¿SÓLIDO O LÍQUIDO?
TAREA: Buscar un contraste temporal o cultural.
En momentos
como este suele dejarse caer por la casa de su abuela. En el fondo sabe que
tiene ese privilegio: un puerto seguro donde recalar, aunque no logre
soportarlo más que unos cuantos días.
—Abuela ¿Te
apetece pasar unos días conmigo? No hay nadie en mi casa, mamá está en un
congreso en Massachusetts, Ricardo, como siempre, trabajando en Rotterdam y
Lidia con sus cosas, ya sabes, creo que haciendo un retiro budista de silencio.
—¡Pues claro,
hija mía! Ya sabes que, por mí, ojalá te quedaras aquí para siempre. Nada me
gusta más que teneros conmigo en esta casa que se me hace tan grande.
—Pues ve
preparando mi tarta favorita, ya sabes, esa de bizco-flan con fresas. Mañana
por la noche estaré contigo.
Ya delante del
portal, Esther se detiene antes de entrar a respirar aquel aroma de solera cargado de afectos.
Nada más cruzar
el zaguán la envuelve una mezcla de tiempo depositado sobre las tapicerías, maderas
nobles y ceras y los ecos de una cocina sabia y bien elaborada.
Todo es sólido
allí dentro. Cuando se cierra tras de ella aquella robusta puerta de ébano con
sus dorados impecables, siente una sensación de seguridad, de orden, de
permanencia, como si ningún peligro pudiera alcanzarla. Aquellos muebles, los
cuadros en las paredes, los objetos que dibujan el decorado, todo es auténtico
y valioso, todo ocupa su lugar desde mucho antes que ellos y, sin duda, seguirá
allí después.
En los salones
se respira tranquilidad, ese sereno bienestar garantizado por el exquisito
servicio cuyo trajín se intuye en otra parte.
En fin, esa
holgura que da el dinero, la influencia y el poder.
Ella reina en
aquel mundo, en la más profunda convicción de que todo es sencillo, previsible y exacto como un
reloj. Las cosas son como son y no se cuestionan. Una línea muy clara separa lo
que está bien y lo que está mal, los de arriba y los de abajo. Igual que los
muebles, cada uno tiene que saber cuál es su sitio.
Es generosa y
le gusta dar cobijo a todos los perdularios de la familia, siempre y cuando
acudan sumisos al redil. Y es tentador dejarse atrapar por su red, acomodarse
en una de sus acogedoras butacas y dejarse engañar por esa ilusión de simpleza.
Sobre todo cuando, perdidos en el caos, no acaban de encontrar todas las piezas
de su rompecabezas particular.
Como siempre,
no tarda en convocar a su mesa a la familia, aunque, muy a pesar suyo, ya son
pocos los que pueden acudir: Sus hermanos Ricardo y Lucía y el tío Enrique.
Le encanta
presentarla como si fuera una misionera sacrificada que ha dedicado su vida a
los “pobres inditos” y se deshace en elogios hacia su alma caritativa.
—Date cuenta
Ricardo, con dos carreras que tiene y todos los idiomas que domina, podría
estar trabajando en cualquier empresa importante, se la rifarían. Pero ella,
mira, prefiere estar del lado de los más pobres.
—La verdad es
que es admirable lo que has hecho, Esther, y no es malo que antes de centrarte
conozcas mundo. Y sí, ya sabes que nosotros no tenemos hijos y que
preferiríamos mil veces que te ocuparas tu de la empresa y no tener que
contratar a un extraño y, bueno, en el círculo de empresarios lo que tu
quisieras.
—¿Ves hija? Mira,
la abuela te regala el ático, el que tanto te gusta, el que tiene acceso a la
buhardilla. Lo arreglamos juntas a tu gusto, como quieras. Venga ¡Dime que sí!
Dale una alegría a esta vieja.
—Si quieres
mañana me acompañas a la empresa, quiero que veas que allí no somos ningunos
“explotadores”. La gente trabaja muy a gusto con nosotros. Y si tú te
incorporas podrás hacer y deshacer a tu antojo.
Por unos
instantes, Esther se imagina aquella vida que le ponen en bandeja. La
posibilidad de asentarse, de esponjarse, de echar raíces. La tentación de
mantener en pie aquel mundo que se desmorona. ¿Ocupar el lugar de la abuela
Regina?
¡Buf!, me
horroriza esa idea, me ahogo nada más de
pensarlo, me dan ganas de huir lo más lejos posible.
Mañana, sin
falta, me paso por la “Uni”, tengo que ver todas las posibilidades de acceso a
másteres internacionales, una investigación que pueda hacer por mi cuenta, sin
tener que depender de ninguna organización. No quiero depender de nadie.
Por un instante
me pregunto si lo que busco es completar mi formación o huir de mi misma y de
este enorme vacío que se me viene encima cuando me detengo.
La abuela me
saca del shock con una maravillosa bullabesa y una fuente de sus legendarias
croquetas de gambas.
Me dejo querer
por unos días, vacilo, la abuela sigue tejiendo sin descanso sus hilos en torno
a mí. Siento como se me adhieren entre los dedos, como van penetrando mis
entrañas.
Recibo un mail
de la “Uni”. Me redireccionan a Harvard, a un proyecto de investigación en
desarrollo sostenible.
—Click,
Enter…¡Ya! ¡Hecho!
Dedico la tarde
a buscar en Internet un vuelo Madrid-Boston. Mañana salgo a primera hora.
La abuela no
puede remediar un último intento de chantaje emocional.
—Pero hija
¿otra vez te marchas? ¿Qué necesidad tienes? Tu vida es un no parar. Otra vez
me quedo aquí sola, rezando a toda la corte celestial, ¡ni siquiera sé bien
dónde estáis todos!
—Abuela, pero
si nos vemos por Skype casi todos los días.
—Skype,
Skype,…mmm ¡qué bonito! ¡como si fuera lo mismo!¡Cualquier día os iréis y ya no
volveréis a verme! No…si yo ya no sé qué pinto aquí.
Por primera vez
la siento frágil, derrotada. Su mundo apenas se sostiene. Me pesa dejarla allí
en aquella casa enorme, vacía, ya sin sentido.
Con dificultad
consigo desasirme de sus redes.
Me voy con la
misma mochila, pero ahora la siento más pesada, cargada de preguntas, de dudas.
De vuelta en el
avión repaso mi Face y mi Instagram: 3750 amigos, 71.635 seguidores de todos
los rincones del mundo. Repaso las imágenes de estos años: paisajes maravillosos,
momentos de amistad y camaradería, fiestas, alegría, simpáticos memes, escenarios
idílicos, que, aunque yo no pueda creérmelos, no dejan entrever a nadie las
muchas oscuridades ocultas. ¿Soy yo esa persona siempre sonriente, rodeada de
amigos en una fiesta interminable?
Eso me hace
pensar en la abuela, en su increíble habilidad para encubrir las miserias de
unos y otros, aunque se muestren insistentes y se empeñen en emborronar su
paisaje.
Ahora ya debe
estar contándoles a sus amigas lo importante que va a ser mi trabajo en
Harvard. Una artista rescatando en su relato el lado brillante y limpio de los
acontecimientos, pintando escenarios idílicos que cree a pies juntillas, de tal
forma que es difícil dudar de ellos, aunque todos puedan intuir las muchas
oscuridades que ocultan. Al fin y al cabo todos son viejos conocidos.
Sí, abuela, sí,
tu mundo ya no tiene sentido, pero creo que éste, tan hueco, donde todo se
esfuma como el agua entre los dedos, tampoco es el mío.
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