UNA NOTA AL MARGEN

TAREA: Conectar con una emoción adversa de nuestra historia. Escribir un relato a partir de ella maximizándola. Definir y  desarrollar el personaje en una situación límite y en diferentes momentos de su vida.

 

Todo lo interesante estaba al otro lado de aquella puerta, subiendo aquel pequeño escalón.

Allí quedaba aparcado su triciclo y al menos la mitad de lo que le pertenecía.

Más allá había que ir con cuidado, porque todo era valioso y estaba limpio.

En su lado reinaba el silencio y apenas lo justo.

Pero otro mundo estaba ahí, tras cruzar el umbral, casi al alcance de su mano.

Allí transcurría la vida. Todo era bello, sabio, seguro, perfecto.

Era admitido a la fiesta pero tal vez solo para admirar lo que nunca tendría.

Todo sucedía ante sus ojos, pero como en una obra de teatro en la que solo podía ser espectador.

Estaba allí como en un margen, cerca del texto, pero sin acabar de pertenecer.

Entre ellos siempre se sentía inadecuado. Por eso trataba de pasar desapercibido, observaba en silencio, le bastaba con que le permitieran estar.

En ocasiones también humillado por sus torpezas, que se adherían a su mente como un taladro, o bien por aquella forma sutil de misericordia que le llegaba envuelta en amor.

Entonces apretaba los dientes y corría a esconderse para que nadie viera sus lágrimas.

Se juraba no volver, pero era como un imán. La próxima vez no sucedería. Conseguiría hacerlo mejor.

Le resultaba un enigma aquella confusa mezcla de miradas que le rompía por dentro.

Solo una cosa parecía estar clara para todos y no dudaban en señalársela:

En su lado del mundo había una mancha oscura, inevitable, indeleble.

Una mancha que hacía imposible su entrada en el paraíso.

Entendió que aquella era su misión, conseguiría borrarla.

Se armó caballero y puso en juego toda la estrategia que sus cinco años le permitieron:

Contaba con que el enemigo era corto de vista.

Tropezar, resbalar, caer…

Tal vez un hilo de palomar atravesado a la altura de los pies, bien sujeto de puerta a puerta, un lápiz redondo dejado caer en el suelo… polvos de talco en el pasillo.

Al ver caer a su padre, en unos segundos, sonrió victorioso, le dolió verlo así derrotado, se asustó de sí mismo, intuyó que aquella mancha también formaba parte de él.

Descubrió que aquellas armas inocentes no podrían estar a la altura de sus intenciones.

Herido de muerte, aceptó la derrota: no rescataría a su madre, no entraría en el reino de los cielos.

No logra recordar si fue descubierto.

Hizo falta una vida para que entendiera de qué material estaba hecha su historia.


40 AÑOS DESPUÉS

—No sé cuántas veces tengo que decir que no podemos permitirnos ni un solo error, a ver, trabajamos con la vida de la gente ¿Qué es lo que no habéis entendido?

—Lo siento, Doctor Garrido, siempre utilizo unos guantes diferentes, no sé cómo ha pasado.

—Un error como ese puede contaminar todas las muestras, puede modificar los resultados de la investigación. ¿En qué estáis pensando? Creo que los protocolos de manipulación están muy claros. Antes de marcharos hoy mismo volveremos a tener una reunión para revisarlos, avisad en casa que llegaréis tarde. ¡No puedo estar seguro de nada con vosotros!

—Dr. Garrido tiene una llamada por una cuestión familiar, parece importante.

—A ver quién demonios será ahora…

Garrido se da la vuelta antes de dirigirse a su despacho.

—No penséis ni por un momento que esto se va a quedar aparcado.

Todos se miran con cierto alivio al verle salir del laboratorio.

—Estoy hasta los huevos de Garrido y sus protocolos.

—Es lo que hay, y ojo, otro fallo y estás fuera, no serías el primero.

—Pues así no podemos avanzar.

—Tal vez es demasiado riguroso, pero no me niegues que es un privilegio trabajar con él. Nadie sabe más de biotecnología en este país.

—Sí, bueno, esto parece “el tormento y el éxtasis”. 

—Vaya, por fin consigo hacerme contigo, Carlos.

—Lo siento tía, justamente estos días estamos en una fase crítica en la investigación y, ya sabes, no puedo descuidar nada. Además mañana mismo presento una ponencia en París sobre biotecnología de fármacos.

—Pues, siento estropearte los planes, pero tienes que venir, tu padre se está muriendo. El médico dice que puede ser cosa de unos días o de unas horas, no se sabe.

—No pensaba que fuera tan grave. No sé si voy a poder arreglarlo.

—Tú verás lo que es más importante. Ha preguntado por ti.

—Está bien, mañana en cuanto termine la presentación cogeré el primer avión. No puedo hacer otra cosa.

—Tú decides, ya sabrás lo que tienes que hacer. Estás avisado.

—No te preocupes, tía, seguro que llego a tiempo. ¿Estás ahí en el hospital? ¿No puedes pasármelo? Yo se lo explico.

—¿Le vas a explicar que hace una semana que ni siquiera has llamado? Todos sabemos que nunca ha sido fácil entre tu padre y tú, pero parece que no quieras enterarte de que se muere. —Lo siento… No me había hecho consciente de la situación, tal vez no quería pensarlo.

—Bueno, te lo acerco. Aunque está ya bastante sedado, no sé si podrá oírte.

—Papá, escúchame, mañana tengo algo muy importante, pero por la tarde estaré ahí contigo.

—Sí…, hijo…, bien…

Anduvo removido durante todo el viaje. No lograba desprenderse de la confusión que le generaba su familia. Solo con escuchar la voz de su tía, se desmoronaba y el eminente Dr. Garrido volvía a ser Carlitos. Volvía a sentirse frágil, inadecuado. Le invadía aquella sensación de culpa difusa y aquel deseo de volverse transparente.

Y, además, ahora, parecía inevitable un funeral.

No era la primera vez que se encontraba con la muerte y toda su parafernalia. Siempre el mismo desconcierto, no lograba sentir nada. Le sorprendía ver a todos llorando a su alrededor, incluso a personas que apenas conocían al difunto. Le parecía un teatro que llegaba a molestarle. Recordaba, incluso, que en su primer entierro no logró contener la risa.

Por más que se esforzara no lograba aflorar ni una lágrima.

Se sorprendía a sí mismo con esa frialdad.

Se asomó al pasillo de la 3ª planta, no había duda, al fondo se divisaba la figura de la tía Gloria, ya de negro para la ocasión, enfrascada en su rosario. Se detuvo a observarla desde lejos. Ya solo estaba ella, todos se habían ido ya, demasiado pronto tal vez.

Nada quedaba ya de todo aquel mundo que a él se le antojaba poderoso, perfecto e inaccesible. Solo aquella silueta ya vencida por el tiempo. Se acercó.

—Ay, hijo, por fin has llegado. Ha preguntado por ti cada vez que se despertaba. Estaba rezando para que llegaras a tiempo. Parece como si te estuviera esperando.

—Lo siento, tía, siento haberte dejado sola con esto.

—No te preocupes, yo solo quería que pudieras despedirte, ya sé lo importante que es tu trabajo. Pasa, mira, como estaba ya tan mal nos han dejado solos en la habitación y así he podido echarme a ratitos.

Se detuvo en la puerta al contemplar aquella figura consumida, casi transparente, aquella figura que tanto había odiado y tal vez también amado.

Se acercó y le cogió la mano.

—Padre, estoy aquí ¿me escucha?

Entreabrió los ojos y le buscó con la mirada. Se escuchó un murmullo casi indescifrable.

—Hijo…

—Sí, padre…

—Perdóname.

Por un instante sintió removerse toda su historia, pero supo que tenía que responder.

—No hay nada que perdonar, padre.

Aquellas palabras llegaron justo a tiempo de recoger su último suspiro.

Soltó su mano, pero el frío se quedó con él.

—Nada podías, padre y, en cualquier caso, es demasiado tarde.


ALGO QUE CELEBRAR

Es una de esas mañanas de primavera mediterránea en que se siente brotar la vida. La brisa de levante mece las copas de los cipreses del cementerio y los gatos dormitan al sol.

Carlos intenta perderse en aquella luz de marzo, que de vez en cuando le viene envuelta en olor de azahar.

Trata de esquivar el desconcierto que le ha dejado ese último encuentro con su padre y el desasosiego de la presencia de toda esa familia que siempre le ha ignorado.

Solo desea que termine la parafernalia del funeral para escapar de allí.

Después de los inevitables pésames, besos, apretones de manos y palmadas en la espalda, decide ir a pasear a la playa para ver si el aire del mar se lleva consigo las sombras.

Se acerca hasta la orilla, le gusta sentir como las olas van borrando sus huellas, le parece que cada paso es como empezar de nuevo, limpio, ligero.

 Se sienta en uno de los chiringuitos a tomar un vermut. Extrañamente siente como si tuviera algo que celebrar.

No puede evitar fijarse en una chica que está sentada sola un par de mesas más allá.

Le parece que está llorando.

Intenta centrarse en sus sensaciones allí frente al mar, pero, sin proponérselo, está  pendiente de ella.

Trata de imaginar qué puede estar pasándole. Se pregunta si debería acercarse, pero no sabe cómo.

Ella se da cuenta de que la mira y se gira varias veces. Al final se dirige a él.

—Perdona te estoy estropeando el momento.

—No, solo es que me inquieta verte llorar. No sé si necesitas ayuda o prefieres que no te moleste.

La verdad es que nunca sé muy bien qué hacer cuando alguien llora. No sé si debería hacer algo, o si sería meterme en donde no me llaman. Tengo poca experiencia en esto de llorar.

—Por mí no te preocupes, últimamente lloro y ni siquiera sé muy bien por qué lloro.

—Pues yo sigo a lo mío y por mí puedes llorar todo lo que quieras.

Siempre me ha resultado incomprensible la facilidad con la que algunas personas lloran. Yo no consigo llorar ni cuando se supone que tocaría hacerlo. Especialmente si lo que ocurre es muy grave.

La chica continúa llorando, con más pesar si cabe desde que siente que está pendiente de ella.

—Si en algo te puedo ayudar solo tienes que pedirlo.

—Bueno, igual sí, siempre dicen que desde fuera se ven las cosas más claras. Me gustaría hacerte una pregunta ¿Puedo sentarme un momento en tu mesa?

—Mmm, sí…, vale, está bien, ¿por qué no?

—Bueno, pues yo soy Beatriz ¿y tú eres…? Bueno, si no te importa, claro…

—No, está bien, soy Carlos.

—¿En qué trabajas?

—Soy investigador del CSIC. Trabajo en el Centro Nacional de Biotecnología de Madrid.

—Vaya, eso suena muy interesante. Y ¿qué estás investigando? ¡Ay!, perdona, igual me estoy pasando veinte calles con tanta pregunta.

—Bueno, al fin y al cabo me habías pedido permiso ¿no? Estudio las aplicaciones de la nanotecnología en el tratamiento del cáncer.

—¡Madre mía! Pues creo que va a estar de más mi pregunta, pero bueno, seguro que tu respuesta me va a ayudar. ¿Te gusta tu trabajo?

—¡Vaya pregunta! Precisamente para mi es lo más importante de la vida, lo que le da sentido. Pero es extraño que me preguntes esto ¿no?

—Es que yo odio mi trabajo. He pasado un montón de años estudiando arquitectura y ahora que tengo trabajo, todos los días me parecen iguales y encuentro absurdo todo el esfuerzo realizado.

—Todos los trabajos tienen una parte rutinaria y monótona.

—Sí pero tú hablas con entusiasmo.

—Porque lo miro con perspectiva. Muchas veces en el laboratorio todo va despacio, parece que está estancado, que no avanzas. Se necesitan años para un pequeño logro. Por eso lo importante es no perder el norte, el objetivo por el que trabajas.

—Claro, el objetivo, esa es la clave. Ojalá yo tuviera un objetivo.

—Bueno, imagino que si has hecho una carrera que requiere tanto esfuerzo, es porque tendrías un sueño, una meta ¿no?

—Pues ya no consigo recordarlo, siento que mi vida es un fracaso. Y no solo por eso. Es que ahora mismo me parece que no tengo nada y que el tiempo y todo se me escapa.

—A veces hay que saltar al vacío. Abandonar todo lo que nos pesa, soltar el lastre, empezar de nuevo. Diseñar tu propio sueño e ir a por él.

—Pero eso será cuando sabes lo que quieres, yo no logro salir de este pantano de dudas.

—Igual puedes empezar por lo que no quieres.

—¿Ves? Al final he terminado dándote la chapa.

—No te preocupes, yo tenía un día extraño y complicado y a veces es bueno salir de nuestro propio rollo.

—Eso necesito yo, dejar de darle tantas vueltas a las cosas.

—Sí, aunque te equivoques, es mejor tomar decisiones y actuar. Solo así se avanza.

—Puede ser, pero tengo miedo.

—Pero si realmente estás tan mal ¿qué podría ser peor?  ¿Sabes? A veces un malestar llama a otro. Hay que coger las riendas y pelear. Por cierto, ya va siendo hora de comer, ¿me permites invitarte? Mira, allá en el espigón hay un restaurante donde hacen buen arroz y la vista es genial, es como si fueras en un barco.

—Pero… no, no, no, ¿a santo de qué vas a invitarme?

—A santo de que hoy, no sé muy bien por qué, tengo como ganas de celebrar.

—Pues menuda compañía alegre que te has buscado.

—¿Ves? Ya se te ha escapado una sonrisa. A veces un momento de disfrute te reconcilia con la vida.

—Vale, pues vamos, pero “fifty-fifty”, ¿de acuerdo?

—Como quieras, Beatriz,  pero, ¿y si, por una vez, te dieras permiso para dejarte cuidar? Además esta iba a ser mi fiesta ¿no?

 

 

 

 

 

 

 


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