35.421 SERIE 36

TAREA: El relato para el lunes que viene, tiene como trama, esa vecina pesada y a la vez amable, que nos manda a recados, incluido comprobar si le ha tocado algo con su boleto de la once ( lo loto, o la lotería, lo que queráis) y sí, le ha tocado muchísimo. Ahora a ver qué hacéis con esos millones en la mano. Lo importante en este texto será el modo de contarlo (voces narrativas, cómo ir dando la información, la estructura temporal...) y el tono (comedia, tragedia, realista...)

 

35.421, serie 36. Xandro escribe una y otra vez el número en la página de la Once. Todas las veces vuelve a salir: “Enhorabuena, su cupón ha sido premiado con 15.000.000 de Euros.”

—No puede ser –se repite.

—A ver, sí, sí: Sorteo extraordinario del día de la madre, compruebe su cupón: 3,5,4,2,1,…serie 3,6…Enhorabuena, su cupón ha sido premiado con 15.000.000 de Euros.

Se levanta, da varias vueltas por la habitación, está sudando, el corazón se le desboca, le falta el aire. Después de la sorpresa, no consigue esquivar la pregunta:

—Y ¿Para qué le va a servir a Amelia esta barbaridad de dinero? ¿Qué podría hacer ella a sus 92 años con esto? Igual hasta le da un infarto, vete a saber.

—Pero ¿qué estás pensando Xandro? ¿Cómo se te ocurre?

—Sin embargo yo… podría dejar la maldición de Alcatel y dedicarme a mi sueño. Sí, sería actor. Bueno ¿qué digo? Podría hasta tener mi propio teatro.

No consigue pegar un ojo en toda la noche. Piensa que lo mejor, por el momento, es seguir la vida normal. Puede tomarse un tiempo. Ese día el trabajo le es más ajeno que nunca, apenas consigue concentrarse. Su cabeza no para, su corazón tampoco.

Al escuchar sus pasos de vuelta, Amelia sale al rellano.

—¡Qué bien que hayas llegado tan pronto hoy! Te he guardado cocido, con los tres vuelcos, como a ti te gusta, todavía está caliente.

—Gracias Amelia, no hay otro como el suyo en todo Malasaña. Pero no quiero que se canse.

—Déjate hombre, si a mí eso me da alegría, cansarme, me canso de mirar todo el día la pantalla boba. Además es lo menos que puedo hacer, con todo lo que me ayudas. Por cierto, ¿miraste ayer el cupón?

Xandro siente como si alguien desconocido hubiera tomado el mando dentro de él.

—Ah, sí, Amelia, se me había olvidado. Nada de nada, ni el reintegro, no ha habido suerte.

—¿Qué se le va a hacer? No podemos quejarnos. ¿Tienes el cupón? Es que me gusta guardarlos.

Xandro titubea. Amelia se da cuenta de que sus ojos la esquivan.

—Mmmm,… lo siento, no lo sabía,… lo tiré anoche con la basura.

—No te preocupes, anda llévate tu cocido, no te entretengas más, que los fideos se te van a hacer como un engrudo.

Xandro coge el puchero y cierra la puerta. Se queda apoyado, preguntándose cómo ha sido capaz. Pero está hecho. Ahora solo tiene que tener mucho cuidado.

—Sí, será lo mejor, ingresaré el cupón en el banco y, de momento, seguiré mi rutina, como si nada, Amelia nunca sospechará de mí.

Se había jurado cuidar de ella hasta el último aliento. Solo eso le permitiría sobrellevar el peso de la culpa.

Antes de salir para el trabajo, le subía el pan y los bollos recién hechos para el desayuno y se los dejaba en el pomo de la puerta, le hacía la compra, la acompañaba a pasear los domingos, se pasaba por las tardes a jugar una partidita…

—No quiero abusar de ti, Xandro. Vas a acabar harto de esta vieja.

—No se preocupe, Amelia, mientras yo pueda a usted no le faltará de nada. Además ¿Dónde iba a estar mejor?

Amelia no podía dejar de extrañarse ante aquel despliegue de atenciones.

Tal vez intencionadamente, buscando respuestas, o tal vez simplemente por el puro placer de ver cómo se desvivía, fue forzando los límites: Empezó a llamar a horas intempestivas, a interrumpir cuando sabía que estaba bien acompañado, a pedirle caprichos absurdos y encargos engorrosos o a fingirse enferma para que se quedara a velarla por la noche.

Sabía que tenía el control, que Xandro no podía negarle nada.

Cuanto más incómoda fuera su demanda, más descargado se veía de culpa.

No se había atrevido a tocar el dinero. Seguía trabajando en su odiada empresa de telecomunicaciones. Todos sus sueños estaban en stand-by.

Cuando todo se le hacía insoportable no podía evitar ese repiqueteo que le carcomía por dentro: “no puede durar ya mucho”.

Faltaban ya apenas unos días para su centenario, cuando, después de una gripe, empezó a entrar en un sopor del que apenas lograba despertar el tiempo suficiente para reclamar su presencia.

—Dame la mano Xandro, prométeme que no me llevarás al hospital, quiero morirme en mi cama.

—Como usted quiera Amelia, pero no va a morirse, tenemos que celebrar juntos sus 100 años.

—No, ya me marcho, por fin podrás disfrutar de lo que tanto esfuerzo te ha costado.

—¿A qué se refiere?

—Lo supe casi desde el primer día cuando vi aquella sombra en tu mirada. Pero a mí me salieron bien las cuentas: nunca nadie me habría cuidado como tú lo has hecho.

 

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