GISÈLLE

TAREA: Crear un relato con la primera persona de narrador-testigo. Un yo que se involucre en la narración solo como testigo, no más, pero que se vaya intercalando en ella.

 

No es de extrañar encontrarse en el Ensanche un muestrario de personajes curiosos, viejas glorias ancladas a un pasado tal vez esplendoroso que se niegan a dejar atrás. Aunque suelen despertar nuestra imaginación, nada sabemos de ellos. Forman parte del paisaje cotidiano y a veces solo llegamos a notar su existencia cuando dejamos de verlos.

Está el viejo galán, siempre impecable en su terno años 80, que toma su vermú cada día en el barecito de la esquina. Las dos ancianitas con sus minifaldas “Mary Quant” con los años atrincherados entre maquillajes, colorines y lentejuelas o aquel cantautor de barba y melena irredentas que toma el sol en su silla de ruedas y se alegra cuando le sonríes, pensando quizá que todavía alguien le recuerde.

Y luego está ella.

Es difícil calcular su edad. Lleva un bastón en la mano, pero si se apoya en él lo hace levemente, se diría que es más bien un adorno. Sin duda ha sido bailarina de ballet clásico, su espalda se mantiene erguida, su frente “relevé” y su paso “tendu” apenas roza el suelo. Viste un elegante abrigo largo con un foulard y un sombrero “cloché”.

Lo primero que me llamó la atención fue su porte, su mirada siempre alzada y perdida a lo lejos.

Luego empezó a extrañarme la frecuencia con la que se cruzaba en mi camino, hasta hacerme consciente de que, en realidad, cualquiera que fuera la hora en que saliera de casa o el lugar adonde se dirigieran mis pasos, en algún momento de mi itinerario, ella estaba allí. Nunca demasiado cerca. En la otra acera, al otro lado de la plaza, a lo lejos, al final de la calle. Su figura siempre inconfundible.

No me parecía posible que una persona de edad avanzada se pasara el día dando vueltas, sin importar la lluvia, el frío o el calor de las tardes de agosto.

Llegó a intrigarme, incluso a inquietarme. En cuanto pisaba la calle estaba pendiente de encontrarla. Y más pronto o más tarde se cruzaba conmigo.

En varias ocasiones seguí sus pasos tratando de averiguar dónde vivía y tal vez quién era. Todo fue inútil, siempre terminaba desistiendo después de peinar las calles detrás de ella durante un buen rato. Era imposible sostener su ritmo solemne.

Una tarde la encontré cuando ya estaba oscureciendo. Pensé que se retiraría pronto y la seguí.

Me llevó hasta el Teatro Principal. Estaba cerrado, esa noche no había función. Se detuvo por unos instantes delante de la puerta y se dio la vuelta. Me miró fijamente. No sé si lo hizo voluntariamente, pero dejó caer un papel al suelo, como un folleto. Me acerqué para ayudarla a recogerlo y, en ese momento, la vi desdibujarse, como si se deslizara a través de los cristales. Me acerqué desconcertada. Recogí el folleto amarillento del suelo. Lo desplegué. En el centro aparecía la ilustración de una bailarina en un vuelo imposible. Se trataba de un programa de mano del mismo Teatro Principal. Anunciaba una representación de “Gisèlle” por los Ballets Rusos de Sergei Diaghilev. Los intérpretes: Nijinsky y Tamara Karsávina. ¡El 25 de abril de 1918!

Son muchas las cosas que a lo largo de la vida vamos almacenando en el baúl de lo inexplicable, achacándolo casi siempre a nuestra ignorancia, pero aquello rompía toda lógica conocida. Llegó a hacerme dudar de mi salud mental. Pensé que era una alucinación, que únicamente yo la veía.

Pregunté a mis vecinos.

—Sí, claro, por aquí la llamamos la “Duquesa” por lo tiesa que camina y mirando así como por encima -me dijeron los del bar.

Eso me tranquilizó en parte. Y, en cualquier caso, solo me quedaba aceptar la evidencia.

Gisèlle ha pasado a formar parte de mi cada día. Nos cruzamos sin mediar palabra ni gesto ni mirada, pero, por unos instantes, acoplamos el paso con otra calidez.

Después de todo ningún mal se desprende de ella.

Hay otros interrogantes sin respuesta que, sin lugar a dudas, resultan mucho más dañinos.

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