PEGGY

TAREA: Crear un relato con una estructura de "ratonera", es decir, mucha gente distinta atrapada en una situación algo claustrofóbica, donde los personajes se van conociendo de uno en uno y luego entre ellos. Cada uno esboza su personaje y lo hace evolucionar, después, una vez conocidos, los haremos interactuar entre sí. La historia ocurre en un pueblecito de la América profunda. Los personajes son:

El mecánico.
La amante del mecánico.
El adolescente aprendiz del mecánico (Supuestamente hijo de él o de ella)
El predicador vendehúmos.
La hija del predicador.


Menard es el centro de la nada. No importa hacia donde mires te pierdes en un pedregal infinito salpicado de árboles escuálidos. El río apenas es ya una huella de un agua que alguna vez debió correr. Un sol cegador e inclemente, que no invita a salir, se adueña de sus cuatro calles cada mañana.

Hasta la historia huyó de aquel lugar, dejando apenas unas ruinas que nadie se molestó en reconstruir.

Solo la autovía 83 justifica ya su existencia. Nadie se detiene allí si no es imprescindible: reponer gasolina, comprar algo de comer, o descansar una noche en el motel en medio de un largo viaje.

Solo hay algo en Menard que puede reconciliarte con la suerte, si se ha ensañado contigo llevándote hasta allí: el grandioso espectáculo de su cielo nocturno.

Hasta hace algún tiempo, cualquier noche hubiéramos podido encontrar a Peggy en el jardín de su Hilltop motel, sentada junto al bidón que sirve de barbacoa, mirando al cielo y tarareando la vieja canción de Goldie Hill “I let the stars get in my eyes”.

Perdiéndose en sus recuerdos de Austin, de sus noches en el Skylark. Cantaba bien, sí. Cómo le aplaudían su versión de “Just because I’m a woman” de Dolly Parton o su “Crazy” de Patsy Cline. Recordando esa mirada de Logan, que atravesaba el humo desde el fondo de la sala y le derretía los huesos.

¡Maldito Logan! Sí, esa mirada suya debió derretirle también los sesos para conseguir arrastrarla hasta aquel “no-lugar” e invertir todos sus sueños en aquel patético motel de carretera.

Cada noche se preguntaba en qué momento empezó a verlo difuminarse hasta desaparecer para siempre. Hasta para eso fue elegante, ni un mal gesto, ni una palabra más alta, apenas una sombra en su mirada y ¡puff! se esfumó sin dejar huella.

No recuerda ya cuánto tiempo estuvo esperando volver a verlo detenerse en la puerta, la chaqueta dejada caer sobre el hombro, ocultando su mirada bajo el ala del sombrero y dibujando aquella sonrisa que le arrebataba el alma.

Estaba atrapada en un sueño ajeno y olvidado, pero que llevaba su nombre y apellido en la firma de la hipoteca.

Sus vecinos, alarmados por el intenso olor a gasolina, la detuvieron cuando estaba a punto de incendiar el motel. Siguieron varios meses con la mirada perdida, repitiendo como un autómata los gestos de supervivencia de cada día. Por fin vino un llanto incontenible que consiguió aplacar las heridas.

Pero Peggy no era de las personas que tiran la toalla fácilmente.

Volvió a sentirse en su propia piel y se juró no haber dicho la última palabra.

Cada noche de sábado, cuando llegaba Isaiah para el turno de noche, ella rebuscaba entre sus viejas galas de Austin y aparecía deslumbrante en el Longhorn Saloon.

Cada noche, Samuel iba ganando terreno cerca de ella.

Le despertaba ternura ver cómo intentaba imitar a Logan con su Borsalino a lo Bogart y buscando su mirada entre la gente.

Realmente no tenía nada que envidiarle, Logan ahora, con unos años de más, sería más o menos como él. Y, además, ¿Quién pensaba ya en Logan?

Samuel era un buen hombre. Le gustaba verlo con su mono de trabajo, en la gasolinera. Cómo se ponía nervioso al verla y trataba de disimular la grasa de sus manos.

Hacía calor aquella mañana. Había salido a respirar. Llevaba horas en el foso destripando el Buick del viejo Marple. Vio salir a Peggy del motel. Pensó en May y en Semínole, su ciudad natal. Ser negro en el sur siempre fue peligroso. Sobre todo, si te enamoras de una mujer blanca. Había tenido que huir y dejarlo todo atrás. El frente le sirvió de refugio. Aprendió a arreglar motores y a no temerle a la muerte. Le rozó tan cerca que sintió su aliento putrefacto. Ahora la historia parecía repetirse. Inevitablemente todo le llevaba a Peggy.

Ella bajó del coche, llenó el depósito, le señaló el despacho con la tarjeta y le esperó dentro.   Llevaba un vestido corto cerrado con una cremallera por delante, Samuel no llevaba camiseta. Solo tuvo que apartar los tirantes y dejarlos caer, él tiró despacio de la cremallera.

No echó de menos el deseo loco de Logan. Se sintió bien, enredada en aquel cuerpo sólido, real, presente.

No cambió su vida. De ninguna forma volvería a hipotecar su libertad. No quiso hacer una costumbre de sus encuentros. Estaba bien esa certeza del otro, pero prefería dejar que surgiera la magia del momento.

Volvían del Longhorn, dispuestos a instalar su noche en la casita, junto a la gasolinera. Samuel miró al cielo, estaba seguro de que la tormenta estaba cerca. La vieja herida de guerra nunca se equivocaba.

Whyat estaba sentado a la puerta del self-service siempre observándoles en silencio. En el almacén, al fondo del taller, Samuel le había hecho un hueco para vivir cuando llegó un año atrás.

Vieron llegar un Dodge Durango negro echando humo como una vieja locomotora.

Frenó en seco en la gasolinera. Jordan salió del coche como alma que lleva el diablo.

—¿Es usted el mecánico? El maldito coche se ha estropeado y tengo que estar en Ballinger mañana a mediodía.

—Lo siento el taller está cerrado hasta mañana.

—Pero usted podría arreglarlo. Me esperan allí cientos de personas.

—Y lo haré, pero será mañana a primera hora.

Un relámpago iluminó el cielo y empezaron a caer gruesas gotas de lluvia.

—No, no, no, no puede ser, tiene que comprender que yo no puedo faltar a esa reunión. Esas personas necesitan escuchar mi mensaje de esperanza.

Samuel le miró y esbozó una sonrisa irónica.

—Ya veo. Bueno, abrimos el taller a las 8, le daré prioridad, no creo que tarde más de dos horas en repararlo. No le tomará más de una hora llegar a Ballinger, son solo 60 millas, todo autovía. Espero que su Dios no quiera ponerle ningún obstáculo más.

La tormenta arreciaba, la lluvia era ya una cortina espesa.

—¿No habrá otro taller por aquí?

—Ninguno al que pueda llegar con su coche.

—Ya veo que no tengo otra salida. Pero ¿dónde vamos a pasar la noche? Está también mi hija, justo es la primera vez que me acompaña.

Grace bajó del coche al ver que su padre la señalaba y se acercó con un gesto visiblemente contrariado.

—¿Qué pasa ahora?

—Ahora mismo no les aconsejo que vayan a ninguna parte. Si la lluvia escampa pueden acercarse al motel, está a unos doscientos metros, al otro lado de la carretera. Entretanto pueden pasar al self-service de la gasolinera y tomar un sándwich y un café. Les acompañaremos. Tal vez también a nosotros nos venga bien un mensaje de esperanza.

Con un gesto de impotencia, Jordan terminó asumiendo, que iban a pasar la noche en aquel lugar en medio de la nada.

—Anda Grace, recoge las cosas del coche y ciérralo bien.

—Yo te ayudo –saltó Whyat que estaba esperando la ocasión de acercarse.

Le había llamado la atención Grace toda ella, pero, sobre todo, el tono con que se dirigía a su padre. Había detrás algo más que fastidio e impaciencia por la situación.

—A mí me gustan las tormentas. Desde el despacho, encima del taller, se pueden ver decenas de rayos a la vez en todo el valle. Si quieres dejamos las cosas y subes conmigo.

—¿Les parecerá bien a tus padres?

—¿Mis padres? No, no, al menos de momento no. Yo solo soy el aprendiz del taller. Y ellos solo son buenos amigos.

—Pero vives aquí ¿no? Y ¿qué quiere decir eso de “de momento”?

—Bueno, sí. Samuel me ha permitido quedarme en el almacén.  Lo otro es más largo de contar. Si te parece voy a buscar algo de beber y subimos al despacho. Le diré a tu padre que estás conmigo.

Notó cierta tensión en la salita del self-service, pero no era cosa suya y no estaba dispuesto a desperdiciar la noche.

Peggy observaba la conversación entre los dos hombres, le había extrañado el tono de Samuel. Él no era así. Se preguntaba si se habría pasado con el bourbon.

—He notado una cierta ironía cuando se refiere a la palabra de Dios –dijo Jordan, molesto.

—¿La palabra de Dios? ¿Alguien ha hablado aquí de Dios? Yo, al menos, no me atrevo a hablar de Dios. Y sí, en general desconfío de los que usan palabras grandes como “mensaje” y “esperanza”.

—Pero, aunque sé que usted nunca me creerá, yo he escuchado su voz y no puedo eludir el deber de transmitir su palabra.

—La vida me ha enseñado que detrás de las palabras grandes, vienen siempre grandes males.

—No, amigo, no. Su palabra puede sanar el alma. Él ha hecho de mí un instrumento de sanación.

—¿Sanación?  Que yo sepa aquí solo sanas si puedes pagarte un buen seguro. Su sanación ¿Es gratis?

Peggy empezaba a preocuparse. Sin duda aquel charlatán había convocado algún fantasma del oscuro pasado de Samuel.

—Samuel, estoy cansada, déjalo ya, vámonos para casa.

Pero Jordan no se daba por vencido.

—Estamos hablando del dolor del alma. Nadie tiene que pagar por escuchar su palabra.

—Y ¿cómo se gana usted la vida?

—¿Por qué tendría yo que darle explicaciones? ¿Qué se ha creído?

Samuel se puso en pie, se acercó y le miró a los ojos.

—No me gusta que se trafique con el dolor de la gente. Pero no se preocupe, mañana le arreglaré el coche. Que tenga usted buena...

No le dio tiempo a terminar la frase. El puñetazo de Jordan le dejó casi sin sentido, pero se revolvió y se enzarzaron a golpes.

Peggy trató de separarlos, pero no había forma de acercarse. Salió corriendo a buscar ayuda.

—¡Whyat!¡Whyat! ¡ven, corre! ¡Samuel se ha vuelto loco! ¡se van a matar! ¡Whyat, por favor!

La puerta del taller estaba abierta. Subió corriendo hasta el despacho, no había nadie. Al bajar se dio cuenta de que el coche ya no estaba allí.

Los dos hombres apenas lograban ya sostenerse en pie.

—¡Samuel! Los chicos, el coche…se han ido. ¿Podéis parar ya y escucharme? Ya no está el coche ¡los chicos se han ido!

Cesaron los golpes. Jordan se puso en pie y miró hacia donde había dejado el coche.

—¿Grace? ¿Dónde está mi Grace?

Samuel consiguió por fin levantarse y se acercó a la puerta del taller.  Las herramientas estaban removidas. Miró en el almacén. El camastro de Whyat estaba intacto, pero ya no estaban allí sus cosas. Subió al despacho, allí delante del ventanal estaban las dos sillas.

La tormenta había cesado, el cielo estaba ahora despejado.

—¡Vaya con Whyat! Si que has aprendido deprisa. Has arreglado el coche y te has llevado a la chica.

Se le dibujó una sonrisa entre las magulladuras. Entonces vio sobre la mesa la nota que había dejado Whyat.

“Tengo que marcharme, Grace me necesita. Gracias por todo lo que me has dado. Volveré. Grace me dice que le preguntéis al canalla de Jordan, él sabe la respuesta.”

Jordan estaba como loco.

—¿Quién es ese Whyat? ¡Lo denunciaré por robo, por rapto, por abuso! Tengo que ir a la comisaría.

—Espere un momento. Mire que nota han dejado. Tenga, léala usted mismo. Parece que igual no le interesa mucho que los encuentren.

Leyó la nota y la apretó con el puño contra su pecho, se derrumbó sobre sus rodillas, dejó de gritar. Apenas se le escuchaba un susurro, como una letanía.

—Grace, Grace, mi Grace, no puede ser verdad ¿Cómo has podido hacerme esto? Vuelve conmigo, mi Dios nos salvará.

Vieron partir a Jordan por la ruta 83, como casi todo lo que pasa por Menard. 

Comentarios