LA ÚLTIMA VEZ
Serán, como siempre, las cuatro de la tarde. Todo estará impecable y la cena preparada. Tendrás por delante un tiempo solo tuyo.
No querrás siquiera encender la tele. Te dejarás caer en el sofá, desentendida de todo. Escucharás el latir de tu corazón, tu respiración serena, los sonidos del vecindario, voces ajenas, el cacharreo de las cocinas, el zureo machacón de la tórtola. Dejarás que te acaricie la brisa fresca que anuncia el principio del otoño, te perderás en los mensajes de tu piel.
Tus manos irán inevitables a buscar tu sexo, pero lo sentirás irreconocible, cerrado, yermo, como si ya no te perteneciera.
Esquivarás un atropello de oscuridades que sin tú quererlo se te vendrán a cuento.
Se te hará presente el polvo de la estantería y pensarás que tal vez no has secado bien los cubiertos, que los libros no están bien alineados.
Mirarás el reloj. Constatarás que, muy a tu pesar, la tarde avanza inexorable.
Te acercarás a la ventana. Verás todavía el sol entre los árboles de la plaza. Te enredarás en el juego de los niños que salen de la escuela. Se te dibujará una sonrisa nublada por el dolor de una ausencia.
Empezará a oscurecer y sentirás un escalofrío, una angustia indefinible.
Él no tardará.
Repasarás todas las señales que has aprendido a identificar:
La fuerza con la que gira la llave al abrir la puerta, el ímpetu al cerrarla, el tiempo que tarda en hacerse presente.
Sabrás apreciar el tono de su voz o el matiz de su silencio, la fuerza de sus pasos, la intensidad de sus gestos.
Recordarás no acercarte antes de constatar la calma.
Intuirás ese aura que anuncia la tormenta.
Sentirás el fuego de su aliento.
Te volverás transparente, te disimularás con las sombras, respirarás levemente, apenas rozarás el suelo con tus pasos.
No levantarás la mirada, le servirás como una sombra.
Pero todo será inútil.
Él vendrá humillado, cargado de ira.
Te imaginará un gesto despectivo, un esbozo de sonrisa, tal vez una burla y descargará una vez más sobre ti toda su impotencia.
Te protegerás ovillándote en el suelo, intentarás no gritar.
Pero la sangre te nublará los ojos. Se te agolpará en el cuello. Dejarás, incluso, de escuchar sus gritos. Sentirás el crujido de tus huesos. Te faltará el aire. Te abandonarás, rendida, en esa oscuridad que te abraza, que se cierra sobre ti.
Sabrás por fin, con absoluta certeza, que esa será, sin duda, la última vez.
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