela como un águila, mi cuerpo es pesado y remolón como un oso viejo. En cuanto me descuido sestea. El reto de cada día es superar la pereza. Si lo consigo me siento plena. A poco que haga me felicito a mi misma y estoy encantada de haberme conocido. Se me dan bien las palabras y disfruto jugando con ellas. Me gusta la brisa fresca de levante y sumergirme en la luz azul turquesa del mar y quedarme así quieta viendo la superficie desde abajo y más allá el azul más profundo.

No quisiera quedarme sin bailar el swing, pero lo veo poco probable.

Los demás han sido muy importantes en mi vida, sobre todo hasta los 50. Siempre quise tener un grupo de amigos, pero nunca supe elegir. Mi ego se deslumbra con espejismos y me invento almas inexistentes, que se diluyen en cuanto tocan tierra. Cada día aprecio más una charla inteligente.

Disfruto con demasiada pasión un plato bien cocinado.

Prácticamente no queda nadie de mi familia, al menos nadie que sea relevante. Todos se han ido marchando, tan pronto que mi yo adulto no llegó a tiempo de encontrarse con ellos. Tal vez por eso están tan presentes. Demasiadas preguntas sin posible respuesta. Rondan por mis sueños y se entrecruzan en mil momentos, en una canción, en un poema, en un paisaje, un olor, una luz.

Mi trabajo ha sido la forma de mostrarme capaz de ser.

Una absurda ansia de perfección ha dominado mi vida: Huir de la inadecuación, el caos, lo feo, lo defectuoso, el esperpento, el no ser.

Todo tiene que estar bien controlado, que no se escape ningún detalle. Agotadora tarea teniendo en cuenta mi propensión a perderme en el infinito y a dispersar mi energía en las actividades más insólitas.

Mis manos pueden ser hábiles pero mis pies no las acompañan. Por eso se me dan mejor los trabajos manuales que el baile.

Puedo olvidarme del tiempo y de mí haciendo cuatro rayas en un papel o tejiendo sueños en la urdimbre.

Pero no me gustaría quedarme sin bailar el rock.


EL PAISAJE COMO METÁFORA DE VIDA:

La casa familiar, en realidad, eran dos casas. Dos áticos contiguos que pertenecían a dos fincas construidas en los años 40 en el barrio del Ensanche de Valencia.

Los habían comprado casi simultáneamente mis tíos y mi madre. Mis tíos solo venían en las vacaciones escolares. En su casa vivía mi abuela.

Los dos eran muy luminosos y tenían balcones y ventanas a levante y poniente, así el aire corría libremente. Cuando soplaba fuerte el levante, en los dos se sentía el olor a mar y se escuchaban las gaviotas y, en las dos terrazas, después de regar los geranios y las begonias y refrescar el suelo, se podían contemplar los increíbles colores del atardecer que nos regala el Mediterráneo.

La escasa iluminación de la ciudad todavía  permitía contemplar las estrellas.

En el silencio de la noche llegaba el silbido de los trenes y su traqueteo en la pasarela de Monteolivete.

El lado de levante daba a un enorme patio de manzana. Por allí se oían los sonidos domésticos, el trasteo de las cocinas, las risas y los llantos de los niños y se olían los guisos familiares.

El lado de poniente daba a la calle. Se escuchaba el ajetreo de las tiendas, algún coche que pasaba, el silbato del afilador…

Más que dos áticos, eran dos universos que se unían o se separaban por una puerta que se situaba entre el comedor de mi casa y el salón de mis tíos.

El piso de mis tíos tenía una estructura de planta rectangular lo que hacía que las habitaciones  tuvieran una forma regular y equilibrada. Del lado de levante tenía la cocina que se abría a una galería y el comedor salón con tres grandes ventanales que daban también a la galería. Del lado de poniente estaba la terraza y una salita con un balcón. El recibidor era amplio y daba acceso a una pequeña habitación de invitados y al pasillo a través de una puerta batiente de cristales. En el pasillo estaba el cuarto de baño y las habitaciones de mis tíos y de mi abuela. La casa estaba pintada de color arena con un zócalo de gotelé ligeramente más oscuro. Estaba bastante bien amueblado, con muebles antiguos de la familia, pero armonioso, ordenado y limpio. Había estores y cortinas en las ventanas y lámparas en todas las habitaciones.

Mi casa hacía chaflán y, por ese motivo, tenía una planta trapezoidal. De este modo, las habitaciones que se situaban del lado contiguo a la casa de mis tíos eran más regulares, las del otro lado eran irregulares. Particularmente la cocina que tenía forma de embudo. En esta casa, exceptuando el baño y la citada cocina, las habitaciones no tenían una función precisa y fija. De forma variable  eran dormitorio, comedor, salita, cuarto de juego o estudio. Se dividían en grandes y pequeñas. Del lado de levante había una habitación grande, con dos ventanales. Del lado de poniente estaba la terraza y otra habitación grande con un ventanal. El recibidor también era amplio y daba acceso a un pasillo, más estrecho que el de al lado, y que comunicaba el baño, la cocina, el aseo de servicio, una habitación mediana y dos pequeñas.

Cada habitación estaba pintada de un color, las que más frecuentemente eran dormitorios eran azules, la que más frecuentemente era comedor de color verde y el supuesto salón de color salmón. En este supuesto salón había una lámpara. En el resto de las habitaciones tubos de neón. Las cortinas eran un elemento innecesario ya que había persianas.

En aquella casa no había dos muebles que hicieran pareja. Había mesas, sillas, armarios, cómodas, veladores  y camas que cumplían su función con mayor o menor éxito. Cada mueble era singular, único e irrepetible. Tampoco necesariamente se ubicaban en la habitación correspondiente, había armarios en el comedor y estanterías  en los dormitorios

Entre las dos viviendas había un escalón de unos 20 centímetros porque la casa de mis tíos estaba ligeramente más alta que la nuestra.


MIS MANOS

Después de la cara y el pecho de la madre, lo primero que ven los ojos de un recién nacido son sus manos. En su ajetreo errante e incontrolado pasan como pájaros revoloteando por delante de sus ojos que tratan de seguir su vuelo.

Por puro azar un día se encuentran con su boca que se aferra a ellas para calmar su ansia de nutrirse.

Con ellas agarra con fuerza cualquier cosa que roce su palma huyendo del vacío.

Son intermediarias de los primeros diálogos: 5 lobitos tiene la loba, tita-tita pone un coco, y… este más gordito se lo comió.

Son las colaboradoras incansables de la boca en la exploración del mundo.

Nos permiten sentir la frontera con lo otro, también con los otros.

En ellas se graba nuestra historia, segundo a segundo.

Tantean, sienten, atrapan, acarician, expresan, golpean, moldean, trabajan, crean, dan vida, matan…

Hoy quiero que las mías escriban sobre si mismas, esa es la tarea que se me pide. Como siempre remolonean a la hora de empezar. Cómo cuesta coger un hilo para tejer la historia.

Lo primero que me viene son las largas horas de desidia adolescente que despilfarraba sin compasión, despanzurrada sobre la cama, vagando por los mil escenarios en que me imaginaba, sin lograr detenerme en ninguno para iniciar algo concreto. Mi mirada extraviada se detenía en mis manos; las hacía volar con la música: sí, sería directora de orquesta o bailarina ¡Si mi cuerpo fuera tan ágil como ellas!; hacía sombras chinescas con formas de animales, las observaba en diferentes posiciones: abiertas en actitud de entrega, puños cerrados, dispuestas a la caricia, entonces me ponía a dibujarlas, intentando atrapar los gestos en los trazos y las sombras: sí, sería una gran pintora.

Buscando sosiego me agarraba a Neruda: “Desnuda eres simple, como una de mis manos.” Escribir, sí, escribir…

Nunca me llevé bien con mi cuerpo, pero me gustaban mis manos y mi boca.

Y la vida fue llegando; tiempos de caricias infinitas, de puños en alto, de hoz y martillo, de ruda tarea, de arañar la tierra, de ausencia y vacío, de soledad y búsqueda árida e inclemente…

Pero mis manos se encontraron con las tuyas y se supieron en casa.

Eligieron por fin vivir y tuvieron que ganar el pan. Pusieron rumbo al futuro y de azar en azar fueron abriéndose camino a tu lado.

Más pronto de lo esperado vi morir a mis padres. Vi las manos de mi madre reposando para siempre en su pecho y reconocí las mías en ellas. Ya no podía mirarlas sin ver las suyas sujetándome en sus brazos, llevándome de la mano, dibujándome recortables de familias infinitas, dibujándome la cartilla para aprender las primeras letras, tocando el piano, escribiendo…

Mi vida fue a parar adonde menos lo hubiera imaginado en mis delirios adolescentes: La escuela. Nunca me sentí a gusto en ella ni me pareció interesante con algunas (pocas) excepciones. Por eso me empeñé en trabajar para que fuera un lugar de alegría, de respeto y de solidaridad, donde aprender fuera fruto del deseo y la curiosidad insaciable de los niños.

Aunque todavía está lejos, algo de camino hicimos.

Y sí, hubo música y danza y arte y millones de palabras escritas.

Ahora, con el tiempo supuestamente cumplido, vuelvo a mirar mis manos cansadas, venosas, con la piel llena de manchas y arrugas, atacadas por la artrosis y todavía las siento llenas de anhelos, deseosas y prestas a cumplir sueños, acariciar músicas, moldear formas, fluir palabras…


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