POR LOS PELOS
TAREA: Crear unas vidas a través de diálogos o monólogos. Escasa narración. Debe aparecer al menos un personaje insólito.
—¿Te importaría ofrecerme un mechón de tu pelo?
—Vaya, Abel… No imaginaba que fueras tan romántico.
—¿Romántico? No, no, para nada. En realidad solo me interesa el pelo en sí.
—¿El pelo?... y ¿para qué lo quieres?
—Bueno… son cosas mías.
—Pues tendrás que explicarme esas cosas si lo quieres.
—Digamos que es una forma de conocer a las personas.
—Ah ¿Sí? A ver ¿qué te dice mi pelo de mí?
—Necesito tocarlo ¿me permites?
—¡Adelante!
—Mmm…veamos…tienes un pelo grueso y rizado. Debes ser una persona con mucha energía, atrevida, arriesgada…Eso es lo que puedo ver así por encima. Si lo analizo puedo averiguar tu tipo de alimentación e incluso si consumes drogas.
—Bueno, creo que hay formas más sencillas de averiguar todo eso. ¿De dónde te viene ese interés por el pelo?
—Ha sido un símbolo muy importante en la historia de la humanidad. Seguro que recuerdas la historia de Sansón y Dalila. También los griegos ofrendaban su pelo a los dioses al llegar a la pubertad y se lo cortaban en señal de luto, a veces, incluso, las crines de los caballos, y… los arrojaban a la pira funeraria, … los romanos les rapaban la cabeza a los esclavos y en la Edad Media cortar el cabello a un príncipe le inhabilitaba para reinar, y luego la ciencia…
—Está bien, está bien, ya veo que estás cargado de razones. Venga, corta, te doy permiso.
—No, prefiero que lo cortes tú y me lo entregues, así será como una ofrenda, como una señal de confianza.
Saca de su bolsillo unas tijeras pequeñas y me las ofrece.
—Toma, córtalo a ras y así no se notará el trasquilón.
Todo esto está empezando a parecerme un tanto extraño, pero me corto un generoso mechón y se lo doy.
—Bueno, ya lo tienes. Y ahora ¿Qué vas a hacer con él?
—Será una pieza importante en mi investigación.
Había conocido a Abel en la presentación del libro “Historia del pelo” de Alan Pauls. Me llamó la atención su aspecto tan cuidado y su evidente timidez. Me gustan los tímidos. Me acerqué y le hice algunos comentarios sobre el libro. Me impactó su respuesta: “Me parece muy interesante como es capaz de dar testimonio de una época a partir de la obsesión del protagonista por su pelo”. Decidí que debía conocerlo mejor. Le invité a tomar algo al salir de la librería. Estaba segura de que no sería capaz de decir que no. Desde entonces hemos salido unas cuantas veces. A pesar de su timidez, hemos mantenido charlas interesantes; es increíble la cantidad de conocimientos que archiva en su mente. Eso sí, se muestra frío y se retrae ante cualquier acercamiento. Por eso me ha sorprendido su extraña petición de hoy.
—Caramba, eso me hace sentir especial. Espero que me hagas saber las conclusiones.
Tengo claro que no voy a esperar. Voy a averiguar qué se esconde detrás de todo esto.
Me ha dicho en varias ocasiones que había venido andando, luego no vive muy lejos de aquí. Le sigo por el laberinto del Carmen. Le veo entrar en el nº 4 de la calle Calatrava. Espero. Se encienden las luces del 2º derecha. ¡Ya lo tengo!
Llamo a otra puerta, quiero sorprenderlo, que no pueda impedirme la entrada. Tengo suerte, alguien confiado me abre.
Llamo, escucho sus pasos, siento su mirada a través de la mirilla. Silencio. La vecina abre la puerta.
—Sí, ahí vive el que usted busca y debe estar en casa porque le he oído llegar hace un rato.
Abel abre la puerta al fin. La vecina no termina de cerrar la puerta.
—Hola ¿Cómo has llegado hasta aquí? No me gustan las visitas inesperadas.
—Me has dejado intrigada con tanto interés por el pelo. Me gustaría que me lo explicaras mejor. Al fin y al cabo yo te he dado ya mi señal de confianza. Ahora espero la tuya.
—No, no es buen momento. Estoy cansado. Otro día hablamos. Déjame ahora. Todavía no he podido averiguar nada.
—Anda, abre, si sé que te mueres de ganas de estar conmigo.
Me acerco a él, no quiero darle tiempo a reaccionar, he de conocer su mundo, ya.
—Enséñame tu casa. Parece muy agradable.
—Ya te he dicho que no es buen momento. Está todo hecho un desastre.
Mientras se lamenta ya estoy dentro. Es una casa antigua, con techos altos. Sin duda es su casa familiar. En el salón me impacta un retrato grande, situado encima del sofá, de una mujer con una larguísima melena pelirroja. Como Abel.
—Es tu madre ¿A que sí?
No me contesta, lo siento molesto y contrariado, pero no voy a desistir. Al fondo hay una puerta. Realmente tiene razón, soy atrevida. La abro.
—¡No!¡Ni se te ocurra!¡Ahí no puedes entrar!
Me recorre un escalofrío. Es una sala grande. En el centro hay un maniquí con una larguísima melena pelirroja, las paredes están cubiertas de mechones de pelo, perfectamente clasificados, cada uno con su etiqueta, me acerco al maniquí central y leo:
“Nº 1, mujer, 45 años, altos niveles de feomelaninas y tricocromos, largamente expuesto a xenobióticos, posible causa de la muerte: intoxicación crónica.”
Le miro, me devuelve una mirada afilada, cargada de ira.
—¡No tenías derecho! ¡No tenías que ver esto! ¡Nadie puede ver esto!
Viene hacia mí con una jeringuilla en la mano, me sujeta con una fuerza que no podía imaginarle, no puedo soltarme,
—¡Abel, por favor! ¿Qué haces? Déjame, me iré, no volverás a verme, no hablaré de esto con nadie. ¡Abel, no lo hagas, por favor!
¡No puedo detenerlo! ¡No puede ser! Siento como se escapan mis fuerzas y me voy desplomando lentamente. Le escucho llorar como si estuviera muy lejos. Todo se oscurece.
Me siento deslizar en un pozo profundo.
—¡Despierte, señora, vamos! Si se queda aquí se va a morir de frío. ¡Joder! ¿Qué se habrá metido esta tía?
No consigo abrir los ojos, los párpados me pesan, el cuerpo no me responde. Me parece entrever a un chaval con rastas que se empeña en incorporarme. Leo frente a mi “Negrito.”
—Venga espabile que como la pille la pasma así se la van a liar.
Tengo una sensación extraña en la cabeza, ¿frío?, sí, sí, está helada. Consigo levantar la mano.
—¡Mi pelo! ¡Será cabrón! ¡Me ha rapado!, me ha dejado como una puta bola de billar.
Unos días más tarde la investigación estaba terminada: Nº 783, Mujer, 35 años, rizado y grueso, altos niveles de eumelanina negra. Folículo impregnado de morfina.
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