INSPIRACIÓN

 TAREA: Escribir un relato partiendo del microrrelato de un compañero. Tener en cuenta los tres planos: general, segundo y primero. Trabajar la voz narrativa, el enfoque y el tono.


“Quien busca donde no debe, encuentra lo que no quiere”

Ella me lo había advertido alguna vez, hace tantos años, cuando me pillaba curioseando rincones por la casa.

Ahora, que ya se ha ido, me cuesta atravesar la frontera de su intimidad. Me acuden sus palabras y me siento pequeña y culpable.

Siempre supe que guardaba secretos en su mirada. La veía marchar muy lejos, sentada en su mecedora, contemplando los atardeceres o las estrellas en la noche. La imaginaba soñando pasados más felices.

Él no era fácil. Huraño y receloso, imprevisible. En cuanto se escuchaban sus llaves en la cerradura, la tensión se instalaba en la casa.

Ella era toda bondad, amable, cariñosa, sonriente. Sufridora eterna de su mal carácter. Siempre sacrificada. Todos lo decían.

Comprendía su deseo de escapar.

A pesar del inevitable desasosiego de vivir en medio de aquel campo de batalla, no era difícil tomar partido.

En fin, ahora los dos se han ido. Demasiado pronto. Como si tuvieran prisa.

Ahora su historia me pertenece.

Abro con cuidado la persiana de su escritorio. No hay muchas cosas. Sus gafas, su reloj, la cartilla del banco, sus documentos… nada especial.

En el último cajón, un montón de fotos desordenadas, en las que alguna vez ya había escarbado.

En algunas aparece mi madre con personas desconocidas, que seguirán siéndolo porque ya no podré preguntarle.

Debajo de todo, cubierta por varias fotos más grandes, encuentro una carpeta. La abro con cierto temor.

Lo primero que me salta a las manos es un retrato dedicado de Ricardo, el amigo fotógrafo de mi padre, el que hizo las fotos de su boda y de todos los acontecimientos familiares.

“Para Irene, mi inspiración. Con todo mi cariño.”

No logro salir de mi asombro cuando aparecen un montón de fotos de estudio de mi madre ¡desnuda!, de mi madre todavía joven, todas ellas marcadas con el sello de “Foto-estudio Ricardo Bellver”.

Me cuesta mirarlas. Me da vértigo imaginarla mostrándose así, abiertamente sensual y deseable a los ojos, por otra parte tan familiares, del “tío” Ricardo.

No logro reaccionar. Cierro la carpeta y me quedo allí, sentada en su cama, pierdo la noción del tiempo.

Me van asaltando imágenes, detalles, encuentros, inconscientemente guardados, sin duda marcados por un aura de extrañeza, por una cierta inquietud.

Voy encajando algunas piezas que explican por qué no me es del todo extraño aquel descubrimiento.

Necesariamente tengo que pasar página. Hay que vaciar la casa. Voy guardando en unas cajas las pocas cosas que quiero conservar.

No sé bien qué hacer con aquella carpeta que ha acabado en un abrir y cerrar de ojos con todas las certezas de mi vida.

¿Romperla? ¿Quemarla? Nada puede detener una verdad cuando se dispara así de certera.

La coloco al fondo de una caja con las fotos encima, más o menos en el mismo orden en que ella las tenía, y la dejo allí sumergida debajo de la historia familiar.

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