MANITAS DE PIANISTA
TAREA: Crear un relato que trate algo extraño o fantástico como normal y cotidiano, incluso ridiculizado y despreciado.
“Tiene manitas de pianista”. Nadie podía evitar
hacer un comentario al ver aquel recién nacido con esos deditos tan largos y
saltarines.
Mamá enseguida se dio cuenta de que era diferente.
Cuando le sostenía en brazos él le exploraba los rasgos de la cara, siguiendo
sus contornos, y emitía una vibración sutil al contacto.
Cuando alguna cosa le llamaba la atención cerraba
los ojitos y disfrutaba recorriendo con las yemas de sus dedos cada nueva
forma, cada textura.
Consultaron con los médicos, pero no encontraron
ninguna anomalía y no supieron darle explicación.
En la medida en que fue creciendo desarrolló una
especial sensibilidad con las pantallas, los teclados y todo tipo de
superficies táctiles. Le obedecían como si fueran una prolongación suya. Era
capaz de ejecutar con cada uno de sus dedos secuencias de comandos en diferentes
aparatos de forma simultánea, incluso de escribir varios textos al mismo
tiempo.
No se sabe qué fue primero, pero la excepcional
destreza de sus dedos no le hacía sombra a su extraordinaria mente multitarea.
Sus padres, conscientes de su potencial, no
escatimaron esfuerzos en proporcionarle un entorno estimulante. La casa en sí
fue convirtiéndose en una red de pantallas sensibles donde llegaba a ser
difícil diferenciar el mundo real y el virtual.
Intentaron que se adaptara a la escuela, pero no
hubo manera de encajar sus habilidades digitales en aquel reducto analógico.
Con todos los inconvenientes que implica ser
diferente, su vida fue transcurriendo con cierto sosiego hasta llegar a la
pubertad. Su cuerpo despertó a su debido tiempo y se fue volviendo
convenientemente desgarbado y zangolotino.
No hay nada más poco armonioso que un adolescente,
por eso, al principio, no les preocupó demasiado la desproporción entre el
crecimiento de sus dedos y el resto de los huesos, al fin y al cabo siempre
había tenido los dedos largos.
Pero aquello no dejaba de crecer. Al final de aquel
verano de los dieciséis su índice llegó a medir 20 centímetros.
Casi más que la longitud llamaba la atención la
manera en que parecían tener vida propia, cada uno centrado en una actividad
diferente.
Poco a poco se fueron convirtiendo en un problema para
desenvolverse con soltura por la vida. Ya casi le llegaban al suelo y se le
iban enredando al caminar. Le costaba mantenerlos recogidos y cuando los
desplegaba, la gente huía despavorida, como si vieran a un ser de otra galaxia.
Los chiquillos de la calle le desafiaban desde
lejos:
-
¡Gabriel! ¡Eh, Gabriel! ¡Enséñanos tus manos!
¡Gabrie-el!¡Gabrie-el!
Él trataba de ignorarlos hasta que le acorralaban.
Sabía que no pararían hasta que las mostrara. Entonces las sacaba despacio de
los bolsillos y todos salían corriendo.
- ¡To-ooma! ¡Mira! ¡Ostia! ¡Corre tío! ¡Que mal
rollo!
De nuevo consultaron con los especialistas más
eminentes para ver si era posible detener aquel crecimiento incontrolado.
Después de todo tipo de análisis y exploraciones solo les ofrecieron una
solución tan torpe como expeditiva: la cirugía.
A sus padres les pareció un crimen segar de esa
forma lo que consideraban un valioso don.
Entretanto aquello despertó interés entre los
científicos y llegó a ser objeto de investigación al más alto nivel. Tal vez él
fuera el nuevo eslabón en la cadena evolutiva: Un paso adelante hacia el nuevo
“homo virtualis”.
Lamentablemente ningún estudio genético logró
encontrar esa supuesta mutación que sería una vuelta de tuerca para el futuro
de la humanidad.
Por fin el tema llegó a oídos de una multinacional
tecnológica que supo ver de inmediato el potencial publicitario de sus manos.
-
¡Vive la experiencia multipantalla!
-
¡Multiplica tu poder!
-
¡Todo un mundo de sensaciones a tu alcance!
Por un tiempo aquellos dedos deslizándose
vertiginosamente sobre infinitas pantallas llegaron a ser un mito entre los jóvenes.
No era un producto de diseño informático ¡Era un
ser humano real!
Se inundó el mercado de merchandising e incluso llegaron
a fabricar un juguete con dedos articulados que fue el “top ventas” de las
navidades.
Los adolescentes empezaron a utilizar un gesto
imitando su peculiar forma independiente de moverlos que llegó a ser un icono
para toda una generación.
Pero todo es efímero para el mercado.
Exprimieron su imagen hasta que llegó a ser un
monstruo demasiado familiar.
La empresa consideró que podía aprovechar su
especial habilidad y decidió invertir formándole como procesador de “big data”.
Allí encontró por fin un mundo a su medida. Vivió
recluido durante años y desarrolló cientos de herramientas y aplicaciones,
investigó nuevas formas de conectividad, descubrió un interfaz que permitía a
los usuarios interactuar directamente con el pensamiento en los sistemas
informáticos.
Había conseguido hacer innecesario el uso de las
manos.
Nunca se detuvo a pensar las consecuencias que
aquello tendría. No se le ocurrió que podrían llegar a prescindir de él.
Pero la empresa hizo sus cálculos y le proporcionó
una “salida digna”. Al fin y al cabo había quedado obsoleto.
Desde entonces lo podemos encontrar vagando por los
parques, permitiendo que los pájaros se posen en sus ramas.
En cuanto se descuida, los niños le enredan cuerdas
o le tiran objetos:
¡Venga, Gabriel!¡cógelo!¡a ver si lo paras!
Y él, casi como en un juego, levanta los brazos y
despliega torpemente sus tentáculos que ya
provocan en ellos más risas que miedo.
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