MI ABUELO MANUEL

 TAREA: Crear un relato con la primera persona de narrador- testigo, un yo que se involucre en la narración solo como testigo, no más, pero que se vaya intercalando en ella. 

Prendidos de palabras cargadas de afecto nos llegan los hilos de nuestra historia y con ellos vamos tejiendo el entramado de nuestra identidad. A veces son sutiles señales, otras vienen con la fuerza de un mandato.

Aunque no llegué a conocer a mi abuelo, su presencia sobrevoló mi infancia cobrando forma a través de cientos de anécdotas, narradas siempre entre la admiración por su espíritu independiente, irreverente y libertario y el reproche por su egocentrismo y su falta de cordura, difíciles de sobrellevar para los que dependían de él. Todo ello me fue llegando a retazos, pillados aquí y allá, velado por ese infructuoso afán de mantener impoluta la memoria, que suele caracterizar a las familias.

Su origen ya venía envuelto en misterio. Su padre había caído en la guerra de Cuba. Después supe que, en realidad, había aprovechado para desaparecer, después de perder en el juego todo lo que tenía. A su madre, viuda muy joven, con un niño pequeño, la habían acogido unos tíos que no tenían hijos y se lo habían dejado todo.

Él terminó brillantemente la carrera de medicina. Pero cuando llegó la hora de ejercer le pareció que tener la vida de otros en sus manos era una responsabilidad inasumible.

Me faltan datos para explicar cómo surgió en él la pasión por los libros. Los veneraba más allá del interés literario. Consiguió que su madre vendiera todas las tierras para instalarse en Valencia e invertirlo todo en una librería de lance.

Aquella librería era un laberinto formado por montañas de libros cuyo orden solo él conocía.

Cuando le pedían algún ejemplar, sopesaba previamente si quería venderlo, si el cliente merecía llevar consigo algo tan valioso y, en tal caso, sumergía su mano en la pila correspondiente y lo sacaba como un mago de su chistera.

Siempre lo he imaginado inmerso en una nube compuesta a medias del humo del cigarro puro y del polvo de siglos que se desprendía de las páginas de los libros en los que se perdía cada noche hasta que caía vencido por el sueño. Toda su ropa de cama y los guantes con los que se protegía las manos del frío inclemente de aquella casa terminaban chamuscados.

Cuando surgía la oportunidad de comprar una biblioteca interesante, no dudaba en empeñar lo que hiciera falta.

Republicano, anticlerical y federalista, amigo de Blasco Ibáñez, era asiduo de las tertulias del Café de España, del Ideal Room y del León de Oro. Más provocador que romántico también le gustaba reunirse en el cementerio para conversar de losa a losa y maldecir de la iglesia y los reaccionarios.

Es difícil imaginar de qué forma conoció a mi abuela, de familia burguesa, aristocrática venida a menos, tradicional, religiosa y puritana. Siempre perdida en sus fantasías de pretendientes que la rondaban susurrándole poemas, de vestidos, bailes, valses y polkas. De alguna forma logró arrebatarla y casarse con ella. Tal vez fuera el más sincero y el más canalla.

Tuvieron cuatro hijos que sin duda fueron concebidos entre lamentos y avemarías.

Le divertía su mojigatería y le gustaba escandalizarla:

—Te doy dos pesetas si dices “puñetas”.  Pero bien fuerte que lo oiga tu madre.

Le importaban un bledo los dimes y diretes de la pacatería valenciana en la que ella se desenvolvía y le encantaba ponerse en evidencia. No se preocupaba mucho de su aspecto, solía ir desaliñado y condecorado de lamparones. Especialmente en días señalados como la Virgen o el Corpus, en el que salía de su casa en la Calle de Caballeros en mitad de la procesión con su ropa más vieja y se dirigía a las mujeres que estaban esperando en sus “cairetes”:

—¡Vaya cuadrilla de beatas de mierda!

No se perdía un espectáculo del Bataclán y tenía una querida con la que no se privaba de pasear cogida de su brazo, ocasionando más de un desagradable encuentro.

Era en todo excesivo, igual escatimaba para el pan de cada día, que aparecía a las doce de la noche cargado de fiambres, embutidos y pasteles comprados en Barrachina de vuelta de vete a saber dónde, despertando a toda la familia para un festín improvisado.

Para él lo más importante era la independencia y la cultura.

—¡Demonios! en este país, de cultura, solo tenemos el “cul”.

Puso todo su empeño en que tanto sus hijos como sus hijas tuvieran estudios universitarios. Contra viento y marea consiguió que su hija mayor estudiara farmacia aunque tuviera que hacerlo acompañada de su madre.

Su mayor pesar fue que su hijo, después de estudiar medicina, se hiciera militar de carrera.

Su hija pequeña, mi madre, estudió magisterio en el Plan Profesional de la República. Expedientada por el franquismo, se refugió en la librería, con él, tratando de poner orden en aquel mundo imposible, que pasó a ser el escenario de mi infancia.

Murió relativamente joven por pura rebeldía. Nunca hizo caso de su diabetes. No estaba dispuesto a perderse ningún placer de la vida por esa tontería. Ni siquiera se curó aquellos arañazos que se hizo al caer de la escalera.

Cuando lo descubrieron ya era demasiado tarde.

Mis oídos de niña trataban de desentrañar el mensaje escondido detrás de aquellas historias que me llegaban en un tono distinto según el narrador.

Mi abuela apenas lo mencionaba, sin duda todavía conservaba el orgullo herido.

Los demás trataban de rescatarle de algún modo sin dejar de traslucir resquemor: era muy culto, era buena persona, les dejaba los libros a los que no podían pagarlos, se empeñó en que todos estudiáramos sin hacer diferencias…

Mi madre, sin embargo, le recordaba con cariño, con una sonrisa benevolente. Sin duda admiraba y tal vez envidiaba su osadía, su alegría, su ansia por vivir.

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios