ESTACIÓN DE FRANCIA

 TAREA: Escribir un relato que incluya al menos dos historias en diferentes planos. Buscar el contraste. Hacer una foto, captar un momento quieto, no un video


Elisa, como siempre, llega con casi una hora de adelanto. El tren no sale hasta las 21:15, pero ella prefiere ser de las primeras en embarcar, no le gustan las aglomeraciones ni los empujones de última hora. Y ahora, con el Covid, con mayor motivo. Así podrá desinfectar adecuadamente su asiento y el contiguo, para dejar allí su abrigo y su maletín. En cierto modo se alegra de que esté reducido el aforo. Siempre le ha parecido que no había espacio suficiente entre pasajeros. Viajaba siempre constreñida para evitar el contacto.

El viaje va a ser largo, tendrá que esperar unas horas en Barcelona para empalmar con el TGV para Lyon. Sería más rápido en avión, pero le aterra volar. No es natural andar por los aires sin un suelo bajo los pies.

El ajetreo de los pasajeros se va calmando, el tren se mueve.

Se pone los auriculares para escuchar su playlist relajante de sonatas para piano.

Tendrá tiempo de sobra para repasar por enésima vez su ponencia. Abre  el Prezi en su Mac Book: “La cibermetría en la recuperación de la información”. No está muy segura del color de la fuente. Tiene que estar perfecto, en Sothis confían en ella para ganar la partida a Accenture, tiene que estar a la altura.

Levanta un momento la vista, por la ventanilla se ve el reflejo de la luna en el mar, hace una noche casi luminosa.

Recuesta la cabeza y deja ir su mirada hasta el horizonte.

Un traqueteo violento y ruidoso la obliga a volver a la realidad.

No logra explicarse lo que está sucediendo. De pronto el vagón está abarrotado, hay gente, bultos, atados, amontonados por el suelo y los asientos… ¿de madera?

Hace un frío cortante, las ventanillas no cierran bien y por las rendijas se cuela un aire helado y mezclado con carbonilla.

Parece el decorado de una película de guerra, hay bastantes soldados, con los uniformes desgastados, ajados, sucios, parecen… ¿milicianos de la república?

Se mira las manos, se palpa la ropa, ella también está sucia, apesta.

Un soldado se dirige a ella, amistoso, confiado…

—¡Eh! ¡Mika! ¡Mikaela! ¿Queda todavía un poco de vino? Acerca la bota, a ver si se lleva este frío.

Elisa sacude la cabeza, se restriega los ojos. ¿Cómo Mikaela?

Le resulta increíble, pero todo le es extrañamente familiar. Se sorprende a sí misma buscando con seguridad en el atado que tiene bajo el asiento.

—¿Eh? Sí, a ver, todavía queda algo por aquí y unos “taruguillos” de queso de los que me echó madre. Y… pan, no, pan ya no queda.

—Lo que sea, bueno será ¡Gracias camarada! ¡Aurora! ¡Vente para acá a echar un traguillo!

—Veremos qué pasa al llegar a Barcelona, dicen que hay miles de personas intentando salir para Francia. Y todavía no está claro si van a dejarnos pasar.

—No queda otra, nos vienen pisando los talones. Tendremos suerte si nos libramos de un bombardeo antes de llegar.

Mikaela se siente aturdida.

—¿A qué día estamos?

—Pues si no me equivoco estamos a 10 de Enero.

—Sí, pero ¿de qué año?

—¡Coño Mikaela! ¿Estás bien? Pero… ¿Qué año ha de ser? El puto año 1939.

—Me había quedado dormida. Estaba soñando. Se oía una música… como de piano… ¿sabes?

—¡Ay, Mikaela! De vez en cuando te sale la “señorita” que llevas dentro. ¿Piano? Hace tiempo que por aquí solo se escucha una música.

—¡Hey, Marcial! Anda arráncate una jotica que la camarada se nos ha puesto romántica.

—¿Eso no es el Ebro? ¡Venga, vamos, tírale! “Aunque nos quiten el puente, y también la pasarela, nos verán pasar el Ebro con un barquito de vela”


Pasaron la noche ahogando el frío y el miedo, entre risas y canciones. Al amanecer ya se adivinaban entre brumas las primeras casas de Barcelona. Se fue haciendo el silencio. El tren avanzaba despacio, como con cautela. Por fin se fueron dibujando los andenes.

Apenas quedaba espacio para apearse, cientos de personas descansaban derrotados sobre sus bultos y maletas, esperando un hueco casi imposible en el tren de Port Bou.

—Quedaos aquí con los trastos, no os mováis, yo voy a ver si me entero de cómo funciona ésto y vuelvo a buscaros.

Se acomodaron en el suelo, apoyados unos con otros. Mikaela se recostó sobre Marcial, sujetando en el regazo su atado con las cuatro cosas que le eran tan preciadas. No pudo evitar que el sueño la venciera.

La despierta una vibración suave en su muñeca. Se sorprende al encontrarse frente a un café con leche humeante y un cruasán. Levanta la vista, a su alrededor todo está limpio y despejado. En el regazo su maletín con el Mac Book. Se lleva la mano a la cara, ¡Ah! Sí, la mascarilla, sí.

Por los altavoces de la estación anuncian la llegada del TGV procedente de Lyon. En el panel de salidas ya se anuncia la suya, dentro de 40 minutos, en la vía 2.

Todo sigue el horario previsto, todo en orden, pero no sabe bien por qué algo ha cambiado en ella, es como un desgarro doloroso y alegre a un tiempo, como si la vida latiera con más fuerza, como si su piel se reconciliara con el aire, como si su cuerpo se abandonara, como si se le hubiera despertado el deseo dormido.

Adivina la sonrisa del camarero en el brillo de sus ojos, por encima de la mascarilla. Por primera vez en muchos años, le devuelve una sonrisa franca.

—Que tenga usted buen viaje, señorita.

—¡Muchas gracias y buen día!

 

Comentarios