OMAR

TAREA: Escribir un relato donde haya algún tipo de crítica o exposición social,  y/o filosófica. No ha de quedar señalado ni tendencioso. Se puede usar la ironía para establecer lo que se desea.

 

Se hace el silencio después de una larga noche de bombardeos.

La calle es un amasijo de ruinas, piedras y hierros retorcidos.

Solo se escucha el crepitar de los fuegos que siguen activos aquí y allá y, de vez en cuando, el estrépito de un muro que termina de derrumbarse.

Ahmed necesitaba salir a la calle. Son demasiados en casa de su tío Akram. Han tenido que abandonar a toda prisa el edificio donde vivían, solo han podido recoger algunas cosas, ni siquiera han tenido tiempo de pensar. Los han desalojado. Se temía que fuera un nuevo objetivo.

Había oído hablar a su padre y a su abuelo de la persecución que sufrieron cuando les expulsaron de sus casas y tuvieron que instalarse en el campo de refugiados, pero no podía imaginarse que él mismo viviría esta masacre.

Camina sin rumbo mientras respira el aire espeso y turbio del amanecer sobre el campamento de Shati.

Le parece escuchar el llanto de un niño. Sin duda es muy pequeño

¿Cómo podría descansar en medio del estruendo y el pánico?

Le parece que proviene de un edificio en ruinas. Se acerca, nada se mueve en lo que queda de la casa, apenas cuatro hierros de lo que fuera una ventana y una puerta desencajada que cuelga de los restos de la fachada.

El llanto no cesa. A veces se atenúa, pasa a ser un gemido casi imperceptible y al rato vuelve con rabia y desespero.

- ¿Hay alguien ahí?

Espera. Nadie responde.

Tiene miedo. Lo poco que queda de la casa puede colapsar y atraparle dentro.

No puede permitirse ignorarlo ¿qué valor tendría ya su vida si lo hiciera?

Tal vez tendría que pedir ayuda. A lo lejos se escuchan sirenas de ambulancias. Pero, no, no debe esperar más.                                                                             

Se detiene en el hueco de la puerta, tratando de acostumbrar los ojos a la oscuridad. El sol todavía está bajo en el horizonte y la luz no logra penetrar por los entresijos del derrumbe.

Se deja guiar por los gritos del niño que han redoblado su fuerza al escuchar sus pasos. Le parece tropezar con un cuerpo, es pequeño y ligero, de un niño también sin duda, lo palpa con sus manos buscando algún signo de vida, pero está frío e inerte debajo de un montón de escombros, ni siquiera logra moverlo.

Sigue acercándose. No puede distinguir bien lo que siente bajo sus pies. Se detiene en seco cada vez que escucha un crujido, esperando lo peor.

Está ya muy cerca, lo siente allí mismo delante suyo, abajo, en el suelo, pero no puede distinguirlo. Trata de avanzar pero algo se lo impide. Se agacha y extiende los brazos hacia la oscuridad intentando reconocer lo que le detiene. Es un cuerpo, sí, es el cuerpo de una persona adulta, vencido boca abajo, medio atrapado por una viga. Imposible moverlo. Lo recorre con sus manos, casi recostado encima, parece como si el llanto brotase de él. Por fin encuentra un hueco por debajo, como formando una cueva. Se estremece al sentir el calor de aquel cuerpo tan pequeño. Casi arrastrándose sobre la madre logra sujetarlo y sacarlo, como si volviera a salir de sus entrañas.

Lo sujeta entre sus brazos y las lágrimas se le atropellan en la garganta, pero no puede detenerse.

Es 15 de mayo, día de la Nakba, 73 años después de la ocupación israelí. Algunas familias conservan la llave de las casas que les arrebataron. Los balcones que todavía siguen en pie se despiertan adornados de banderas palestinas.

Una mañana luminosa se levanta sobre el dolor de la noche.

 

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