ALMUERZOS COMPARTIDOS
TAREA: Escribir un relato a partir de la siguiente situación:
¡Waauuu! ¡Síii! Es aquel cabrón que nos acojonaba con solo mirarnos. Casi no le reconozco. Y ahora ¿Qué pretende? ¿Así en plan “qué tiempos aquellos”? Pero si venías dispuesto a rajarme. Bueno, es lo único que tengo para intentar salir medio bien de ésta.
—El “Araña” ¿no? ¡Vaya, tío! ¿Cuánto tiempo hace? Lo menos 20 años, sí. Eras un crack, nos tenías a todos acojonaos. Hasta a los profes.
—Sí, entonces tenía poderío. Y tú eras mi cagarrias favorito, tan blandito, tan temblón. Emilio ¿no?
—Me tenías bien jodido. ¿Y ahora qué pasa? ¿Quieres volver a las viejas costumbres?
—No tío, no sabía que eras tú. Pero es que se te ve la guita hasta en los andares. Pasearte así por este barrio es una provocación ¡Estás loco! Aquí no nos ha ido tan bien como a ti.
—Eso la guita ¡la puta guita! ¡ya! ¿de qué vais? ¿Qué es esta mierda de charlita de coleguis?
El “Rayas” ya casi ni se sostiene. Son ya dos días sin pillar. El sudor le nubla los ojos, la navaja le tiembla en la mano, no puede esperar más.
—¡Venga! ¿estamos o no? A ver, la guita, el móvil, el puto peluco, ¡Suéltalo! ¡lo que sea! O no respondo de mi “chaira”…
—¡Quieto parao “Rayas”! Que aquí el amigo nos va a echar una manita, sin bulla. ¿A que sí Emilio? de buen rollito ¿eh?
—Pues que sea ya, pero ¡ya mismo! o te rajo a ti también, que me tenéis hasta los huevos de palabritas.
—A ver Emilio, a lo que íbamos, seguro que a ti no te supone mucho una ayudita a tu viejo colega. Ya ves como está el menda, no creo que pueda aguantarlo mucho rato.
—A ver cuánto llevo encima. Mira… 70 Euros y unas monedas. Pero déjame al menos para un taxi.
—Venga, pues eso dáselo al “Rayas” que si nos descuidamos acaba chinándose él mismo.
—Pero ¿de qué vas, tío? A lo mejor me creo que tú te quedas de manos vacías. No me ratees o nos las veremos.
—Venga tronco, aligera que te desmontas, luego hacemos cuentas los dos.
El Rayas vacila, hace un gesto amenazador con la navaja y sale corriendo.
—Pero, bueno, ya me dirás, cuentas ¿de qué? No tengo nada más.
—¿Seguro? Tendrás por ahí la tarjetita del banco ¿no? ¿Cuánto te deja sacar? ¿600? ¿1000?
Pues venga, tírale, ahí en la plaza hay un cajero. Te lo puedes permitir por un viejo colega ¿no?
Como en los viejos tiempos, compartiendo el bocata ¿te acuerdas?
No, él ya no es aquel niño temeroso y blandito, “mantequitas” que le llamaba aquel hijo de puta. Aquel niño que solo con ver aquella mirada negra y afilada del “Araña” se meaba encima y le daba hasta sus zapatillas nuevas. Se recordó de pronto aquel día que había estrenado las soñadas Nike, recordó que lo estaba esperando en la revuelta del callejón, se recordó llegando a casa descalzo. Le vinieron todas las mañanas sin almuerzo, toda la vergüenza y la impotencia. Apretó los puños y sintió cómo la ira le trepaba venas arriba hasta los dientes. Por el rabillo del ojo veía al “Araña” jugueteando seguro y confiado con la navaja. Se dio la vuelta y en un gesto rápido se la arrancó de las manos y se la clavó hasta el fondo en el costado una y otra vez hasta caer agotado y confuso sobre él.
Comentarios
Publicar un comentario