MOVER A LA PAPELERA

 TAREA:  A partir del esquema de una situación en un campo de refugiados y de unos personajes predefinidos, desarrollar el relato desde el punto de vista de uno de ellos.


Amanece en Moria. Los primeros rayos del sol intentan deshacer la bruma turbia y espesa que cubre el campamento como si el aliento de todos no se atreviera a escapar.

A Naim le gusta ese momento. Es como una tregua de silencio, apenas rota por el llanto de algún niño.

Suele ser un momento de paz antes de iniciar la rueda de interminables horas de espera.

Esa noche, como tantas otras, después de que empezaran los bombardeos allá en Idlib, no ha conseguido dormir. Apenas alguna cabezada entre sobresaltos.

El tiempo pasa despacio escuchando la respiración de Rim y de los niños, entrecortada, salpicada de quejas y escalofríos.

Pero esta no ha sido una noche más. Hay algo que le quema por dentro.

Vuelve a mirar una y otra vez esa fotografía que, todavía no sabe muy bien cómo, se atrevió a tomar anoche.

Por la noche, podía ser peligroso ir hasta los baños. Era más fácil ir al arroyo que pasaba por fuera, no muy lejos de su tienda. Escuchó un ruido de golpes entre los árboles, como de una pelea. Le llamó la atención el silencio. Se acercó escondiéndose entre los matorrales. No había mucha luz pero distinguió claramente el Keffiyeh de Abbas. Le habían tapado la boca con el pañuelo y lo sujetaban dos hombres de la seguridad del campamento, mientras el otro le golpeaba. Le pareció reconocer a Vasilios. No fue capaz de acudir en su ayuda, ni siquiera de esperar a que los hombres se fueran, solo pensó en escapar, pero, antes, tomó aquella foto con su móvil.

Ha pasado las horas preguntándose qué habrá sido de Abbas, pero sin moverse de la tienda.

Ahora se pregunta qué va  a hacer. Cualquier paso en falso puede costarle muy caro a su familia. No está él solo.

No ha servido de nada el cambio en la dirección del campo, al contrario, desde que ha llegado ese tal Kyriazis la tensión se ha hecho insostenible.

Todo son normas absurdas y controles ¿Cómo pretende frenar así nuestra desesperación?

Colas interminables para el agua, para el baño, para la comida, la angustia cuando se hace evidente que no llega para todos. El miedo y la ira se desbordan, se descargan incontrolados, por cualquier cosa: el puesto de la fila, el último pan…

Abbas había sabido recoger el sentir de todos, por eso le seguimos en la protesta durante la visita del Alto Comisionado.

Les ha puesto en evidencia ante Naciones Unidas. No se lo han perdonado.

Un griterío que sube desde la zona del hospital le saca de sus pensamientos.

—¡Es Abbas! ¡Abbas! ¿Escucháis?

Se acerca corriendo al grupo de hombres que llevan a Abbas sobre una manta.

—¿Qué ha pasado?

—Lo hemos encontrado en un charco de sangre cerca del arroyo. Todavía respira.

El grupo corre hasta las puertas del hospital. Hay que esperar.

—Parece que se han ensañado con él.

—Los de seguridad dicen que debe haber sido un atraco para robarle el móvil.

—¿Alguien se lo va a creer? No hace falta semejante paliza para hacerse con un móvil.  ¿A que no, Zayd?

Todos ríen. Zayd les increpa puño en alto.

—¡Quieto león que no va contigo!

—Además, demasiada casualidad ¿no? Justo dos días después de la revuelta.

—¿Qué queréis decir?

—Pues que esto parece una advertencia.

—¿Creéis que se la van a jugar de esta forma?

Naim se mantiene al margen, en silencio, conteniendo las lágrimas que le han brotado sin querer al ver el cuerpo destrozado de Abbas.

No puedo creer cómo pude huir anoche y abandonarle. Tal vez si hubiera intervenido se hubieran frenado. Podría al menos haber esperado y haberle atendido de inmediato. Sé perfectamente las horas que ha estado ahí tirado en el suelo, las he contado. ¿Cómo pude escapar de esa forma tan cobarde? ¿Cómo he sido capaz casi de ignorar lo que había visto?

Sí, sí, sí, los papeles, la familia, los niños, el futuro soñado en Alemania. ¿De verdad son ellos los que me preocupan o es solo puro miedo, maldita cobardía?

La gente se ha ido acercando. Todos esperan la información de los médicos. Siente como las conversaciones van subiendo de tono, pero él no logra enterarse de lo que están hablando, solo escucha su propia voz que le martillea hasta herirle las entrañas.

¿En qué me he convertido? No me queda ni un atisbo de dignidad. ¿Dignidad? ¿Pero qué digo? Ni tan siquiera algo de humanidad.

Y esta maldita foto ¿Para qué la hice?

Aquí en mi bolsillo tengo la clave para aclarar todas las dudas y sospechas que sobrevuelan el campo. Solo tendría que mostrarla para que prendiera el fuego.

¿Y qué pasaría entonces? La revuelta sería incontenible, intervendría la policía. No quiero imaginar las dimensiones que cobraría la violencia desatada.

Podría esperar un tiempo y denunciar lo ocurrido ante cualquier ONG o pasarle la foto a algún periodista.

¿Esperar un tiempo? ¿Qué sentido tiene? Excusas, de nuevo.

Los médicos, por fin salen a informar. Abbas está grave pero han conseguido salvarle, tiene la mitad de sus huesos rotos y varias hemorragias internas, se supone que, como es fuerte y joven, sobrevivirá.

La gente salta de alegría, el ululeo del Zaghareet recorre todo el campo.

Aunque ha respirado al escuchar la noticia, no consigue alegrarse, piensa que tal vez ya nunca pueda sentir alegría.

Sumergido en su dolor, no se ha dado cuenta de que Rim se ha acercado con los niños, su pequeña Zahira le coge la mano y le sonríe. Sin poder evitarlo le invade la ternura. Se limpia las lágrimas y la levanta en sus brazos.

Busca el móvil en su bolsillo.

Mira la imagen por última vez con el corazón encogido… Sí… mover a la papelera.

 

 

 

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