UN ALETEO DE VIDA

 TAREA: Trabajamos emociones y pasiones. Escribir un "culebrón" venezolano.

 

—No voy a caer en esa trampa. Lo has hecho adrede. Pensaste que con esto me tenías cogido. Y además ¡qué carajo! ¿Por qué tendría yo que creer que ese hijo es mío?

—¡Cómo puedes decir eso! Reinaldo,  tú lo sabes, tu sabes bien que para mí no hay nadie más, que solo veo por tus ojos, que solo respiro por tu boca.

—Pues por mí, puedes dejar ya de respirar, porque no voy a entrar a tu jueguito.

—¿De verdad piensas que estoy jugando? Tú eres el que ha jugado conmigo, llenándote la boca de promesas y de mentiras que ahora bien veo que no vas a cumplir.

—No te hagas la niña inocente, Rebeca. Siempre has sabido que tenía que casarme con María Gabriela, es un pacto de familia. Tú me arrastraste hasta aquí.

—No, no, espera, no puedes dejarme así, quédate conmigo, de verdad, puedo seguir estando en la sombra, estoy acostumbrada, pero no me dejes.

—No, se acabó. Es mi última palabra. Es mejor que no volvamos a vernos. Mira, voy a ser generoso contigo. Con esto, si quieres, te deshaces del problema y, si no, te llega para un buen tiempito de biberones y pañales.

—Ya…, como siempre, tú todo lo arreglas a golpes de chequera.

—Pues es lo que hay. Hasta siempre, Rebeca.

—¡Espera!

El viento cierra la puerta detrás de él, con un golpe seco y fuerte que resuena en el pecho de Rebeca como una descarga de plomo. Como una señal, el sol del atardecer va iluminando la estancia con una luz rojiza, un destello de sangre. Ya no le quedan fuerzas para llorar, además ¿de qué sirven ya sus lágrimas? Se deja caer sobre el viejo sofá. La oscuridad y el frío de la noche van avanzando implacables, acompañando en silencio su dolor. Se va ovillando alrededor de su vientre, como protegiendo su único bien.

La despierta una mañana radiante y una algarabía de gorriones en el árbol de la plaza y siente como un aleteo de vida en sus entrañas. Su cuerpo entumecido, pesado, roto, va respondiendo lentamente.

Allí, sobre la mesa, yace el maldito cheque. Lo coge como si le quemara las manos.

¡Maldito cobarde! Me has hecho sentir como una vulgar ramera. Me disfrutaste bien y ahora quieres comprar mi silencio. No me dejaste opción ni a rompértelo en la cara.

Hace ademán de rasgarlo pero se detiene.

¿A ver qué precio le has puesto a todos estos años de “servicio”?

¡Ah! No, no puedo creerlo. Es una locura. ¡Carajo! Ahora sí que has dejado claro cuánto te cuesta limpiar tu pinche conciencia.

Está bien, Reinaldo, al fin me viste como ramera, pero no tan vulgar. ¡Ja, ja! Una de las jodidamente caras.

Se lleva las manos al regazo, como queriendo sujetar la vida que siente dentro.

Será para ti, es tuyo. Es tu herencia.

Una energía renovada, tejida de rabia y de amor a un tiempo, la pone en pie. Tiene que reparar tanto tiempo de desorden, de desidia, de desespero por tenerle aunque solo fuera un instante. Se siente bien magullada, pero libre. Dispuesta a pelear por aquél pequeño latido que acompaña a su corazón.

Pone orden en la casa, se deshace de todas las existencias de alcohol, baja a hacer la compra y abastece de salud la nevera. Se dispone a recuperar el control de su vida.

Organiza sus rutinas de cada día como pequeñas ceremonias de atención y cuidado hacia aquel ser que siente crecer con fuerza.

Suele dar un largo paseo cada mañana y después se sienta a descansar en el café de la plaza, dejándose acariciar por el sol y la brisa de marzo.

Esta mañana, sus pasos la han traído hasta la rosaleda. Camina despacio por entre los arriates, respirando con fuerza, como queriendo absorber por cada poro de su piel ese aroma dulce y delicado enredado en la brisa fresca. Se siente plena. Por fin liberada de tanta ansiedad e incertidumbre. Igual que en otras ocasiones siente como si una presencia la acompañara desde lejos, como un eco de sus pasos. De vez en cuando se detiene para intentar atraparlo, pero el eco se detiene a un tiempo. Extrañamente no la intimida.

Se llega hasta la plaza y se sienta en la terraza del bar de Diego, que le tiene ya preparado su refresco.

—Buen día señorita Rebeca. Aquí lo tiene ¡Vaya día más hermoso nos hace!

—Gracias Diego, eres un amor.

Cuando vuelve a hacerse el silencio, escucha de nuevo los pasos que ahora se escuchan más claros y firmes y se van acercando.

—¡Buenos días, Rebeca!

—¡José Gregorio! ¡Cuánto tiempo!

—Sí, tres años y seis meses, exactamente.

—¡Vaya! Si que llevas buena cuenta.

—Es el tiempo que llevo esperando.

—¿Esperando?

—No sé si recuerdas. Bueno, al menos, seguro que no lo recuerdas como yo. Nos habíamos conocido aquel verano en la playa. No puedo olvidar la primera vez que escuché tu risa, esa risa franca que te brotaba del alma. Era como cuando escuchas reír a los niños y se te contagia la alegría. Y después tu pelo, tus ojos, ese gesto infantil y mimoso que haces cuando algo te gusta, tu caminar ligero. Me bastaron unas horas para amarte.

—Yo nunca lo supe. Más bien parecías esquivarme.

—Me faltó confianza. ¿Cómo iba a fijarse en mí una mujer como tú? Dudé demasiado. Mientras tanto apareció Reinaldo y te deslumbró. Bueno, a ti y a todos: Un cuerpazo tallado a golpe de gimnasio, fiestas, coches, lujo, dinero…

—Lo pagué bien caro.

—Lo sé. Te he seguido de lejos todo este tiempo. Estaba seguro de que esa historia se acabaría. La gente como él tiene su familia de tapadera, los demás son solo de usar y tirar.

—¿Me has estado siguiendo? Pero yo no lo he sentido hasta hace apenas unas semanas.

—Esperé hasta que vi desdibujarse en tus ojos su imagen.

—¿Y ahora?

—Esta vez, si tú quieres, no permitiré que nada ni nadie te separe de mí.

—No sé, todavía estoy recomponiendo todas mis piezas. Y además espero un hijo.

—Ya lo había observado. Suyo, me imagino.

—No, este hijo es solo mío.

—He aprendido a esperar. Tómate tu tiempo. Solo quiero ofrecerte mi amor a ti y a ese niño. Mi amor incondicional, para cuando quieras tomarlo.

 

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