MITJA FANECÀ
TAREA: Escribir un relato con el final y la libertad que queramos, dando a los personajes el carácter que veamos dentro de esta situación:
A sus 90 años, el “Ti” Albert sigue levantándose, como cada uno de los días de su vida, con las primeras luces del alba. Sube caminando hasta el mirador del río Gorgos, que está frente a su “planet”, y se sienta en los banquitos a esperar que el sol despunte por el horizonte de la sierra. Dice que desde allí se “sent la mar” y que “eixe es el seu privilègi”.
Todos los días se ocupa de su pequeña huerta, sus almendros y sus cerezos. No llega a “mitja fanecà” pero es lo que le da la vida.
Andreu el dels “botixes” también tiene sus ojos puestos en el mismo horizonte. Desde hace un tiempo está viendo salpicarse el valle de pequeños hoteles y restaurantes. Parece que el turismo ya no mira solamente al mar. Se ha ido haciendo con todas las huertas que lindan con el mirador. Será un hotel pequeño, pero de lujo y con spa. Solo le faltan las del “Ti” Albert, justo las que están en primera línea.
—El abuelo este de los cojones me está jodiendo ya más de la cuenta. Con razón le llaman el “lleteta”. Va y me dice que me espere, que ya le queda poco. ¡Veas tú! Total para cuatro mierdas de tomateras.
—Porque tú quieres Andreu. Eso te lo arreglo yo en un pispás.
—Si, ya me dirás cómo.
—El cómo a ti ni te importa. Te lo dejo barato: Tú me das la contrata de carpintería metálica y yo te consigo lo del abuelo.
—Miedo me das, pero…¡Hecho!
Aquella mañana le costó levantarse; la casa estaba fría, el día casi no conseguía abrirse paso, entre nieblas y nubes. Pero no podía faltar a su cita, era como si así le ganara tiempo al tiempo.
Bajó como siempre por el carrer del Forn. Le extrañó escuchar el motor de un coche, normalmente estaba solo a esas horas. Al llegar al cruce del Ravalet algo se le vino encima. Sintió un golpe fuerte y seco, como si vinera de fuera. Después la oscuridad se fue cerrando sobre él.
Pere, el pastor, había sacado a las ovejas justo un momento antes. Lo había visto todo, habían estado a punto de llevarse a uno de sus perros por delante. Se acercó corriendo. De sobra sabía quién estaba allí en tierra.
—¡”Ti” Albert! ¡”Ti” Albert! ¡Llamad a una ambulancia!¡A la Guardia Civil! ¡Creo que no respira!
Bajaron varios vecinos alarmados.
—¿Cómo ha sido?
—Ha bajado un coche como una exhalación por el Ravalet y se lo ha llevado por delante. Creo que le ha pasado por encima, porque lo he visto dar tumbos, casi atropella también a mi “Bandit”, porque ha saltado, que si no…
—Qué raro, a estas horas alguien con tantas prisas por aquí. ¿No se habrá dado cuenta de que lo ha atropellado?
—¿Cómo no se va a dar cuenta? No te digo que lo he visto dar tumbos.
—¿Has podido ver quién era?
—No, pero era un Peugeot 5008 color azul marino. Como un tanque. Tenía la matrícula embarrada, no la he podido ver. Pero hay algo…
En ese momento llegó la Guardia Civil.
—A ver, apártense. ¿Qué ha pasado aquí?
—Creo que no hay nada a hacer, mi sargento.
—Ha pasado un coche a toda velocidad y lo ha arrollado. Yo lo he visto todo. Era un Peugeot 5008, como un tanque. Ha pasado de largo y se ha esfumado en unos segundos. Como si nada.
—¿Ha visto la matrícula?
—No, estaba como embarrada.
Llegó la ambulancia, casi media hora después. Tarde, muy tarde, como siempre. Nada se pudo hacer.
—No podemos mover el cuerpo. Habrá que esperar que venga el juez para el levantamiento.
Cubrieron a Albert con una de esas telas brillantes. Se hizo el silencio entre los vecinos.
Pere fue a recoger sus ovejas, pero no lograba quitarse de la cabeza aquellas pegatinas que había visto en el coche. Le habían pasado delante de sus ojos como un flash, pero las había reconocido: El ciervo de la federación de cazadores y el escudo de la de tiro olímpico. Solo había una persona en Alcalalí además de él que pudiera tenerlos: Braulio, el de la carpintería.
Pasó el día dándole vueltas, intentando explicarse lo que había pasado.
No sé…¿Se habrá asustado y no se habrá atrevido a detenerse? Pero ¿Dónde podía ir Braulio tan deprisa a esas horas? Bueno, igual estaba de vuelta, igual había bebido, sí, puede ser, es un ficha. No sé qué hacer. Pero… estoy seguro. Tenía que ser él. Mmmm, creo que voy a acercarme por su taller, para cerciorarme de su coche.
En el taller estaba aparcada la furgoneta de la carpintería. Ni rastro del coche. Entró. Braulio estaba hablando con el Andreu.
—¡Buen día Braulio y compañía!
—¿Qué se te ofrece?
—Quería que me hicieras un presupuesto para un ventanal. ¿Te puedes pasar por mi casa para verlo?
—No sé, voy muy liado. Igual me paso a la noche, cuando termine. Es por el Ravalet ¿No?
—Sí, el número 17. Por cierto, ¿os habéis enterado de lo que ha pasado esta mañana?
—¿Esta mañana? No, no sé nada.
—Alguien ha arrollado al “Ti” Albert y lo ha matado. Y el tío se ha dado a la fuga. Todo delante de mis narices.
—Pues no, no sabía nada, cuánto lo siento.
Braulio bajó la mirada y desvió la cara, sin darse cuenta. Lo suficiente para Pere. Le extrañó el silencio de Andreu que se quedó como pasmado.
—Bueno, te espero luego. Ya hablamos.
Se acercó a la casa de Braulio y se encaramó a la puerta del jardín. Sí, allí estaba, el coche azul, ahora completamente limpio, y con sus dos pegatinas.
Al llegar al cuartel de la Guardia Civil vio salir a Andreu -también es casualidad- pensó.
—Vengo a informar de algo relacionado con el accidente de esta mañana.
—Pase, el sargento Barona le atenderá.
Explicó todo lo que sabía, sorprendido de que el sargento pusiera en duda todas sus palabras.
Le cayó encima una lluvia de preguntas que lograron confundirle.
—Como usted comprenderá no podemos detener a una persona por tener un coche azul y llevar unas pegatinas de un club de caza. Pero bueno, no se preocupe, lo tendremos en cuenta en la investigación.
Un año más tarde se inauguró el Hotel Vall-Spa. Todo el pueblo se acercó a la fiesta que dieron en el mirador. Pere no se sorprendió al ver el Peugeot 5008 aparcado, ni a Braulio brindando con Andreu y el sargento Barona.
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