EL APARTAMENTO (Escena final)
Tarea: Elegir una escena de una película y reescribir desde la mente de los personajes todo lo que no se muestra con palabras.
(En rojo los diálogos originales de la película)
No sé cómo he podido dejarme llevar otra vez. No entiendo qué hago en medio de este jolgorio festivo de Nochevieja. Otra vez aquí, en este restaurante chino, alejado y discreto, que antes me parecía simpático y acogedor. Ahora lo encuentro sórdido, un sucio escondite para evitar que nos crucemos con la vida real de Jeff. Sí, su sórdido y sucio escondite. Me siento ajena y extraña, estoy harta de su juego, de sus mentiras, de sus promesas siempre incumplidas. No logro entender cómo caigo una y otra vez en su trampa. Me encuentro ridícula con esta corona de cartón brillante. La gente parece feliz, se ríen, bailan… Pero yo no consigo contagiarme de la alegría de la noche. Ni siquiera este excelente Daikiri helado que me ha preparado Liu logra despertarme una sonrisa.
Jeff lleva un buen rato en el teléfono, debe ser complicado andar siempre tejiendo y destejiendo esa red interminable de mentiras en la que anda siempre enredado. Ahí vuelve. Míralo, sonriente, envuelto en serpentinas…
—Me han entretenido en el teléfono, pero ya está todo
arreglado.
Hago un esfuerzo para salir de mis pensamientos.
—¿Arreglado?¿qué?
Jeff me mira desconcertado. Puedo adivinar lo que ronda en su cabeza: “¿Qué demonios le pasa? Con lo que me ha costado montar esa farsa de excusas poco creíbles para justificar mi ausencia en la cena familiar.”
—He podido alquilar un coche con chofer que nos llevará a
Atlantic City. Aquí es imposible encontrar una habitación en vísperas de Año
Nuevo.
Me invade una amarga ironía. Le invito a brindar.
—Año nuevo,… vida vieja. Ya estamos como antes ¿Eh?
Me mira con cierta ira contenida. Lo sé, está cansado de mis reproches. ¿Por qué no divertirse juntos de vez en cuando y ya está? Las mujeres siempre complicándolo todo. No es tan difícil de entender, él tiene que mantener su posición social y su prestigio.
—No era esto lo que yo había proyectado. La culpa la tiene Bud
Baxter. No me quiso dar la llave de su apartamento.
—¿No quiso?
—No, me dejó plantado, se largó y me tiró a la cara su
estupendo empleo.
Una corriente cálida parece querer deshacer el hielo de la noche. Noto que, sin querer, se me ilumina la sonrisa. Vaya, el Sr. Baxter se ha portado como un hombre de verdad. Ha sido capaz de sacudirse de encima los abusos de Jeff y todos esos jefecillos buitres que le rondan. No puedo evitar el sarcasmo.
—Desagradecido ¿No?
—Es increíble, después de lo que hice por él, se atreve a
decirme: “No llevará a nadie a mi apartamento, y mucho menos a la Srta. Fran
Kubelik.”
Algo se despierta dentro de mí. Algo que estaba oculto por el juego mentiroso de Jeff.
—¿Eso dijo?
—¿Qué puede tener contra ti?
La pregunta de Jeff me recuerda las palabras de Baxter cuando aquella noche, en su apartamento, después de una de tantas humillaciones de Jeff, me sacó del abismo y me ayudó a mantenerme sobre mis pies. Cuando me preguntaba “¿Por qué no podré enamorarme de un hombre como usted?”.
—No lo sé, será cuestión de gustos, se quiere o no se quiere.
Sí, seguramente.
—¿De qué estás hablando?
—Te lo escribiría, pero tengo muy mala ortografía.
Jeff se queda extrañado, pero se desentiende. Es lo que hace siempre para esquivar conflictos, no está aquí conmigo para complicarse la vida.
Es medianoche, todos cantan.
—¡Feliz año nuevo, Fran!
Se levanta y me besa, con prisa, fríamente,… con desinterés. Se distrae con la alegría de la fiesta.
Siento que ya no me afecta la frialdad de ese beso. Ahora estoy segura. No quiero seguir atrapada en este juego absurdo.
Dejo sobre la silla mi sombrerito brillante y aprovecho su distracción para marcharme.
—¿Pero dónde te has metido Fran?
Me invade una alegría incontenible. ¡Sí! la alegría de quien se ha liberado de aquello que no le permitía caminar. Corro sin dudarlo a casa de Baxter, emocionada solo de imaginar su sorpresa. Sé cómo me quiere.
Subo las escaleras de dos en dos, ya casi sin aliento. Escucho un ruido fuerte y seco, ¿Un disparo? Recuerdo que aquella noche me contó que tenía una pistola.
—¡No, Bud, No!
Me atropello hasta llegar a la puerta. La golpeo desesperada.
—¡Sr. Baxter!¡Sr, Baxter!¡Sr. Baxter!
Bud Baxter abre la puerta con una botella de champagne espumeante y la mira asombrado. No puede creer lo que ve. Ella está allí, de verdad. De carne y hueso. No es una fantasía.
Fran da un respiro al verle allí desconcertado con su botella en la mano.
—¿Está usted bien?
—Estoy bien.
—¿Seguro? ¿Me permite pasar?
—¡Claro que sí! ¡Le daré una copa!
Bud había terminado de recoger y meter en cajas todas sus cosas, dispuesto a comenzar de nuevo, lejos de allí. Había sido capaz de escapar de las trampas de Jeff y los otros jefecillos, siempre ofreciéndole ascensos que nunca llegaban, a cambio de dejar su casa para sus sucios enredos.
Estaba orgulloso, por primera vez había sido capaz de mantener su dignidad ante Sheldrake. Se sentía capaz de todo. Había roto para siempre con aquel hombrecillo pequeño, cobarde, incapaz de negarse a los caprichos absurdos de los jefes. Estaba en la calle pero se sentía increíblemente seguro.
Al entrar Fran se sorprende al ver toda la casa desmantelada, y todas esas cajas dispuestas para un traslado.
—¿Adonde va usted?
—¡Oh! ¿Quién sabe? Otro barrio, otra ciudad, otro empleo. Soy
dueño de mis actos.
—Tiene gracia, yo también.
Ella recuerda las horas que pasaron juntos jugando al Gin Rummy para mantenerla despierta aquel día que no quiere recordar. Aquella partida que dejaron a medias.
—¿Dónde tiene las cartas?
—Están ahí.
Bud se pregunta qué está pasando. No acaba de comprender la razón de que ella esté allí. No acaba de creer lo que le pasa. Ella es su sueño pero no es para él. Hace esfuerzos por no dejarse llevar por la ilusión.
A Fran le despierta una ternura infinita verlo así tan desarmado ante ella. Coge las cartas y se sienta a su lado en el sofá. Le siente turbado y confuso.
—Pero, no entiendo nada… ¿y el Sr. Sheldrake?
—No se preocupe, le enviaré un pastel todos los años por
Navidad.
Bud cree entender que tiene vía libre. Tiene miedo pero es ahora o nunca.
Ella baraja las cartas.
—Corte, a ver quién reparte.
—La quiero Srta. Kubelik.
—Yo 3, usted reina. Usted reparte.
—Me oye Srta. Kubelik. Estoy locamente enamorado de usted.
Le mira y sonríe, deja caer el abrigo sobre el sofá. Siente que ese es el lugar donde quiere quedarse.
—Pues no diga más y juegue.
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